Donde comienzan todos los meridianos
Por Javier Arias
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Atilio Lampeduzza cumple cincuenta años y para festejarlo viaja a Escocia con su amigo Juan Carlos y dos personajes más, Calcaterra y el Polilla. En Barcelona alquilaron un coche y llegaron hasta Londres.
El Polilla abrió los ojos en su habitación, la primera vez que dormía solo desde que habían llegado a Europa, y sintió como si el equipo entero de Islandia estuviera reventándole a patadas la cara. El dolor de la muela que había desaparecido con la inyección en Ezeiza y que había empezado a asomar ayer en Francia, hoy se había transformado en una apoteótica tortura.
Se levantó agarrándose la cara, se vistió y salió al pasillo. Todas las puertas de los otros cuartos estaban cerradas y reinaba el silencio, algo opacado por los ronquidos ahogados que salían desde la habitación de Calcaterra. A pesar del dolor, el Polilla igual disfrutó el momento de estar separado por una puerta de ese tronar nocturno. Y sin hacer ruido bajó las escaleras y salió a la calle en procura de una farmacia. Recién a las dos cuadras se dio cuenta que no hablaba ni una palabra de inglés.
A la media hora ya estaba volviendo, afortunadamente el hombre es un bípedo inteligente y no hizo falta muchas más explicaciones para que el farmacéutico británico entendiera los ampulosos gestos del Polilla y le diera unas pastillitas celestes, una cada ocho horas entendió, y un gel de sabor horrible pero casi mágico a la hora de untarlo en la encía dolorida.
Todos ya estaban desayunando y lo miraron inquisitivos cuando lo vieron entrar de la calle.
– Tenía ganas de conocer el barrio –dijo evasivo, lo último que deseaba era cagarles las vacaciones a sus amigos con un dolor de muelas.
A la media hora ya estaban subiendo al subte para viajar hasta la estación Embarkment.
– ¿A dónde dijiste que vamos? –preguntó Calcaterra mirando el cartelito con las estaciones arriba de la puerta del vagón.
– A Embarkment, porque ahí nos vamos a tomar el ferry por el Támesis hasta Greenwich –le explicó Juan Carlos, mientras Atilio trataba de conectarse a internet para contestarle a Carmen, que le había escrito ayer a la noche un desconcertante mensaje: “No te preocupes, ya se fueron los bomberos”.
– Me suena Greenwich… –acotó el Polilla, que había logrado, a fuerza de pastilla y gel, modular unas pocas palabras sin que se notara demasiado que estaba teniendo un enano piquetero adentro de una muela.
– Claro que te suena, es el Meridiano Cero, donde arrancan todos los meridianos, explicale, Atilio.
Pero Atilio estaba en otro mundo, un mundo plagado de bomberos, incendios, cochebombas, gente saltando de las ventanas de los edificios, monstruos gigantes asolando las ciudades y su colección de muñequitos de acción derritiéndose en la repisa del cuartito del fondo.
Así que llegaron al Támesis, pagaron los pasajes, subieron al ferry y navegaron apaciblemente hacia Greenwich, algunos más apaciblemente que otros: “¿Vos tenés internet?, le preguntó Atilio a Juan Carlos cuando estaban entrando al Real Observatorio.
Se sacaron las fotos en el Meridiano Cero, trataron inútilmente de entender todos los aparatejos que hab ía en el observatorio y finalmente se sentaron a comer fish & chips con algunas cervezas artesanales cerca del mercado de antigüedades.
Por suerte, el bar tenía internet, y Carmen estaba despierta:
“- ¿De qué bomberos me estás hablando? –tipeó nervioso Atilio, pero tuvo que hacerlo como cuatro veces porque cada vez que trataba de escribir bomberos le salía cualquier verdura.
-No te preocupes, Ati. Ya fue –le respondió Carmen.
-Por dios, Carmen, ¿qué fue? ¿los chicos están bien? ¿el perro? ¿mis muñequitos? ¿vos?
-No pasó nada, Atilio, sos un exagerado. Te cuento cuando vuelvas
-¡¡¡¡CARMEN!!!!
-Me fui a bañar y se cayó la toalla arriba de la estufa eléctrica y se prendió un poquito fuego
– ¿¿¿¿¿¿UN POQUITO?????
-Dejá de gritar, Atilio. Ya te dije que los bomberos vinieron, apagaron todo y se fueron.
-Pero… Y el resto de la casa??????
-No pasó nada, Ati, habrá que ventilar un poco, en una de esas pintar…”
Atilio guardó el celular y se bajó lo que quedaba de cerveza en su jarra de un trago: “¿A dónde vamos ahora?”.
– ¡A la Torre de Londres! –respondió Juan Carlos.
– ¿Eso no queda en Retiro?