Página de cuento 577

Dos ferroviarios en apuros – Parte 22


Por Carlos Alberto Nacher
[email protected]

Anthony estaba todavía preso en el Castillo del Buen Comer y del Buen Beber, la guarida secreta del AIPA, junto a su amada Fatimota, que estaba más linda que nunca, y un extraño carcelero, el Concho López, un viejo rufián, traidor, sin ningún tipo de códigos, que se vendía al mejor postor, que por un sánguche de jamón y queso y una coca era capaz de vender a su hermano, o a su hermana, lo mismo daba. Sin embargo, con Anthony se hacía el buenazo.
El Concho, conocedor de los secretos pasadizos de la antigua cárcel, aprovechó la poca luz de la madrugada incipiente para direccionar a los presos hacia abajo, por resbalosas y heladas escaleras de adoquines tan antiguos como dolorosos al pisarlos, con ese sonido compacto. Al pasar, se escuchaban lejanas voces de antiguos presos, voces tumberas… “I have a dream… Bienaventurados los pobres… ¿Tú también Bruto?… Cogito, ergo sum… Pero se mueve… ¡Eureka!… Sólo sé que no sé nada…“ En fin, cosas vagas y desafectadas que dicen los reos cuando están ensimismados por la vigilia de la madrugada invernal.
Mientras bajaban por las escaleras, caminando a hurtadillas, respirando a bobadillas, transpirando a jancadillas, regurgitando palabras y más palabras silenciosas, Anthony se durmió. Se durmió parado, bajando la escalera. Nadie lo había notado, ni siquiera Fatimota, que estaba a su lado.
Entonces Anthony soñó… Soñó con un valle verde y florido, con un arroyo de agua clara y fresca, sin volcanes a la vista. Una madre acunaba a su bebé recién nacido mientras se miraba, cual narcisa post-moderna, en las aguas del arroyo.
No estaba mal, ella era muy bella. Aprovechaba ese momento de arrullar y observar amorosamente al bebé para, además, mirarse, adorarse, valorarse. Y esto no era criticable en absoluto. Aquellos que critican, se sienten incómodos o en desacuerdo, es porque no logran lo que esta mujer, y no lo digo en referencia al «cuerpo perfecto», sino al hecho de aprender a amarse y aceptarse como son. Los estereotipos creados por las modas, las épocas, los diseñadores y que se yo cuántas imposiciones más, nos quieren obligar a ser lo que no somos o peor, lo que no sentimos. Muchas mujeres vienen arrastrando preconceptos, de madres o de abuelas que las han mentalizado en que esto o aquello no se debe hacer.
Anthony, en sueños, proclamó: ¡Mujeres de hoy! Dejen los preconceptos de lado, si quieren o desean tomar alguna actitud que las satisfaga, sin ofender a los demás, ¡Tomen la decisión! Pasear en bikini o en soutien y short no ofende a nadie, a menos que lo ofensivo, para sí mismas, sea la imagen que les devuelve el arroyo… Para lo cual les recomiendo poner manos a la obra en lugar de lamentarse por lo que ya no tienen….no será fácil, pero tampoco imposible, a menos que las «excusas», sean un impedimento….o la falta de amor propio, que sería mucho peor.
Al fin, Anthony pudo despertar.
“Sabes Fatimota, recuerdo aquella vieja canción que en su pegadizo estribillo decía “Había una vez un camino para volver a casa” ¿De quién era?
“Creo que de aquel famoso actor y cantante de Jolibud, ¿Cómo se llamaba? ¡Ah! El famoso Marlo Blando.”

Continuará…


NEWSLETTER

Mantenete actualizado


COMENTARIOS