Egberth, tan inédito como olvidado
Por Javier Arias
[email protected]
Es extensa la polémica que gira en torno de la inclusión de la historieta como parte del arte. No quisiéramos entrar en ella, hiriendo susceptibilidades que puedan acrecentar las brechas, ya de por sí profundas, entre los distintos bandos. De todas formas, y el hecho de que hoy nos lleguen a nuestras manos las vivencias de Johann August Egberth, hace que debamos tomar partido ineludiblemente en esta cuestión y aseverar que si debemos considerar el dilema desde el punto de vista de la obra de Egberth, sin lugar a dudas, podremos asegurar que el género historieta no sólo no es digno de ser considerado arte, sino que bien podría ser incluido como atenuante ante delitos de violencia en el nuevo Código Penal. Es que si bien dibujantes de la talla de Frank Miller o Milo Manara, y hasta Carlos Vogt han logrado llevar a la historieta a sitiales por demás excelsos, Johann August se ha encarnizado en vilipendiar todo esfuerzo ajeno en ese sentido.
Pero, tratando de abandonar nuestras propias valoraciones personales y buscando una vez más situarnos en el lugar del observador imparcial e invisible, retomemos la senda puramente biográfica.
Egberth empieza a dibujar sus pequeñas viñetas desde muy chico; los márgenes de sus cuadernos escolares se poblaron de historias y morisquetas, de aviones y dinosaurios, paisajes que irremediablemente todo el mundo comparaba con sus textos propiamente escolares, especialmente sus maestros, que nunca llegaron a ponerse de acuerdo sobre qué era peor, si sus dibujos o su aplicación didáctica al estudio.
Al cumplir siete años se produce el trágicamente célebre bombardeo a Pearl Harbor y Estados Unidos entra en la Segunda Guerra Mundial; este fortuito acontecimiento hizo una profunda mella en el caracter del pequeño Johann, inspirándolo para crear su primer personaje, un japonés enano, de nombre Harakito, que al mando de un avión a cuerda ataca las playas americanas pero siempre acaba perdido, o en el desierto de Arizona o en pleno centro de Manhattan. Harakito será, por años, el acompañante diario del joven Johann, al punto que este comienza a concurrir tres veces por semana al consultorio del doctor William Harris, porque como bien dijo, años después, el pensador contemporáneo Hernán Casciari, “si pasada una cierta edad siguen hablando con los amigos imaginarios, ya no es amistad: es esquizofrenia”.
Afortunadamente las pastillas y ciertos experimentos con electroshoks dan un resultado fabuloso y Egberth abandona las pláticas solitarias y logra una convivencia casi normal con sus congéneres, quienes le perdonan ciertos atavismos como eructar en público o descabezar las muñecas de sus amigas.
En el verano de 1947 Johann August se incorpora a los boyscouts, en un afán de sus padres de alejarlo de las muñecas y, especialmente, de sus amigas, padres y policías del condado. Johann descubre en los boyscouts una extraña, fascinante e insospechada afinidad con los pieles rojas, hecho que no pasará inadvertido en los primeros campamentos y que definirá su expulsión del grupo scout. A pesar de esta contrariedad Johann no se sintió apenado, sino que en una reacción lógica para un niño de espíritu creativo, transformó este rechazo en una nueva fuente de inspiración para sus diseños. Son de esta época justamente las aventuras de Tontón, el boyscout gordo, protagonista de mil aventuras, todas ellas con finales parcial o totalmente trágicos y escabrosos para el pobre Tontón.
Frente a esta nueva muestra de su veta artística, sus padres finalmente desisten de tratar de encauzar a su párvulo hacia vocaciones más pragmáticas como cerrajero o hilvanador y le permiten que elija libremente sus estudios. Johann August, si bien en sus memorias asegura que se vio fuertemente tentado a seguir la carrera de cerrajero, sólo por el hecho de llevarle la contra a sus padres, finalmente se inclina por la carrera de ilustración de la Universidad de Maine, academia que será testigo de sus primeros intentos de publicación. Intentos, que como bien sabemos, fueron todos, y cada uno, sumamente infructuosos.
Inesperadamente, especialmente para sus padres, que ya se habían hecho la idea de convivir con Johann hasta sus últimos días, logra un puesto en el periódico Le Chen Siclé de Ontario, Canadá, donde se radica inmediatamente.
En Le Chen August comienza sus primeros pasos en la glamorosa profesión del periodismo escrito y rápidamente se convierte en “el chico para todo”, sirve café, compra chicles, arregla máquinas de escribir, destapa cañerías, repara cerraduras…
Los años fueron pasando y nadie amanazó su estabilidad laboral, ya que de “chico para todo” pasó a “tipo para todo” hasta alcanzar el inevitable “viejo para todo”. De todas formas Egberth nunca perdió las esperanzas de ver a alguno de sus entrañables personajes en las páginas de Le Chen; ya las historias de Harakito superaban las mil ochocientas páginas y Tontón no le iba nada lejos. Pero los distintos editores, que se fueron sucediendo a lo largo de las décadas, mantuvieron siempre cierto grado de decencia periodística y amor por sus lectores, o por lo menos por sus anunciantes, y le negaron sistemáticamente su paso a la posteridad.
Así en 1972 se realizó el primer congreso de comic en Nueva York, pero Herberth no fue invitado. Tampoco lo fue en el segundo, ni en el tercero, mucho menos al cuarto. En el quinto congreso Herberth ya había perdido las esperanzas y ni se enteró de su realización, ese día estaba muy ocupado reparando la cerradura de la sección de ilustración del periódico canadiense Le Chen Siclé. Sus padres hubieran estado muy orgullosos.