El Miedo a Dejar de Ser YO

Por: Dra.Patricia Chambón de Asencio
www.patriciachambon.com

Somos seres viviendo experiencias. Cuando nos aferramos a alguna de ellas perturbamos el fluir de la Vida y generamos sufrimiento. Sólo desapegándonos podemos fluir y manifestar el SER.
Cuando me presenté como Médica para el ingreso a la Residencia de Salud Mental tuve que pasar por varias pruebas. Exámenes teóricos, entrevistas psicológicas y test proyectivos. Como en todo examen de admisión los datos que se recaban son guardados bajo rigurosa confidencialidad. Sin embargo, como habitualmente sucede, uno de los datos trascendiendo el informe oficial, se coló por las hendijas de una puerta y circuló por los pasillos del hospital, hasta llegar a mis oídos. Se decía de mí que tenía un “YO” fuerte.
Esta frase anduvo revoloteando por mi mente bastante tiempo sin saber a ciencia cierta qué quería decir. Recién salida de la Facultad de Medicina, no había tenido mucho tiempo para leer Psicología o Filosofía. Me imaginé mi “YO” como una entidad musculosa, con estructura atlética, capaz de escalar, nadar, saltar o sostener una carrera maratónica. En contrapartida, a lo largo de los tres años de Residencia en Salud Mental, fui escuchando que tener un “YO” débil parecía no ser saludable. La frase era repetida una y otra vez por aquellos que tenían una larga experiencia en Psicología. Quizá por esta razón muchos sintieron que para fortalecer su YO tenían que apertrecharse detrás de murallas erigidas sobre títulos y tecnicismos que los diferenciaran claramente de los demás, sobre todo si esos “demás” eran pacientes psiquiátricos. La Vida me fue mostrando que estos Yoes amurallados o encaramados en sofisticados andamiajes, lejos de ser fuertes, se desmoronaron como castillos de arena.
En el transcurso de unos pocos años pude ver como aquel concepto del “YO fuerte” cimentado en una serie de conocimientos teóricos era inoperante ante situaciones de la vida que había que afrontar. Para mi sorpresa pude ver cómo, algunos de los que habían sido tildados de “YO débil”, se integraban muy bien con el entorno y podían desarrollarse en forma armónica con él, prestando un servicio útil a sus semejantes.
Comprendí que de nada valía la fuerza, la tenacidad y el voluntarismo sino había flexibilidad y no se estaba dispuesto al permanente cambio que la Vida requería. Así pude ver que el “YO” es algo en constante transformación y no es saludable que se rigidice, que se vuelva estático, que se anquilose. Quizá por esta misma razón siento un respingo interno cuando al encontrarme con alguien a quien hacía tiempo no veía, me dice: “¡Estás igual! ¡No has cambiado nada!”
Comencé a ver mi YO como algo que constantemente estaba incorporando nuevos datos y desechando aquellos que ya no le servían para su desenvolvimiento. Algo en constante transformación. Mientras más era consciente de esta función YO, más podía verla como un programa, como algo que me ayudaba a estar en el mundo para relacionarme, pero que no era definitorio ni determinaba todo mi SER. El YO era un vehículo que me permitía circular por las autopistas de la Vida, pero cuando llegaba “a casa” ya no era necesario.
Así la Vida me fue acercando experiencias de todo tipo, para que mientras las transitara pudiera VER cómo impactaban sobre este programa llamado YO. Descubrí que las mudanzas en todos los sentidos implicaban un gran desafío para mi YO. Mudanzas de casa, de provincia, de país, de trabajo, de relaciones. Todas implicaban desprenderse de lo conocido y lo que aportaba seguridad. Dejar atrás lugares, objetos, vínculos y funciones que resultaban cómodas, amigables, gratificantes y en las cuales me sentía segura y “a mis anchas”.
Desapegarse es muy duro. Pude experimentar la mayor de las mudanzas: la muerte física y la lejanía de personas amadas. Sin embargo, aún en el más devastador de los escenarios siempre surgía al lado, arriba, abajo o adentro de ese YO que se estaba desarmando, la confianza en el transcurso de los hechos y un intenso anhelo de expansión, que incitaba a explorar el nuevo horizonte que se avecinaba. Así fui aprendiendo a ser paciente y a observar mi propia angustia como la señal de un inminente derrumbe… al que seguiría un nuevo espacio. Así es la transformación constante. Al menos así sucede en mi YO. Se desmoronan creencias, roles, relaciones… hay dolor, a veces resistencia, enojo, decepción, sufrimiento… Hasta que todo se aquieta. Surge el silencio. Ya no está más esa pared bonita que me cobijaba… y entonces surge el espacio, el desapego. Nuevamente llega la luz y el aire fresco…aparece el cielo.
Sin duda alguna que en todas estas situaciones el obstáculo mayor para permitirme fluir naturalmente con los acontecimientos que la Vida me presentaba fue el MIEDO. El miedo en todas sus diversas e inverosímiles formas. El miedo bajo todos los disfraces. El simple y llano miedo a dejar de ser YO.
El MIEDO es un dispositivo de “seguridad” que tiene el programa YO. Cada vez que nos acercamos a una situación desconocida se activa. Nos alerta. Es una respuesta instintiva, un mecanismo automático reactivo que está instalado en nuestra biología. Por supuesto que nos ha sido útil a lo largo de toda nuestra evolución humana. Sin embargo el miedo también nos ha condicionado a percibir la realidad de una forma distorsionada. “El que se quemó con leche ve la vaca y llora” dice el refrán y sintetiza gráficamente el papel que juega el miedo sobre la forma en que nos hace percibir la realidad. Esta distorsión ha sido aprovechada por comerciantes inescrupulosos, falsos profetas, confabuladores deseosos de poder y figuras autoritarias que se sienten seguras y a salvo, sometiendo a sus semejantes.
Con el transcurrir del tiempo llegué a comprender que para fluir por las carreteras de la Vida es necesario un YO flexible, funcional, que responda efectivamente a la situación que en ese momento se está viviendo. Obviamente esto requiere estar disponible a una transformación permanente que implica atravesar los propios miedos y asumir nuestra vulnerabilidad. Paradójicamente, esta actitud es la que nos lleva a trascender todo límite situándonos en una Realidad cada vez más expansiva y luminosa, más allá del miedo a dejar de ser YO.
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