“Ser Padre de Uno Mismo”


Por: Dra.Patricia Chambón de Asencio
www.patriciachambon.com

“Seño, si mi papá no me ha reconocido, ¿a quién le doy el regalo?” – – Extraído textual del relato de una Maestra Jardinera.-
Hace sólo cinco días se festejó en Argentina el día del Padre. La historia de por qué se eligió esa fecha para recordar que tenemos un “padre” se remonta a mediados del siglo pasado.
En 1953 la profesora Lucía Zuloaga presentó ante la Dirección General de Escuelas de la Provincia de Mendoza la propuesta de asignar como Día del Padre la fecha en que José de San Martin, el padre de la Patria, se convirtió en el papá de Merceditas, su primera y única hija. Parece que la propuesta fue bien acogida por el Gobierno de ese momento y durante un tiempo se festejó el Día del Padre el 24 de agosto. El inconveniente fue, que al elegir una fecha determinada, las posibilidades de que fuera un Domingo, eran muy pocas. Así, la mayor parte de las veces, los padres estaban trabajando en su día de festejo. Esta medida generó descontento entre los homenajeados. Por lo que se pensó designar un día Domingo y no tomar una fecha fija para realizar la celebración. Coincidentemente Estados Unidos de Norteamérica, festeja el Día del Padre el tercer Domingo de Junio, fecha a la que se plegaron varios países. Entre los que se incluyó Argentina.
Ahora sí, todos están felices: el pasado Domingo se agotaron las reservas de los restaurantes y los días previos se registraron importantes incrementos en las ventas de las tiendas de artículos masculinos. Así fue que me vi a mí misma saliendo de un negocio de indumentaria masculina con la consabida bolsita con moño para agasajar a mi esposo, que es el padre de mis hijos y valga reconocerlo públicamente, es quien ha contribuido grandemente a enriquecer mi función “padre”.
Nadie quedó fuera de este recordatorio. Ni los que no han concretado su paternidad, ya que aunque no tienen hijos que les festejen, tienen padre a quien recordar. Tampoco las escuelas dejaron fuera de su agenda esta fecha. En la mayoría de los establecimientos, varios días antes se preparó el regalo para el Día del Padre con todo el esmero y dedicación. En medio de toda esta oleada festiva hubo varios niños, y no tan niños, que no encontraron mucho para festejar y si mucho para indagar. Aquellos que no conocieron a su padre por las razones que fuere o sencillamente porque no saben quién es. Aquellos que lo conocieron pero no tienen muy buenos recuerdos. O los que por mandato de la Ley y para su propia protección fueron separados de su padre biológico.
Esta mirada, un poco más amplia, del día del Padre me llevó a reflexionar sobre esta costumbre, tan bien instaurada en nuestra cultura, de festejar roles o funciones. Festejamos el día del maestro, del médico, del bombero, del niño, del estudiante, etc. No hay nada de malo en eso. Las celebraciones se hacen para recordar. El tema es: ¿qué recordamos? Porque lo que no hay que confundir es el “contenido” con la “forma”. Porque, a juzgar por los “mensajes populares” lo que todavía no queda totalmente explícito es que “ser padre” es una función que se aprende, que trasciende los límites de la biología, del tiempo y que, de ninguna manera, nos excluye como individuos conscientes.
Cuando pienso en el rol “padre” observo a mi alrededor y veo que lo componen las actitudes de diferentes personas, en diversas situaciones que la vida nos va poniendo en nuestro camino. Así, muchas veces un amigo, un maestro, un vecino, un hermano, una madre, fueron los que aportaron con sus acciones el material para construir esta función “padre”. ¿Quién no escuchó alguna vez la tan mentada frase: “Él, más que un (y aquí cada uno colocará lo que le corresponda: maestro, colega, jefe, socio, etc.) fue un verdadero padre para mí.”? Esta es la prueba de que la “función padre” no se agota en una sola persona ni en una sola experiencia. La vida nos da miles de oportunidades y posibilidades para que, en relación con otros, desarrollemos esta importante función.
Sin embargo, a esta altura de la vida y desde mi visión de la realidad, puedo decir que la más importante tarea consiste en aprender a ser nuestro propio padre. Tarea que requiere valor y constancia y nos lleva toda la vida. Porque asumir nuestra propia paternidad implica hacernos cargo de nosotros mismos. Con toda la responsabilidad y la liberación que esto significa. Es aprender a abrirnos a un espacio sin condiciones, alejados ya de las idealizaciones que generan frustraciones, culpas y conflictos.
Ser padre de uno mismo es aceptar que quizá “no está sucediendo lo que yo esperaba” pero que por eso mismo, tengo todas las posibilidades de explorar algo nuevo, algo que no había imaginado ni idealizado. Es en ese preciso momento, que dentro de uno mismo, aparecen las voces de todos aquellos que en determinadas circunstancias fueron nuestro padre, diciéndonos: “Vamos que podés”.
Ese día nos convertimos en nuestro propio padre y honramos a todos los que de una forma u otra, por su aporte positivo o negativo, colaboraron para que así fuera. Ese día recordar adquiere un sentido mayor que nos alinea con la Sabiduría de la Vida. Ese día trascendemos las “formas” para recordar la ESENCIA.
Llegue este mensaje a los que no se sintieron incluidos en las imágenes y slogans publicitarios que por todos los medios nos llegaron el pasado fin de semana, a los que ejercen la función “padre” más allá de la biología, del sexo y de la historia y a todos los que les cuentan a otros lo que significa el Día del Padre.
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