HISTORIAS CURIOSAS PARA CONTAR EN DÍAS DE LLUVIA

¿Cómo dijo?


Parte III – Ojo por ojo…

Javier Arias

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Para cerrar este ciclo de divulgación lingüística, querido lector, hoy quiero recordar una frase tan de boga en estos tiempos de violencia e inseguridad, la consabida “ojo por ojo, diente por diente”, con la cual tanto político anacrónico se despacha en estos días. Más allá de la vengativa y cruel sabiduría que encierra el dicho, es bueno saber que el mismo forma parte del antiguo Código de Hammurabi, sancionado allá por el 1792 antes de Cristo, aunque también, y coincidentemente, está mencionada en el propio Antiguo Testamento.

Pero, para evitar tamaña condena muchas veces es mejor que sea “mucho ruido y pocas nueces”, o sea, que parezca mucho más de lo que realmente fue. En este caso, aunque no es segura la procedencia, circula por España una anécdota que podría explicar el origen de esta singular y musical frase. Según cuenta el conde de Clonard, en 1597 las tropas españolas tomaron la ciudad de Amiens gracias a una treta urdida por el capitán Hernán Tello de Portocarrero, que vistió de labradores a dieciséis de sus soldados que hablaban muy bien en francés. Estos hombres penetraron en la ciudad provistos de sacos de nueces, cestos de manzanas y un carro de heno. Apenas entraron en la ciudad, uno de los soldados dejó caer voluntariamente uno de los sacos de nueces, lo que movió a los soldados franceses a recoger las nueces del piso. Esta situación permitió a los españoles que sacaran sus armas de la carreta de heno y así reducir a las tropas locales para permitir el ingreso de una columna invasora. Posteriormente, los franceses recobraron la plaza, pero la astucia de la estratagema habrían dado origen al dicho ser más el ruido que las nueces. Después la usó Shakespeare en una de sus obras y se acabó el misterio.

Y ya que estamos en España, hay allí, en nuestra madre patria, una frase muy usada que bien podría remplazar muchos de nuestros insultos más guarangos. Cuando uno se enoja con otro y quiere sacárselo de encima lo más común es mandarlo, verbalmente por supuesto, a los más diversos y desagradables lugares, especialmente a aquellos donde no brilla mucho el sol. En la península ibérica lo solucionan con un más comedido “vete a la porra”. ¿Pero qué belines es una porra? ¿Dónde queda esta consabida porra?

Cuenta la historia que el sargento mayor de cada tercio dirigía los compases de sus hombres moviendo un gran garrote, una especie de antecedente de la batuta de orquestra que recibía el explícito nombre de porra. Así, cuando una columna en marcha hacía un alto prolongado, el sargento mayor hincaba en el suelo el extremo inferior de su porra distintiva para simbolizar la parada. Alrededor suyo se establecía rápidamente la guardia, encargada de custodiar los símbolos más preciados del tercio: la bandera y el carro donde se llevaban -cuando había, por supuesto- los caudales. También quedaban bajo su vigilancia los soldados arrestados, que durante ese descanso debían permanecer sentados en torno a la porra que el sargento había clavado al principio. Eso equivalía por tanto a enviar a alguien a la porra como sinónimo de arrestarle.

Así que ya sabe, cuando esté por largar una maldición en guaraní que le levante la peluca al más pintado, tómese su tiempo y apele a las maneras europeas de mandar a la porra al susodicho.

Y para terminar, que ya está bien de andar develando tanta frase y dicho popular, me voy a poner en académico y recordar una expresión no tan utilizada pero no por ello menos divertida. Cuando logramos o conseguimos algo pero con muchísimo esfuerzo, desgaste y pérdidas se dice que obtuvimos una victoria pírrica, al extremo que por el costo, esa misma victoria buscada puede llegar a ser más desfavorable que una misma derrota. Esta máxima también tiene un largo camino hasta nuestros días, proviene de Pirro, rey de Epiro, quien logró una victoria sobre los romanos con el costo de miles y miles de sus hombres.

Se dice que el sacrificado de Pirro, al contemplar el resultado de la batalla, agachó la cabeza y casi en un susurro dijo: «Otra victoria como ésta y volveré solo a casa».

Como terminamos todos volviendo, pero sabiendo que nos esperan con la sopa calentita y dispuestas a escuchar todas estas historias nuevas y viejas que tenemos por contar, ¿o no?

 

 

Nota del autor: Información recogida de la página http://fcojav.blog.com.es

 


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