Katharine Herpburn, la reina de las hamburguesas

Por Javier Arias
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El trabajo de un biógrafo es sin dudas una labor ingrata. Además de ser mal paga, tediosa, inconsistente, decadente, anacrónica y muy poco apta para conocer mujeres, por lo menos vivas. Pero lo que sí, es ingrata. Son pocos los biógrafos que hoy en día, cuando le preguntan en cualquier dependencia municipal, provincial o nacional sobre su profesión responden con hidalguía, con orgullo, biógrafo. Parte de esta mala prensa que nuestra rama de la ciencia ha sufrido proviene -según ciertos especialistas a los que he acudido por consejo- del mentado y mal sano dicho que asegura que la historia la escriben los que ganan, entonces hay otra historia, la verdadera historia. ¿Cómo quedamos parados entonces, nosotros, justamente los que escribimos esa historia? ¿Cómo ganadores soberbios y pedantes? ¿Cómo escribas triunfalistas sordos a las quejas populares? O si no, ¿como mentirosos que ocultan la otra historia, la verdadera historia? Eh, ¿cómo?
Pero así somos vistos, y tal vez por eso nuestra profesión vaya teniendo cada vez menos adeptos, en una decadencia casi comparable con la de los jueces de línea. Pero, eso sí, los que quedamos somos de fierro, de cobre y hasta de bronce, incólumes a las críticas, insensibles a los vituperios, impasibles a las burlas, imperturbables frente a las diatribas, aunque un poco dolidos por la pateadura que nos dieron los matemáticos en el último picado.
Así que aquí nos tienen, firmes junto a la genealogía, junto a las efemérides, para seguir construyendo nuestra memoria, antes que el Alzheimer nos gane de mano.
Y de esta forma tan poco académica, si ustedes me lo permiten, pasaré a la historia correspondiente al día de hoy. Nuestra cita habitual con la cronología nos acerca en esta oportunidad a la vida de Katharine Hepburn que, valga la aclaración temprana, no tiene nada que ver con la actriz de películas como La reina de África o La costilla de Adán.
La historia de Katharine, si bien nació en un pequeño poblado al este de la ciudad de Denver en el estado estadounidense de Colorado, comienza en la década del 40 cuando instala una pequeña consultora con el pretencioso nombre de KH Relaciones Públicas, que funcionaba en una pequeña oficinita, prestada por un tío abuelo ciego, quien estaba completamente engañado sobre que su sobrina nieta era efectivamente la actriz de cine, hecho que Katharine nunca se preocupó en desmentir, y a quien visitaba con un amigo del profesorado de mecanografía haciéndolo pasar por Spencer Tracy.
Hepburn comenzó haciendo pequeños trabajos para firmas de tapas de empanadas y cursos por correspondencia, logrando cierto renombre en el ambiente, consiguiendo, de a poco, presentarse como una verdadera especialista en relaciones de negocios a negocios. Por aquella época, el logro de haber podido instalar a la empresa La Saturnina como la primera proveedora de panqueques en el norte de Minessotta le dio un fuerte espaldarazo a su carrera. Cuando llegaron los gloriosos 50 KHPR (en inglés Katharine Hepburn Public Relations) ya contaba con más de cincuenta clientes, veintidós empleados y un ligero malestar laboral porque la pequeña oficinita del bueno del tío Esmerald estaba comenzando a quedarles chica, especialmente cuando alguno de los veintidós necesitaba ir al baño y tenían que levantarse dieciséis para dejarlo pasar hasta el pasillo. Por este motivo –y por algunos reclamos vía carta documento de sus empleados- Katharine traslada su empresa a la gran ciudad de Chicago, una apuesta fuerte, valiente y en cierta forma desmedida, ya que cuarenta y nueve de sus cincuenta clientes no tenían negocios en la gran ciudad de los vientos.
Pero no hay mal que por bien no venga, dicen los que saben, una vez instalada en sus nuevas dependencias de Chicago y con sólo tres clientes sobrevivientes de su anterior cartera, las siete habitaciones de la avenida Madison le dieron un nuevo aire a su empresa, tuvo que despedir a catorce de sus empleados.
En 1959 la empresa de Katharine volvió a tener sus días de vacas gordas, de hecho su mayor cliente era Carnes Slam, una productora de hamburguesas, proveedora de una gran cadena de comida rápida del oeste americano, al mando del multimillonario texano Ferdinand Slam. Cliente que terminó siendo su quinto y último marido, boda celebrada con una de las mayores fiestas que recuerde todo el estado de Illinois.
Decir que la locura de los años 60, el beatnik, la guerra de Vietnam, la cultura hippie y la cultura pop, Nixon y Kennedy, Lennon y Warhol alteraron la vida de Katharine Herpburn es faltar a la verdad. De hecho, la reina de las hamburguesas, como ya era conocida en medio país, nunca se interesó demasiado en la vida social, cultural ni artística de su tiempo, mucho menos después de haber engordado 88 kilos en menos de dos años. Las últimas fotos que se tienen registro la muestran en imponentes vestidos de seda, acompañada por su séquito de perros caniche toy. Séquito que nunca tuvo un número estable, ya que a medida que los canes iban sucumbiendo cuando su dueña se sentaba sin querer sobre ellos, su devoto esposo, el rey de las hamburguesas, se encargaba de reponerlo rápidamente; pero en los últimos años, dada la exponencial velocidad de crecimiento orbital de Katharine no le daba oportunidad a los pobres animalitos a orientarse ante semejante superficie, fueron cayendo como moscas, literalmente. Este hecho llevó a Ferdinand a decidir instalar su propio criadero de caniches toy junto a su planta de procesamiento de hamburguesas. Decisión empresarial no del todo acertada, en un mercado tan cuidadoso de las formas como es el americano, que no vio con buenos ojos que pared de por medio se hicieran aparear a pequeños mamíferos peludos y del otro lado se cortaran y molieran pedazos de reses vacunas. Es más, no son pocos los analistas económicos que aducen que fue esta nefasta combinación la que llevó rápidamente a la quiebra de la empresa de hamburguesas más grande de todo Estados Unidos. Aunque, desde nuestra humilde opinión, el slogan que recorrió la nación por esos días “No comas más perritos, comete una Slam” no ayudo mucho tampoco a levantar las ventas.
Hace ya años que nadie sabe ni de Ferdinand ni de Katharine, se cree que en los ochenta regentearon un sistema de teléfonos eróticos, pero no existen pruebas fidedignas como para asegurarlo. Otras versiones los relacionan con un par de parripollos de la avenida San Juan de la ciudad de Buenos Aires, pero, a decir verdad, son rumores con menos asidero que lo de los teléfonos.
Preferimos, dada nuestra dedicación a nuestras tareas biográficas, quedarnos con las últimas palabras públicas de Khatharine Herpburn antes de desaparecer de la historia, “yo quería triunfar y lo logré, ¿qué me vienen ahora con que estoy gorda?”

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