Tiempo de poda

Por: Dra.Patricia Chambón de Asencio
www.patriciachambon.com

Cortar, soltar, dejar lo que ya no es.
Lo que fue flor, tallo, hoja vuelve a la tierra a convertirse en nutrientes.
Dejar que suceda.
Que la nueva flor nos sorprenda y nuevamente nos embriague su perfume.

Agosto es el antecesor de la Primavera. Este mes, con sus días imperceptiblemente más largos, nos avisa que nos preparemos para el brote que ya se avecina. No es raro entonces ver que los que tienen plantaciones, jardines o tan sólo algunos arbustos en su casa comiencen a podar en esta fecha.
Justamente en estos días comenzamos la poda de las lavandas en nuestra chacra. Así es que, nuevamente, me vi inmersa en esta tarea observando lo que hay que cortar para que la planta se renueve. En el caso de la lavanda se conoce su tendencia a ser leñosa, por lo que la poda tiene que ser rigurosa, para que así la planta se mantenga más lozana y tenga mayor vida.
Al podar, se cortan ramas aún verdes y no voy a negar que la primera vez que lo hice sentí temor de que esta acción dañara la planta. Sin embargo, al observar cómo respondía cada planta pude comprobar que las que habían sido podadas, brotaban con más fuerza y producían más flores, mientras que las que no, tenían gran cantidad de tallos muy extensos y con pocas flores. Como diría la gente de campo: “se habían ido en vicio”.
Conjuntamente con la poda viene la recolección de esquejes, es decir de pequeños tallos para ser replantados y que originen nuevas plantas. En esta tarea estaba mientras sin proponérmelo acudían a mi mente vívidas analogías de mis experiencias pasadas. Es frecuente que esto ocurra mientras trabajo entre las plantas.
Vinieron a mí imágenes y recuerdos de las numerosas situaciones en las que me resistí a soltar formas de ver y actuar en la realidad, sólo porque formaban parte del terreno conocido, aunque ya no fueran fructíferas. ¡Qué dolor me produjo abandonar esas convicciones! Significó salir de mi “zona de confort”. Salir de ese espacio habitual donde me movía muy a gusto porque todo era conocido, ese lugar donde me sentía segura, para arriesgarme a mirar las cosas desde otro lado, nuevo y extraño para mí.
A propósito, recuerdo en este momento una anécdota que ilustra muy bien esta situación: solíamos frecuentar a una persona que todos los años iba de vacaciones al mismo lugar. Nos llamaba la atención este hábito por lo que un día le preguntamos por qué lo hacía. A lo que él respondió placenteramente: “Me encanta estar en un lugar que ya conozco y rodearme de gente conocida. Cuando voy a la playa Tal, siempre ocupo la misma carpa y nos ponemos de acuerdo con mis amigos para hacer lo mismo cada verano. Así nuestros hijos juegan juntos, ya se conocen y no hay problemas con nada nuevo. Es maravilloso para mí que el mozo del restaurante, al que siempre vamos, recuerde mi nombre y me traiga sin que se lo pida mi bebida favorita. Para mí esas son las mejores vacaciones!” Sin duda alguna esta persona disfrutaba enormemente sentirse re-conocido en su lugar habitual de veraneo y le hubiera resultado muy incómodo aventurarse en un lugar nuevo, con gente extraña a probar comidas y bebidas exóticas y observar otras costumbres. Eso habría significado perder su identidad habitual para transformarse en un extranjero en un lugar diferente.
Sin embargo, es en esas situaciones que nos resultan extrañas y nos ponen incómodos donde aprendemos lo nuevo. Allí es donde nuestra percepción se transforma y nos permite tener una mirada más amplia de la realidad circundante. Entonces se abren nuevas posibilidades para que descubramos y vivamos la Vida en toda su magnitud. Seguramente acudirán a la memoria del lector múltiples situaciones donde la elección de un camino desconocido o un recorrido diferente le permitió acceder a un final inesperado que fue más interesante que lo habitual. Claro que para esto hay que atreverse a transitar la “incomodidad” de dejar lo confortablemente conocido para aventurarse a explorar terrenos nuevos.
Mientras seguía con la poda, cortaba y sentía la incomodidad y el dolor que significó para mí “cortar” vínculos con personas o lugares. No porque se hubiese originado un conflicto, sino simplemente porque la atención, el flujo de mi atención, como la savia de la planta se derivó hacia otras áreas. Así, seguí podando lavandas mientras reflexionaba en esto. Me di cuenta que, en esta tarea de “podarme”, lo que más me dolió fue desprenderme de muchas ideas, fuertemente arraigadas, que sostenía respecto a “cómo tenían que ser las cosas en la Vida”. ¡Eso sí que fue sufrimiento! Fue en ese instante que detuve mi tarea y fui consciente de la presencia silenciosa de las plantas y del aroma que todo lo impregnaba. Allí mismo, rodeada por ellas, que en su nobleza ofrecían sus ramas al corte, dejando caer lo que ya fue, lo que hoy es tallo y flor seca, comencé a comprender. En ese silencio perfumado y sustancioso, ellas se despojaban de lo viejo para poder volver a brotar y florecer en todo su esplendor, confiando en el proceso de la Vida. Observándolas en respetuoso silencio, me impregné de su confianza, que año tras año, aunque medien heladas y las azote el viento, las hace brotar y dar sus mejores flores, para que podamos extraer su esencia milagrosa. Comprendí entonces profundamente que ese dolor del corte era el pasaje necesario hacia una nueva posibilidad, para florecer a una nueva vida.
.//

ÚLTIMAS NOTICIAS