La Normandía francesa

Por Javier Arias
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Atilio Lampeduzza cumple cincuenta años y para festejarlo viaja a Escocia con su amigo Juan Carlos y dos personajes más, Calcaterra y el Polilla. Primero viajaron hasta Barcelona, ahí alquilaron un coche y pasaron por Toulouse y por Carnac. Hoy siguen camino hacia el norte, muy al norte.

Sorpresivamente, sabiendo que iba a ser un día muy largo, los cuatro se levantaron a las 6 de la mañana, desayunaron en el hotel y salieron. Pero, ya no tan sorpresivamente, en vez de ir directamente hacia su primer punto en la agenda que era la ciudad de Saint Malo, fueron a conocer la costa y comprar sardinas.
Hecho por el cual más tarde se arrepentirían, por un lado, porque cada hora perdida se les iba a ir acumulando en la ruta hacia Calais, donde tenían que dormir, y por el otro porque a esas latas de sardinas, al llegar de vuelta a Buenos Aires, le explotarían las tapas por la presión y dejarían toda la pilcha con aroma a océano atlántico y reite del desembarco de Normandía.
En la ruta pararon en Dinan, que es una pequeña ciudad medieval, donde la idea era caminar dos cuadras, pero al final terminaron almorzando gallettes y crepes. Más horas para arrepentirse al final del día. Sin contar que a la salida de Dinan, y camino a Saint Malo, a Calcaterra se le ocurrió mencionar su gusto musical por Arjona, lo que motivó una pequeña batalla campal dentro de la camioneta, que incluyó ciertos golpes ilegales en el bajo vientre de Atilio, todo justo cuando se pasaban la entrada a la autopista, por lo que tuvieron que tomar por una ruta rural, muy bucólica y pintoresca, pero sensiblemente más larga. Otra hora para seguir acumulado.
Finalmente, llegaron a la ciudad amurallada de Saint Malo, una locura de ciudad, le dieron toda una vuelta caminando y salieron hacia Saint Michel.
Tenían enormes expectativas con ese castillo ciudad, habían visto mil fotos de esa fortaleza medieval, que la marea, de pronto, dejaba inaccesible por las aguas del Atlántico, dejaron el coche en el estacionamiento, aún casi sin ver el castillo, solo asomándose de vez en cuando entre las colinas y tomaron el micro gratuito. Y de repente apareció, con todo su esplendor, la marea estaba baja, así que el castillo estaba rodeado de una arena arcillosa por donde algunos locos se mandaban caminando. La modernidad había traído un camino asfaltado y sobreelevado que los dejó junto a la puerta de la ciudad. La imagen fue de ensueño, ensueño medieval.
Caminaron por sus callecitas, entraron a los negocios y subieron hasta la abadía, el último edificio en la cima del monte, pero cuando estaban por entrar, cayeron en la cuenta que aún tenían medio camino por delante hasta Calais, así que volvieron al coche, y llegaron justo antes del atardecer al Museo del Desembarco, en las playas de Normandía y caminaron por una de las playas del Día D.
La emoción los embargó, en silencio y ya con el sol oculto detrás del horizonte, volvieron al auto, hasta que Atilio preguntó: “¿Alguien sabe cuánto falta hasta Calais?”.
Quinientos kilómetros faltaban hasta Calais, y eran más de las nueve de la noche…
– Pero yo quería ir a la casa de San Martín en Boulogne Sur Mer… -reclamó el Polilla.
– Otro día –le respondió seco Juan Carlos, al volante del coche, con un tono que no dejaba opción a la repregunta.
Después de manejar seis horas más llegaron al B&B de Calais, en plena madrugada.
Era un hotel de ruta, sin dudas, pero no esperaban que fuera tan “de ruta”. No había recepción, sólo un teclado donde había que poner el código de reserva y recién ahí el sistema habilitaba las habitaciones en forma automática.
– Poné 22368975 –le dijo Juan Carlos a Atilio que miraba adormilado el teclado.
– ¿Y de dónde sacaste ese número? –le preguntó el Polilla, que seguía medio enojado por no haber ido a Boulogne Sur Mer.
– ¿De dónde va a ser? De la reserva…
– Ah… -le respondió Calcaterra, y le dio un empujón a Atilio. “Dale, poné”.
– ¿Qué pongo? –preguntó Atilio, sumando su voz adormilada al ambiente cada vez más aletargado.
– El número que te dijo Juan Carlos, 22369… no, 22368… no…
Juan Carlos empujó a Calcaterra, con cierto esfuerzo, y luego a Atilio: “A ver, ¿me dejan?”. Y tipeó apurado los números y se quedó mirando la pantallita. “No puede ser, acá hay un error”. Y volvió a tipear, con un poco más de violencia, las mismas teclas. Y se quedó mirando de nuevo la pantallita.
– ¿Qué pasa ahora, volvemos a Boulogne Sur Mer? –preguntó irónico el Polilla, pero nadie se rió.
– No, que dice que tenemos sólo una habitación con dos camas.
Los tres se quedaron mirando la pantallita, mientras Calcaterra entraba con su valija, muriéndose de risa

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