Para ser caballero por un día
Por Javier Arias
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Atilio Lampeduzza, luego de un extraño revoleo en un fondo de inversión de riesgo consiguió un viaje pago a Europa. Ya pasaron casi diez días en un crucero, junto a Carmen, su esposa y sus dos hijos, Albina de 18 años y Ramirito de 7 años, un día Tenerife, otro en Londres, pasaron casi una semana en Madrid, visitaron Córdoba y ahora viajan hacia Sevilla.
Atilio miraba por el espejo retrovisor la ciudad de Córdoba mientras se alejaban. Había pasado poco más de un día en ella, pero sentía que estaba dejando un poco de sí en sus calles.
Manejó los siguientes kilómetros en un silencio ensimismado, mientras Albina escuchaba vaya uno a saber qué por sus auriculares y miraba por la ventanilla distraida, Ramiro apretaba la pantalla de su tablet cortando frutas a lo ninja y Carmen revisaba un mapa.
Atilio se percató de este detalle demasiado tarde.
– Carmen, esta ruta va derecho a Sevilla, ¿perdiste algo?
Carmen no le prestó atención, dio vuelta el mapa, leyó del otro lado y sacó de su cartera un folleto que Atilio, desde su posición, no podía ver.
Al rato su mujer dijo: “En 10 kilómetros, si salís por la salida a Almodovar del Río vamos a llegar a un castillo maravilloso”.
– ¿Maravilloso? -le preguntó desconfiado Atilio.
– Sí, es el mejor conservado de toda España -le respondió Carmen.
– Pero…
– ¿Pero qué, Ati?
– El mejor conservado de España, pero…
– Pero nada, Atilio… ¡Ahí, por ahí tenés que salir!
Atilio dobló por donde le indicaba su esposa, aunque con mucha desconfianza. Efectivamente, luego de dar algunas vueltas por la entrada del pueblo llegaron hasta un escarpado monte por donde se internaba una angosta callecita hacia el castillo, muy bien conservado, en la cima.
– Ni pienso, Carmen, ni pienso. Hay cabras que se rehusarían de subir por ahí.
– Atilio, son un montón de cuadras para hacerlas a pie, por eso alquilamos un coche con caja automática.
– ¿Por eso lo alquilamos? -Dijo Atilio pensativo recordando la extraña situación de hacía unos días en la estación de trenes de Córdoba.
Media hora y varios reproches después, los cuatro escalaban el delgado camino de cornisa y cuando finalmente Atilio pudo estacionar a 45 grados en ese sendero con vistas a un acantilado de miles de metros, entraron al dichoso mejor conservado castillo de España.
Pero al poco tiempo se olvidaron de la sufrida escalada. Don Rodrigo, el mayordomo del castillo, logró rápidamente sumergirlos en una historia de caballeros y princesas árabes y durante toda la mañana se transformaron en personajes de la nobleza hispana, protagonistas de una historia aún no olvidada.
Por la tarde, y haciendo un respetuoso elipsis del descenso del sinuoso sendero y los muy poco varoniles gemidos de Atilio en cada curva, los Lampeduzza finalmente llegaron a Sevilla.
Dejaron las valijas y se tomaron el subte hasta la plaza España, donde se filmó Games of Thrones y Star Wars, sacaron mil fotos y hasta dieron un paseo en barco en el canal que rodea el centenario edificio, dejando los brazos en los remos, al tiempo que intentaban no embestir a los otros barquitos, que eran timoneados con tanta pericia como la del propio Atilio.
Luego caminaron hasta el centro, cenaron por ahí y regresaron al hotel, cansados, pero felices, muy felices.