Todo puede ser una pesadilla
Por Javier Arias
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Esforzó aún más el oído pero no logró escuchar nada. Estaba segura de que había oído algo hacía un ratito, pero ahora la noche transitaba el patio oscuro como envuelta en un manto de seda. Se acomodó inquieta entre las sábanas y volvió a cerrar los ojos incómoda. Sabía que tenía que dormirse porque ese día tenía doble turno, a la mañana en el quinto de la 42 y por la tarde con el tercero que la tenía a mal traer desde que arrancaron las clases. Odiaba los martes, todo el mundo detestaba los lunes, pero su pesadilla eran los martes, cuando tenía que entrar en esa escuela y combatir casi cuerpo a cuerpo con esos chicos que, vaya uno a saber por qué, la odiaban, y ella había aprendido también a odiarlos recíprocamente. El sueño comenzó a ganarla y las paredes del aula del tercero B empezaron a desdibujarse en un pasillo que se hacía más ancho y curvo y comenzaba a llenarse de… Estaba segura que esta vez sí había escuchado algo afuera, como un crujido, como un leve crujido, casi como si alguien quisiera cubrirlo, un crujido disimulado, involuntario, un crujido que no debería haber estado, que nunca debería haber estado.
Abrió de nuevo los ojos, frente a ella, contra la pared, la silla con la ropa de ayer le devolvió la mirada vacía. Silencio. Inmóvil en la cama puso atención en los sonidos del patio que entraban por la ventana cubierta. Tendría que haber puesto rejas como le había dicho la Ester hace unos meses. A la Ester le habían entrado cuando se fueron de vacaciones, por suerte unos vecinos los habían visto forzar la puerta y sólo les llevaron un par de boludeces, después puso rejas, cambió la puerta y contrató una alarma. Ella nunca se iba de vacaciones, para qué iba a poner rejas. No se escuchaba nada. Hizo un esfuerzo, se concentró y se destapó finalmente, se levantó de la cama y con pasos cuidados, casi con una coreografía matemática, se acercó a la ventana. Descorrió apenas la cortina, sólo un centímetro para poder espiar de ahí la oscuridad del patio. La ropa húmeda contra la medianera colgaba lánguida y sin vida. No vio nada, su único ojo desnudo entre las telas se movió de una punta a la otra del patio, revisando casi desesperado la soledad de la noche. No había nadie en ese patio. Pero estaba segura de que había escuchado un crujido, dos veces lo había escuchado. ¿O tal vez sólo era en sus sueños y el tercero B había logrado trasponer los límites de su aula y ya había invadido su inconsciente?
Se quedó un largo rato, congelada detrás de la cortina, vigilando inútilmente las baldosas gastadas. Un escalofrío le recorrió la espalda y se alojó detrás de la rodilla izquierda. Se masajeó con una caricia la pierna. Volvió con el mismo cuidado a la cama. Se acomodó nuevamente entre las sábanas, se cuidó especialmente de que ni un milímetro de piel quedara sin cubrir, salvo el ojo avizor, que impertinente, seguía fijo en ese resquicio de oscuridad que ahora había quedado entre las dos cortinas, apenas separadas.
Volvió a decirse que tenía que descansar, no podía darse el lujo de estar desatenta los martes, no justo los martes, que ella tanto odiaba. Cerró los ojos, apretó los párpados, se abrazó con fuerza y respiró hondo. Los minutos pasaban y la noche no se iba. Lentamente comenzó a relajarse, a lo lejos se escuchó una sirena, un ladrido perdido entre los barrios, una frenada a tiempo, una risa ahogada por las paredes ajenas, y el silencio de una ciudad dormida de un lunes eterno. Comenzó a dormirse, sin casi pensar en el tercero B, sin casi pensar en que el futuro parecía hoy más oscuro y más solitario que ese patio de baldosas gastadas. Comenzó a sumergirse, sin darse cuenta, en ese estado entre la vigilia y el sueño, traspasando las telarañas de la conciencia, otra sirena, otro ladrido, otra risa y un crujido, apenas disimulado, muy cerca de su ventana.