Página de cuento 580

Dos ferroviarios en apuros – Parte 25


Por Carlos Alberto Nacher
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El sol arrasaba todo aquella madrugada. Fatimota, Anthony y el Concho, sin dormir, caminaban debajo de los rayos de Febo, y sobre las piedras gómez amontonadas en la calle, que ya se habían enfriado un poco, luego de haber sido escupidas por los volcanes enajenados durante horas.
La lava seguía circulando por debajo y por arriba de ciertas calles, horadando a su paso todo el terreno. En aquella ciudad lo cotidiano era el derrumbe, el polvo de escombros, el cielo gris, el semblante triste, el olvido trágico, y una sensación de inseguridad que abarcaba casi todo; pero el futuro, el futuro inmediato, el futuro no estratégico, la visión temprana, era la única verdad irrefutable: el final de toda la civilización estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo la gente, haciendo honor a su instinto de conservación, seguía rutineando, seguía lo normal, como si la norma fuera lo normal, lo menos peor, lo más mejor, como si la norma fuera lo único que importaba. ¿Y la elba? ¿Y la olga? ¿Y la marta? ¿Y la Inés? El mundo estaba tan pero tan equivocado, que parecía que todos tenían razón.
Siguieron caminando por la Lalolu sudoeste, interminables cuadras, hectáreas derruidas, humeantes y llameantes.
Ya pudieron divisar, muchos metros antes de la esquina siguiente, a una mujer discutiendo airadamente, con fuertes gritos, en un puesto de venta de verduras con la vendedora, de origen neocelandés. La mujer, ya entrada en años, y salida en muchos meses, se mostraba desconforme con el valor comercial de los tomates, las cebollas, los turaglios y los tartaglias, sin mencionar que los turaglios estaban pasados, con una vida útil muy limitada y un olor nauseabundo, probablemente originado por los tallos violetas. La mujer discutiente vestía un saquito de lana muy ajado, con agujeros por todos lados producidos por las chispas que salpicaban los volcanes al igual que su cabellera, una larga cola blanca hacia la derecha, pero con un agujero rojo y humeante hacia el otro hemisferio, cuya causa era seguramente un cascote hirviente venido del cielo.
“¡Cuaj, cuaj cuaj!” gritaba la anciana, señalando el cajón de ociipitantes rojos importados de Bolivia. “Todo esto es una porquería, y nada baja de los cinco maidanas!! ¡Estamos todos locos! ¡Este país se va a los caños, y encima le damos lugar a los inmigrantes, que nos cobren lo que quieran, y que nos vendan las sobras del cuarto mundo! Y usted señorita, señorita, señorita…” “Mi nombre es Daiana Yésica Yénifer Yanina Petruccini y todo esto es, mi estimada señora, mercadería de primera, como lo indica el cartel de la puerta, y no sólo se trata de verduras frescas, sino que también tenemos premios y promociones, como aquella que se indica en los paquetes de perejiles moreiras, con la compra de dos perejiles le regalamos el muñeco coleccionable de aluminio de la película Invasión intergaláctica de los transformers dinosaurios zombies extraterrestres. A ver si en otra verdulería está. A ver si sí.” “¡Pero por favor! Y eso que yo trato siempre de ver más lo connotativo que lo denotativo en una imagen, trato de ver más allá, no hay vasos vacios, sólo una cuestión impuesta a la cual me resisto. Pero esto es una vergüenza. Parece mentira que esta maravillosa ciudad, cuna histórica y con décadas de división, persecución, inflación, narcotráfico instalado, mafia, inseguridad, abuso de poder, pérdida de inversiones, pobreza, caída atroz de la calidad educativa, enriquecimiento ilícito y un constante repertorio de mentiras endulzadas con medidas clientelistas, todavía acepte esta asquerosa degradación de la condición humana. Como que me llamo Helena Chola Chuva de Kachavara.”
Anthony, 30 metros a sus espaldas, escuchó su apellido y tembló. ¡Pero si era la mismísima Tía Chola, y traía un Montoya furioso encadenado!”
Continuará…


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