Aprendiendo A Morir Para Verdaderamente Vivir

Por: Dra.Patricia Chambón de Asencio
www.patriciachambon.com

“Nacemos con todo lo necesario para transitar por la vida. Nos condicionan para no verlo. Algo está muy mal en el sistema educativo.”
– Anita Moorjani –

Meses atrás me llegó un video que ya lleva varios años dando vuelta al Mundo, donde Anita Moorjani relata su experiencia cercana a la muerte. No es la primera vez que alguien relata este tipo de sucesos. Abundan las anécdotas, literatura y películas sobre estos temas. Sin embargo este relato me conmovió fuertemente por la sencillez y claridad con que Anita transmite las impresiones de esta tremenda experiencia que para ella fue reveladora. Así lo testimonia en su libro: “Morir para Ser Yo“. Para quienes deseen ver la entrevista este es el link: https://youtu.be/vGszDKZTmL0
Aunque desde temprana edad comenzamos a tener atisbos de lo que significa la muerte para nosotros, vivirla como una experiencia verdaderamente consciente es algo muy diferente. Generalmente accedemos a una interpretación de la muerte desde nuestras creencias religiosas o culturales, que nos aportan conceptos y nos dan un marco ideológico para poder aprehender semejante experiencia.
La ciencia, por su parte, ha aportado también una gran cantidad de datos que han contribuido a describir mejor el proceso de morir.
Desde la perspectiva del Paradigma Dualista, en el que me formé como médica, la muerte es considerada como el fracaso de todos los recursos implementados para sostener la vida. Recuerdo aún, en mis pasantías hospitalarias, cuando para algún paciente el momento final se avecinaba, escuchar frases como: “Se hizo todo lo posible. Ya no hay nada que hacer…”
Es esperable que bajo la influencia de estas ideas todo médico se convierta en alguien que salvaguarde la vida y luche denodadamente contra la muerte a todo costo. Seguramente esta fue la idea que impregnaba a la joven Médica Residente con quien en cierta ocasión compartí, siendo yo estudiante, la Cátedra de Clínica Médica. Recuerdo que estaba con mi comisión de práctica en una sala del hospital, cuando una mujer anciana, que yacía en una cama próxima, comenzó a descompensarse con signos evidentes de falla cardíaca. En segundos se desató una batahola increíble. Enfermeras y médicos corrían. Un desfibrilador apareció de la nada y en un instante ambas paletas sobre el pecho de la anciana lo convulsionaron con cada descarga eléctrica. La médica a cargo auscultaba infructuosamente la aparición de alguna respuesta cardíaca. Era evidente que la anciana estaba muriendo. Fue en ese momento que la joven Residente quitó el desfibrilador y continuó con sus propias manos haciendo masaje cardíaco, hasta que “algo” hizo que se diera cuenta de que su accionar ya no tenía ningún sentido. Se desplomó entonces sobre el pecho inmóvil de la anciana mientras los sollozos la sacudían. Como obedeciendo a una señal invisible todos los que observaban la escena de repente desaparecieron. Quedé estupefacta al pie de la cama donde se estaba desarrollando tremendo drama. Conmovida por lo que estaba ocurriendo puse mi mano sobre el hombro sollozante y pregunté: “¿Cuantos años tenía la señora?” Mi pregunta pareció traer de regreso a su rol de médica a la joven. “Ochenta y siete“ dijo mientras se incorporaba. “Estaba internada por una descompensación a causa de su diabetes crónica”, agregó rápidamente, completando los datos requeridos. Era evidente que se sentía molesta por su comportamiento inesperado. Seguí preguntándole diagnósticos y datos que iban conformando en todos los niveles una clara situación de “fin de ciclo”. Finalmente, mientras caminábamos por el pasillo de la sala, con lágrimas que imprevistamente afloraron nuevamente a sus ojos, me miró diciendo: “Sí, ya lo sé. Tenía que morir… ¡pero me hace sentir tan inútil esto! Nadie te enseña qué hacer cuando no hay nada que hacer.” Cargada de impotencia, dio media vuelta y se fue caminando con su delantal blanco y su estetoscopio colgado al cuello… que no habían podido resguardarla de la presencia de la muerte.
La experiencia me inundó con una catarata de emociones que me atravesaron, filtrándose en las profundidades de mi ser como la luz que en ese momento se colaba a través de los ventanales de aquel pasillo de hospital, donde yo permanecía detenida. No hice nada. No había nada que hacer. Sólo observé con mucha atención qué sucedía en mi interior y en mi cuerpo. Era mucho. Ese día supe que la Vida acababa de brindarme una gran lección.
La Muerte es así. Nos deja sin palabras. Ante ella se desvanecen las “etiquetas”, los personajes, los roles a los que jugamos. Por un instante somos conscientes plenamente de la impermanencia de todo lo que conocemos como “la realidad”. Se disuelven las apariencias. Nos quedamos desnudos, vulnerables, totalmente entregados… y es allí cuando podemos reconocer la verdadera Esencia de la que estamos hechos.
Fuerte y reveladora experiencia la de la muerte. Quizá sea por eso que se disimula, se disfraza y casi no se habla de ella. Cuesta informarla en las estadísticas. Duele asumirla. Sin embargo, sólo transitando nuestras propias muertes, sin rechazo, sin miedo, es que podremos conocer verdaderamente quiénes somos.
Incontables son los sabios, filósofos y maestros espirituales que recomiendan tomar consciencia de la propia muerte. Algunos sugieren meditar sobre esto, otros más concretos hasta instan a visitar un cementerio al menos una vez al mes. En ese ámbito, si observamos conscientemente, veremos claramente dónde terminan todas las “etiquetas” que dan forma a nuestra realidad.
Como sea que en nuestras vidas se presente la muerte, no es una experiencia para desestimar, deseando pasarla rápidamente. No quiero expresar con esto que haya que quedar apresado en el pesar y el sufrimiento. Sino más bien aceptar la muerte como parte inherente al proceso de la Vida. Ser conscientes de que la Vida es cambio permanente y el cambio en sí mismo implica una transformación, una muerte. Vida y Muerte se entrelazan constantemente para manifestarse en las diferentes formas de la existencia. Si observamos con ojos limpios el Universo veremos que no hay nada que temer y que aferrarse a algo es oponerse a la Vida.
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