La espera – Parte 2
Por Carlos Alberto Nacher
Quizá una charla entre dos no sea muy importante para nadie, no se conocen demasiadas charlas entre dos personas que hubieran tenido el peso suficiente como para torcer el rumbo de los hombres; en cambio, sí se podría enumerar una infinidad de casos en los que la decisión unilateral de uno solo, la decisión arbitraria de un solo rey o dictador o presidente o emperador, hasta de un solo Dios, fue demasiado importante para la humanidad.
Sin embargo, el hombre, y en este caso tanto María como Farfisa, prefieren la comunión de hablarse y escucharse mutuamente a la soledad de hablar sólo y tener que escucharse al mismo tiempo en que se habla, con el consiguiente doble esfuerzo mental, a menos que uno se hable solo pero no se preste atención, con lo que la comunicación consigo mismo, desde un principio anodina, finalmente no exista y sea un elemento contributivo más al concierto general de ruidos callejeros.
Por eso Farfisa prefería hablar con María, además del hecho no desdeñable de que ella era bastante linda.
«María, no creas que esta espera fue algo doloroso. No deberás loarme por ello. Al contrario, esperar a alguien en una esquina a pesar del frío y el viento habla mejor del esperador que del esperando. Podría argumentarse que la persona que espera es fiel a sus compromisos, es responsable y no le importa perder parte de su tiempo en una actividad en apariencia tediosa, a fin de lograr su objetivo que no es más que seguir esperando hasta que el otro llegue (siendo el otro, bien una persona, bien un evento, lo que sea: todo es esperable). En definitiva, el que espera es una persona en la que se puede confiar. Quizá, en la intimidad de sus pensamientos, el que espera desea solapadamente que el otro nunca llegue, para que su espera sea algo más que una demostración de hombría de bien, algo más que una simple buena acción: que sea la obra cumbre de su honestidad. Que esa espera merezca mucho más que loas, mucho más; que sea un ejemplo. Es probable que el que espera, bajo una incipiente noche de frío polar y viento, desee algo más: por ejemplo, que llueva o nieve, que el clima se haga insoportable a la intemperie. Pero no nos confundamos: nunca nadie da algo por nada, ni nada por nada. El esperador no es una excepción. Aunque el otro nunca llegue y la espera llegue a su fin sin resultados positivos, ya sea por vencerse el plazo de gracia establecido por el esperador, o bien por desmayo o muerte del mismo, la espera nunca está de más, nunca se podría decir que la espera no sirvió para nada. Al contrario, el fracaso de la espera no es tal en estos casos; es justamente en ellos en los que la espera podría considerarse un éxito rotundo. Un observador, un tercero que estuviera mirando al esperador esperar, equivocadamente le tendría lástima o compasión, pensaría ‘pobre, lo dejaron plantado’. Nada más alejado de la realidad: el esperador ya ganó, si de competir se trata, y cuanto más pasa el tiempo en estado latente, apoyado contra una pared vacía de gestos y frente a una calle gris, más se incrementa el resultado a su favor. Pero no conforme con eso, el esperador espera que cuando el era esperado llegue, se disculpe por la tardanza, elogie el comportamiento del primero por haberse quedado ‘tanto tiempo esperando por ella’. El esperador espera esto como un premio adicional del que ya tuvo, del importante, que había sido la satisfacción personal de llevar a la espera hasta las últimas consecuencias, llevarla hasta el fin y lograr el objetivo con éxito. Como bien sabe el esperador, esto no ocurre muchas veces en la vida. Por eso, María, creo ser merecedor de tus loas, y me siento una buena persona. Pero tú, en tu condición de alguien que se retrasó unos instantes, no te sientas mal, seguramente habrás tenido tus razones, que por supuesto no voy a solicitarte».
Continuará…