UN DIENTE REVELA LA HISTORIA DEL SIMIO MÁS GRANDE QUE JAMÁS HAYA EXISTIDO

Animalito e’ dios


El Diario | Contra Tapa

El simio más grande que jamás haya existido sobre la Tierra se llamaba Gigantopithecus blacki. Paseaba sus más de tres metros de altura y hasta 600 kilos de peso por los bosques del sudeste asiático hasta que desapareció por causas desconocidas hace unos 300.000 años. La historia evolutiva de este “King kong” real nunca estuvo clara, de forma que los científicos no sabían con precisión cuál era su grado de parentesco con los humanos. Ahora, el uso de una técnica revolucionaria para estudiar datos genéticos de fósiles demasiado antiguos para conservar el ADN ha permitido situar al coloso en el lugar preciso del árbol genealógico de los primates, revelando al orangután como su pariente vivo más cercano.
Investigadores del Instituto de Biología Evolutiva (IBE) en Barcelona y del Globe Institute en la Universidad de Copenhague anuncian en la revista “Nature” la reconstrucción de las proteínas del esmalte de un molar de hace 2 millones de años que perteneció a uno de estos primates. Las piezas fueron encontrados en la cueva de Chuifeng, en China. Se trata de la información genética más antigua hasta la fecha, y la primera vez que se utilizar para clarificar la evolución del linaje humano y de los grandes simios.
En efecto, en los últimos años, el análisis del ADN ha sido fundamental en la reconstrucción de nuestros orígenes. Sin embargo, este material es frágil y no persiste mucho en el tiempo. El genoma humano más antiguo secuenciado es el de un Homo heidelbergensis que habitaba la Sima de los Huesos en Atapuerca hace 400.000 años. Nadie ha podido remontarse más atrás en el tiempo con el ADN, pero la información molecular obtenida del estudio de las proteínas sí puede lograrlo.
El pasado septiembre, investigadores del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES) fulminaban el récord de lectura de datos genéticos al secuenciar proteínas en el diente de un rinoceronte que vivió hace 1,7 millones de años en Dmanisi, Georgia. Ahora, el equipo del IBE les ha superado en unos 300.000 años.

Familia del orangután

La evidencia fósil atribuida a Gigantopithecus se descubrió inicialmente en el sur de China en 1935, y actualmente se limita a unas pocas mandíbulas inferiores, típicas de un herbívoro, y muchos dientes. Hasta el momento no se ha encontrado un cráneo completo ni ningún otro hueso del resto del esqueleto. Como resultado, se ha especulado mucho sobre la apariencia física de este misterioso animal.
Los intentos anteriores de comprender cuál podría ser el organismo vivo más similar a este primate solo podían basarse en la comparación de la forma de los fósiles con los esqueletos de los grandes simios vivos. El análisis de ADN antiguo no era una opción, porque el gigante se extinguió hace aproximadamente 300.000 años, y en el área geográfica que ocupaba no se ha encontrado ADN más antiguo de 10.000 años. Por ese motivo, el equipo decidió secuenciar las proteínas (paleoproteomía) del esmalte dental, lo que permitió reconstruir su historia evolutiva. Al comparar la información del fósil con una base de datos de proteínas de homínidos conocidos, resultó que Gigantopithecus pertenece al mismo clado que el orangután, su pariente vivo más cercano.
“Su separación con los orangutanes actuales es muy lejana. Ambos divergieron pronto en el Mioceno, hace más de 10 millones de años, pero sin duda compartían un ancestro común”, comenta Tomàs Marquès-Bonet, del Centro Nacional de Análisis Genómico (CNAG-CRG) del Centro de Regulación Genómica (CRG) y el Instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont (ICP).

Ambiente húmedo

Esta la primera vez que se recupera material genético tan antiguo de un ambiente cálido y húmedo. Y es interesante porque los restos más antiguos de los supuestos ancestros de nuestra especie, Homo sapiens, también se encuentran principalmente en áreas subtropicales. Esto significa que podríamos recuperar información similar sobre la línea evolutiva que conduce a los humanos.

“Por ahora la técnica nos ha permitido recuperar proteínas fosilizadas en el esmalte de los molares, pero podría utilizarse con muchos otros restos óseos para revelar la vasta antigüedad de la evolución humana, que aún desconocemos en gran medida”, concluye Marquès-Bonet.


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