Página de cuento 576

Dos ferroviarios en apuros – Parte 21


Por Carlos Alberto Nacher
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A pocos kilómetros de allí, en las entrañas del distrito Obispo Papopu, un predio impenetrable, lleno de violentos, que utilizaban a la violencia y a la agresión como su lenguaje natural, el agente Azizan había encerrado en una celda amplia y oscura a la vez, a Anthony y a Fatimota, que luego de tanto trajín estaba muy demacrada, pero no por eso menos bella, una belleza salvaje, casi virgen, con el rímel de los ojos corrido, dibujando arabescos en sus mejillas cálidas, sucias y terramantes. Ellos no lo sabían, pero se encontraban en el cuartel secreto de la AIPA, llamado El Castillo del Buen Comer y del Buen Beber ,en las catacumbas del mismo, a unos 30 metros por debajo del nivel del suelo, cerca de los desagues cloacales del sector norte de la ciudad. Un pequeño arroyo de agua servida hirviendo corría al costado de la celda de Anthony y Fatimota, y cientos de roedores libraban una batalla sin cuartel contra los ladrillos ancestrales de los muros.
Todo era negro, incoloro; sin embargo, también era odoro y sípido. El agua misma era colora, odora y sípida.
Ambos despertaron al mismo tiempo, y luego de unos instantes de mirar sin ver y de oír sin escuchar, adaptando su masa cerebral a la realidad actual, desconocida, se miraron uno a otro y se devoraron con los ojos. Al mirarse, y transmitirse la magia silenciosa del amor, ya no importaba el encierro, los colores grises, los olores, los ruidos de golpes extraños, ni lejos ni cerca, sólo importaba eso: mirarse. Anthony hubiese querido besarla, se cercó, la tomó del cuello. Fatimota lo abrazó con el brazo libre, y se besaron. Todo, de repente, fue silencio, ya no más castros ni vallejos que molestaran ni interumpieran, Anthony pasó la mano por debajo de lablusa de Fatimota y tocó la fórmula impresa en su espalda. Aún estaba allí, y nadie se había dado cuenta, ni siquiera el mismo Azizan.
Anthony dejó por un momento a Fatimota, la puerta de ingreso chirrió, gritaron los goznes oxidados y ni hablar de las bisagras. Entro un guardiacárcel desconocido para ellos, pero muy conocido en el castillo: era el Concho López, que traía alimentos. Llegó con un plato lleno de kinotos negros. Ni bien los puso sobre la mesa, Anthony y Fatimota los devoraron a raudales. Estaban famélicos, llevaban días sin alimentos.
“Gracias, buen hombre, su gesto será recompensado alguna vez.” “No se preocupe, pero escúchenme, estoy acá para sacarlos. El mundo los necesita libres, no sometidos a esta caterva de degenerados. Gente sin escrúpulos, pelotudos alegres que no aceptan el contexto social de nuestra ciudad, que incluye una diversidad cultural difícil de describir sin ser injusto con muchos y caer en estos estúpidos lugares comunes como el dicho anteriormente en esta misma oración, donde coexisten diversas facciones políticas, los gancediosos, los salmónicos, los portalines, los escarpettianos, los ureñeros, los carriberoles, todas agrupaciones con mucho empuje, muchas ganas de tirar para arriba.” “Es verdad, carcelero, pero debemos ser realistas: así y todo nadie, absolutamente nadie, sabe cómo hacer para parar la ira de la Madre Naturaleza. La temporada de probostres está llegando a su fin y los didoménicos volverán a reproducirse, y sin embargo, vamos camino a la extinción total y nadie puede detenerlo.”
“Mir Anthony, yo creo que hay una salda. Hay gente que basa su felicidad en lo efímero de un resultado positivo. Pero no es mi caso. Hay que pensar y repensar la situación, hay que apropiarse de los contenidos formales e informales y tomar una posición, que bien podría ser contraria a los contenidos transversales.”
Un gallo cantó. Era de raza Johnnie Jumpers, aunque bien podría haber sido un Blondie Rollans, o un Harold Brown, dado que el quiquiriquí era un poco más agudo que el primero, pero más armónico y matizado que el segundo. Y no era un Manziel, que emiten una especie de Cocorocó, más masculino. Tampoco un bankiva o un jerezano, que no cantan a la mañana, sino que generalmente quiquiriquean a las 16;35 el uno, y a las 16:45 el otro, dependiendo de la época del año.
Anthony masticó el último kinoto, escupió hábilmente la cáscara, miró a los ojos al Concho, miró a Fatimota y dijo “¡Aleluya! Salgamos de aquí!”
Continuará…


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