Según el cristal con que se mire
Uno puede mirar arrebolado el dorado de un atardecer mientras mece suavemente la copa de coñac. O puede estremecerse con el rojo vibrante de una herida abierta o enamorarse del azul profundo de un Porsche Carrera o caer rendida a los pies de un vestido verde esmeralda. Sentimientos que van unidos a uno sólo de nuestros sentidos, obviamente la vista, y los colores. Es que el tema de los colores no es como con los gustos y se ha escrito carradas de libros sobre ellos. Es más, una de las materias más jorobadas de cualquier carrera universitaria que tenga algo que ver con el diseño es Teoría del Color, y usted, querido lector, que no se decidía entre el rosa pálido o el té con leche para pintar las paredes del dormitorio…
Es que, como ya hemos visto anteriormente en esta columneja, hay especialistas para todo, y si existen ingenieros aeronáuticos y técnicos radiólogos, también existen estudiosos que hacen del color su fuerza vital.
Una de las propiedades menos conocidas de los colores es la sinestesia, por ejemplo, mediante la cual cada color sugiere, además de cierto grado de calidad, brillo y suavidad, también nociones de dureza, fuerza, prestigio, precio, temperatura, pureza, gusto, olor y hasta de feminidad o masculinidad. Y esto que puede llegar a sonar malayo básico es algo que a diario utilizamos, por ejemplo jamás le compraría a esa bebé recién nacida una manta negra, ni al pibe que juega en la quinta de Boca una salida de baño rosa o salmón, ¿no?
Pero más allá de estos conocimientos casi evolutivos, el tema de la sinestesia está recontra estudiado, como el experimento que hizo cierta universidad de Estados Unidos, donde juntó a un grupo numeroso de amas de casa y les dio a que probaran tres cajas distintas de detergentes para que, después de usar cada una, decidieran cuál de ellos daba mejores resultados con prendas delicadas. Una de las cajas era amarilla; la otra, azul y la tercera, azul con puntos amarillos. Eso sí, como ya habrá adivinado, perspicaz lector, las tres cajas contenían el mismo producto. Sin esperar sorprenderlo mucho me queda decirle que la mayoría de las conejitos de indias reaccionó de manera diferente a cada uno de los tres paquetes. Así, al contenido de la caja amarilla se lo juzgó demasiado fuerte y que hasta había echado a perder la ropa. En cambio, la caja azul no tenía suficiente fuerza. Pero, la tercera caja, la azul con puntitos amarillos era otra cosa, algo de verdadera calidad y que había logrado los mejores resultados. Y no, querido lector, el experimento no se hizo en ningún nosocomio de atención a pacientes con alteraciones mentales, fue gente de lo más normalita, como yo, como usted, pero que hablaban inglés y comían muchas más donas que nosotros.
Pero los muchachos de guardapolvo blanco no se quedaron tranquilos, en forma completamente masoquista volvieron a juntar a otro grupo de mujeres y en este caso les dieron dos muestras de crema de belleza, una en un recipiente rosa y otra en un recipiente azul. Casi el 80% aseguró que la crema del pote rosa era más fina, más suave y más efectiva que la del pote azul. Lo que las mujeres no sabían, pero usted sí, pillín, es que la composición de ambos productos era idéntica.
Y más allá de todas las burlas que seguramente hicieron los cachondos científicos, confirmaron algo que desde el creativo más encumbrado hasta el más perdido buscavidas que vende lapiceras en los colectivos sabe, que el color juega un papel importantísimo en la percepción y en la idea que cada uno crea de un producto.
Así, por ejemplo, los colores demuestran temperatura, el amarillo, el naranja y el rojo son cálidos, estimulantes y excitantes. Fisiológicamente hablando parece que trabajan directamente sobre la actividad de las glándulas, aumentando la presión de la sangre e incrementando el ritmo cardíaco y la respiración. Lo rojo parece caliente al tacto, el amarillo es agudo y evoca lo triangular y en cambio el azul es frío, resbaladizo como el hielo, sugiere un movimiento de retroceso y de redondez. ¡Tomá mate!
También aseguran que el color modifica el peso aparente de los objetos. Y acá otra vez se metieron los estudiosos, afirmando, mediante concienzudos experimentos que entre ocho objetos del mismo peso, el de color negro siempre parecía más pesado. Después venían el rojo, el gris, el púrpura, el azul, el verde, el amarillo y el blanco. Para un ejemplo que cualquiera puede hacer en su casa, la bandera francesa es perfecta, para que las tres bandas se vean del mismo ancho es necesario que la azul ocupe un 33%; la blanca, un 30% y la roja, un 37%. Si hasta dicen que los colores no se quedan quietos, y así el blanco irradia más allá de sus bordes y el negro, más pasivo, se repliega sobre sí mismo. Y el rojo, cuándo no, parece avanzar hacia nosotros.
Y si un sentido no alcanza, los colores invaden los gustos, entonces el amarillo verdoso es ácido; el rosa es dulce; el azul, amargo; el amarillo es picante y el gris verdoso, definitivamente salado.
Y si hablamos de olores, el naranja es más picante, el verde es aromático y el púrpura está demasiado condimentado.
Siempre sinestésicamente hablando, el púrpura va muy bien con los tonos graves y envolventes; el amarillo es más agudo y el rojo, como era de esperar, es un bochinche ambulante.
Y así, colores son gustos, hay investigaciones que logran relacionar las tonalidades hasta con las matrículas de automóviles tailandeses. Que la edad, que el sexo, que la raza y hasta la posición social logran modificar nuestra relación con los colores. Eso sí, el verde sigue haciendo marchar a este mundo.
El verde esperanza, sino ¿en qué verde estaba usted pensando?