La porfía de las palomas de Buenos Aires

Por Javier Arias
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Cerró la puerta con un sonido hueco, le dio dos vueltas de llave y comenzó a caminar esquivando las baldosas rotas que conocía de memoria.
Entre las hojas de los árboles se escurrían las últimas gotas de la lluvia de anoche, que caían certeras, lo que lo hizo arrepentirse de no haber tomado el paraguas que siempre dejaba junto a la entrada. Tuvo un pequeño impulso de regresar, pero, como muchas cosas en los últimos años, lo reprimió con un pequeño gesto de los hombros y siguió caminando hacia la terminal.
El boleto marcaba que el micro salía dentro de dos horas, era mucho tiempo para esperar entre las valijas de las familias de vacaciones y las mochilas de las adolescentes, así que se sentó en un banco de la plaza de Retiro. Levantó la vista y descubrió que el sol apenas se entreveía detrás de las nubes que escapaban hacia el río. La gente pasaba sin advertirlo, era ya parte del decorado de una ciudad gris en un día gris. Apoyó el pequeño bolso a su lado y puso un brazo sobre él. No es que llevara cosas demasiado valiosas, ni para él ni para otros, pero nunca se sabe quién puede estar más necesitado que uno.
Una mujer, de tacos altos y pollera ajustada, cruzó apurada y espantó al grupo de palomas que había empezado a acercarse, confundidas con su porte de abuelo proveedor de migas. Las miró cómo correteaban hacia los canteros y se acordó de Estela.
Por un segundo una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro, agradeció que nadie lo estuviera mirando, esa mueca inconclusa no debía ser una imagen muy tranquilizadora.
Estela era rubia y bajita, apenas contenida en su trajecito sastre que le había cosido su madre con la máquina donada por Evita. Tenía una risa cantarina que creyó poder oír entre el ruido del tráfico de esta mañana. Tenía unas manos suaves, casi tanto como sus mejillas, y ojos brillantes, tan brillantes que lastimaban, o por lo menos lo lastimaban hoy en su memoria. Tenía ojos azules, que lo miraban enamorados desde esos dieciséis vírgenes años. Y él, ya mayor en ese momento, trataba de escaparles como si fueran un maleficio de gitana.
Las palomas cobraron coraje y volvieron a acercarse a sus pies, suplicando con ese movimiento tan lastimero, un desayuno que no iba a llegar nunca. Movió una pierna para apartarlas y sólo logró alejarlas algunos centímetros, porfiadas mantuvieron la acechanza.
Estela lo seguía mirando en esa fiesta de tíos borrachos y de empanadas frías, mientras las mujeres comenzaban a levantar las bandejas sucias. Se acercó casi sin que se diera cuenta y de repente estaba a su lado, con todo ese cabello del color del sol y esos ojos que lo convertían en sal. Sin decirle una palabra le dijo que lo quería, le dijo que odiaba ese trajecito sastre de color salmón, le contó, con una mirada desde el fondo, que vivía esperando que volviera, que sus dieciséis años eran un brasero donde se consumía cada noche pensando en sus labios, todo eso le dijo en silencio mientras por debajo de la mesa le rozaba su mano.
No hizo falta mucho más, la fiesta agonizaba y ellos escaparon de esa muerte anunciada sin que nadie se enterara. La niña y el agente de seguros se internaron en un sendero que ambos sabían no tenía un destino de eternidad, pero en el camino fueron felices.
Las palomas le recordaron que su micro no iba a esperarlo. Se levantó con un suspiro, juntó fuerzas, tomó el pequeño bolso y dejó el banco.
También dejó a Estela junto a las palomas que lo miraban desilusionadas, la abandonó nuevamente en ese banco, sin saber que no la dejaba sola, sino que su recuerdo la iba a acompañar por más de treinta años, siempre esperando en cada fiesta que se asomara en la puerta, con su sonrisa de marfil y su gesto adusto de galán de cine, esperando que la volviera a rescatar de esa vida que se prolongó mucho más de lo que ella hubiera deseado y que una diabetes atolondrada le terminó de arrancar.
El micro salió a tiempo, y apoyado en la ventanilla miró hacia la plaza, pero las palomas ya se habían ido.

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