¿Existen los “madrynenses buenos” y los “madrynenses malos”?
Por Lazarillo de Tormes
La remoción de cuatro agentes de la Policía de una comisaría de Puerto Madryn a raíz de una investigación por corrupción, volvió a poner en la lupa de la opinión pública la fragmentación de las instituciones públicas, que muchas veces se dividen, a ojos del ciudadano común, entre “los buenos y los malos”.
Como si se tratara de un criterio predefinido, es frecuente hoy en día que la famosa e infame “grieta” política se cuele en el análisis y que las etiquetas suelan colocarse, de manera automática, sobre las cabezas de tal o cual funcionario público; ello, en base a su pertenencia a un espacio u otro.
Los 90 y la “nube de gas”
“Un gatillo fácil siempre se puede encontrar, en una esquina, en cualquier lugar”, rezaba la letra de una banda de rock argentina en el año 1997, cuando la “maldita policía bonaerense” ya hacía eco en el imaginario popular, en la década en la que gobernaron la televisión, las películas de acción, el sexismo y los vuelos a la estratósfera, la cual se ocupó de poner un manto de invisibilidad sobre la realidad que los argentinos vivían en el día a día.
La opinión pública es dinámica, y generalmente suele recordarse a las figuras e instituciones públicas por lo malo que han hecho, o por lo último que han hecho; si esto último, valga la redundancia, es de carácter negativo, se asegurarán un lugar en el imaginario popular por décadas. Porque Argentina es así, y porque los argentinos, un poco, también somos así.
Gritar hacia el abismo
Hoy en día, la caja de resonancia de la opinión pública son las redes sociales; hace veinte años, eran los minúsculos recreos en las oficinas, donde las discusiones sobre fútbol, política, religión y mujeres -recordemos que la sociedad argentina arrastra un sello patriarcal indiscutido-, eran moneda corriente. Aquél que levantaba su voz para opinar y era “ninguneado”, hoy dispone de un perfil en Twitter donde, alter ego mediante, se define como “Juan. Amante del cine. Papá de dos soles. Guitarrista amateur. Cantante en la ducha”.
Todos quieren ser escuchados, pero en la vorágine del intercambio de opiniones y los perfiles falsos que buscan desviar el análisis, nadie escucha a nadie.
Entre “Juan” y los “NN”
El apéndice del párrafo anterior es, por lo menos, una herramienta para sentar el contexto en el que los funcionarios y las instituciones públicas hoy ocupan el debate público. Cuando hay inundaciones, están quienes responsabilizan a la gestión anterior, “por no haber hecho las obras necesarias”, y están los que defienden la actual, “por hacerse cargo de los inundados”.
Cuando hay muertos, están quienes, sin interiorizarse respecto del contexto del hecho, atribuyen los cadáveres a alguna disputa política que, sin lugar a dudas, sabemos dónde terminará: “Juan era K. Pepe era M. Uno mató al otro. Fin.”. Y, en el medio, el ciudadano común, analizando ligeramente una muerte más que, como se dio en un contexto político y la víctima no fue “Juan, 30 años, clase media, dos hijas, asaltado camino al trabajo”, no generará la identificación necesaria para poder solidarizarse con el ciudadano caído en desgracia.
El doble estándar
Esto explica por qué, por ejemplo, cuando ocurrió el brutal femicidio de una estudiante de Derecho, en sus veinte años, socialmente activa y querida por amigos y compañeros, la ciudadanía madrynense puso el grito en el cielo. Pero, cuando una empleada de un supermercado fue ultimada de una puñalada en el abdomen, los únicos que pusieron el grito en el cielo, a dos semanas de ocurrido el primer crimen, fueron los medios y una minúscula parte de la ciudadanía (contabilizando a los familiares de la víctima).
Amor y odio
Pero, volvamos a las instituciones y los funcionarios públicos. Parecería ser que el mismo rechazo que ambos despiertan en un sector de la población, termina por ser equivalente al nivel de acompañamiento, apoyo y hasta fanatismo por parte de la otra porción que se disputa la “Verdad” de las cosas.
Con la separación de los cuatro agentes de la Seccional Primera, no faltaron quienes generalizaron, atribuyendo a la Policía el monopolio de la corrupción, como si todos los uniformados compartieran el mismo afecto por las cosas mal hechas.
En las redes sociales -y, créanme, quien suscribe es un ávido analista de perfiles verdaderos, falsos, tendenciosos, etcétera-, hubo un pronunciamiento inédito por parte de cientos de ciudadanos defendiendo o criticando figuras, gestiones, proyectos, casi con la misma vehemencia con la que se suele opinar diez minutos antes de la final de una Copa del Mundo.
¿Analistas o analizados?
Entonces, ¿qué nos dicen las opiniones volcadas sobre la forma en la que analizamos la realidad? Evidentemente, que la generalización es la mejor herramienta para evadir un análisis más profundo de las cosas, el cual, a fin de término, culmina con la lectura respecto de cómo uno mismo se encuentra parado frente a las cosas.
Calar más profundo es conocerse un poco más a uno mismo. Es muy probable que, si sentamos enfrentados en una mesa a “Juan K” y “Juan M”, en una discusión sin que ninguno conozca la orientación política del otro, ambos coincidan mayormente en aquello que quieren para el país. Sus proyectos, sueños, iniciativas, podrían resultar hasta similares.
¿Todos iguales o todos distintos?
Entonces, ¿qué nos separa de aquellos que vemos como “distintos”, “corruptos”, “etcétera”? Mayormente, aquella generalización que solemos verter en nuestras opiniones, porque ello es más fácil que buscar (y buscarse). Incluso, muchos propios argentinos suelen decir que “los argentinos son todos corruptos”. ¿Son todos los “K” corruptos con el dinero público? ¿Son todos los “M” agentes del sector privado? ¿Son todos los uniformados “malos policías”? ¿Todos los católicos están en contra de la despenalización del aborto? Tantas preguntas con infinitas respuestas que podrían evadir aquél interminable amor que tenemos los argentinos hacia las etiquetas y las generalizaciones. Tal vez, si caláramos más profundo en el análisis de la realidad, de la propia, no buscaríamos con tanto ahínco definir la realidad de los otros. Un trabajo sin dudas arduo, pero que tendrá su recompensa en una sociedad de iguales ante la ley, y ante la libertad de opinión. Tal vez aquella sociedad no llegue ahora, pero así como el hombre no volvió a visitar la Luna, se percató de concretar el primer paso: plantar la bandera.