Ludovico Di Girólamo, un pintor incomprendido
Por Javier Arias
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Hoy, la historia y nuestro camino por las vivencias de nuestros prohombres nos acercan al arte, más precisamente a la pintura. Hoy conoceremos la obra y vida de Ludovico Di Girólamo. La figura de Di Girólamo es, sin dudas, una de las más esquivas del arte moderno. Esquivas desde el punto de vista más literal de la palabra, ya que nadie recuerda ni una mísera pintura de este artista. Sólo a través de las críticas periódisticas de su tiempo es que ha llegado su obra a nuestros días.
Si bien ha sido una tarea titánica el análisis de la labor de un artista plástico sólo a traves de los comentarios escritos, hoy podemos afirmar que la obra de Ludovico ha influenciado en toda la escuela mexicana del cubismo trascendental. Y en base a esta exhaustiva investigación, que más de una vez nos ha casi persuadido de abandonar todo y dedicarnos a las bebidas espirituosas, pudimos descubrir que la trayectoria pictórica de Di Girólamo coincide a veces con las tendencias dominantes de la escena moderna y otras, parece distanciarse de modo incluso polémico, por no decir injurioso, de las mismas. Los registros del artista son muchas veces contradictorios, o por lo menos los comentarios del diario local, “El Tribuno”, donde, de todas formas, se logra entrever una coherencia substancial al señalar siempre, y en cada uno de los artículos, que cada presentación es una bazofia peor que la anterior. Defensores de la obra de Di Girólamo atribuyen este tipo de comentarios reiterativos y lacerantes a una forjada animadversión del periodista Ermenegildo Coletta, dueño de “El Tribuno” hacia el artista, pero nunca se ha demostrado, por lo menos no jurídicamente hablando.
Pero volviendo al artista, muchas veces se lo ha comparado con Picasso o Kandinsky, tal vez este tipo de comparaciones, como todas, sea odiosa, pero se puede afirmar que Di Girólamo tiene en común con estos dos artistas la fundación de una nueva mirada sobre las cosas de las que alimenta su pintura, mientras Picasso replantea la representación de la naturaleza y Kandinsky busca una realidad alternativa, Ludovico pretende develar lo que ocultan las cosas mirándolas por primera vez, prescindiendo de su significado, así es como cuadros titulados “Un tren arriba a la estación al atardecer” ilustra una pava rellena de margaritas, o su famoso “Autorretrato”, que nos muestra un centro de mesa acompañando un pastel de manzanas. Coletta nunca pudo conciliar esta dualidad y es sobre este aspecto que más entinta su pluma afilada, “nos tiene cansados con sus naturalezas muertas de animales vivos, ¿hasta cuándo deberemos soportar a este infeliz?” se pregunta el escriba en una de sus críticas.
Pero Di Girólamo no se amilanó nunca frente a estas adversas palabras en letra de molde, y continuó tercamente en su rechazo de la pintura como sistema de representación, concepto que le llevaría a sentirse atraído por el simbolismo centroeuropeo, pero le negaron la visa y decidió seguir con el simbolismo centroamericano.
Dicen que Apollinaire una vez, viendo una de las pinturas de Di Girólamo, las calificó de metafísicas, aunque nadie puede asegurarlo, pero lo cierto es que la relación del artista con los surrealistas fue muy intensa. Intensa, pero corta, muy corta, apenas se mantuvo un par de meses, es que Di Girólamo nunca pintó sueños, como pretendían algunos, sino imágenes más herméticas, más refractarias a la interpretación, en el límite de la mínima compresión. “Una vez más Di Girólamo nos abruma con sus garabatos, cada día más inentendibles y más grotescos. ¿Dónde está la censura cuando realmente se necesita?” clama desde su columna Coletta, evidentemente impresionado con una nueva muestra del artista.
Hacia el final de sus días, allá por los años treinta, Ludovico combina incursiones en el universo de la pintura metafísica, tan proclive a las críticas de Coletta, con impecables reescrituras de maestros antiguos. El anatema de esta mixtura plástica ha llevado a muchos especialistas a una polémica bizantina, donde se han dado cita epítetos tales como “genio”, “revisión”, “plagio”, “ladrón de gallinas” y hasta “que deje de chorear”, esta última en título central de la tapa de “El Tribuno” en su edición del 20 de agosto de 1934.
De todas formas Di Girólamo no tuvo oportunidad de seguir con su carrera pictórica, ya que vio la luz de su último día una tarde de diciembre cuando, buscando inspiración para su nuevo cuadro “El ocaso de las marmotas” se ahogó en las aguas del golfo de Tehuantepec.
De todas formas su trabajo sigue vivo, no ya en sus obras, quemadas por manos anónimas, sino en la independencia de las corrientes coetáneas que inspiró su carrera.
Paradójicamente, y ante la inexistencia de deudos o familia, fue el propio Ermenegildo Coletta quien se hizo cargo de las exequias del pintor. Hoy sus admiradores pueden visitarlo en su descanso eterno en el cementerio de Tapachula y leer apenados el epitafio de su tumba: “Por fin dejó de robar”.