Ningún cuento `Chino´
El anuncio que hizo ayer Daniel Scioli anticipando a Carlos Zannini como su candidato a vice, revolucionó el escenario político macro y micro. No es lo mismo el ex motonauta solo, que con el armador del modelo por excelencia. Las primeras informaciones generaron todo tipo de especulaciones, desde que no podía ser verdad si él aun no estaba anoticiado y si Cristina no la anunciaba ella misma. Dando paso a la reflexión que así sonaba más convincente al ser `pedido´por el propio Scioli. Como fuere, el título de Clarín sería el mismo “Cristina le puso el vice a Scioli”. Sin embargo, que se hayan guardado ciertas formas y que se eligiera los medios de Cristóbal López para tirar la primicia, fue un indicio que el clamor contaba por lo menos con el OK de “El Chino”.
Con esta entrada en juego del ideólogo `en serio´ de La Cámpora para acompañar a Scioli, todo indicaría que efectivamente habrá un solo candidato oficialista y que el kirchnerismo no solo no conspirará a último momento contra el gobernador de Buenos Aires tal como se especuló en algunos ámbitos, sino que jugará a sostener una gestión donde no se malogre la década Nac&Pop y garantice el retorno a un K puro, con la estructura del modelo intacta.
El perfil de Zannini es de `ligas mayores´ en términos de estrategia electoral. Un bastión difícilmente equiparable desde la oposición y que pese a su bajísimo perfil, es garantía de acompañamiento de las bases kirchneristas jóvenes y viejas.
Cuenta la historia que alguna vez mechó la oposición con bífidas indirectas y datos rebuscados, que hubo un tiempo en que «el Chino» era «el Negro» y lo reconocían de lejos por su «fitito» amarillo. Antes de convertirse en el arquitecto jurídico y político del matrimonio Kirchner y obsesionarse con el bajo perfil.
Este recelo a las luces, responde a la estrategia de concentrar la atención en los Kirchner, pero también a su cuidado para con los medios de comunicación y los periodistas.
Vive en Las Cañitas, cerca del hipódromo y del campo de polo. Fanático de Boca Juniors y buen jugador de fútbol como juvenil en el Club Alem, menos se sabe, en cambio, que uno de sus hijos vivió en Minnesota y que él, «el Chino», admira el «espíritu independiente» de los norteamericanos. O que la camioneta Toyota que consta en su declaración jurada de bienes se la compró al «zar del juego» Cristóbal López, que le hizo «muy buen precio».
Tercero de cuatro hijos de «Pepe» y Hortensia, Zannini, nació en 1954 en la cordobesa Villa Nueva, la ciudad pegada a Villa María, por entonces con poco más de 15.000 habitantes. Fue a la escuela primaria Bartolomé Mitre y a la secundaria en el ya desaparecido Instituto Pío Ceballos. De allí, Zannini -sólo Carlos o, como mucho, «Negro», para sus amigos- se llevó un activo: la fama de sabelotodo imbatible y duro en sus concepciones.
Criado en un hogar muy humilde con padre albañil y madre ama de casa, diría: «Conozco los padecimientos de los que menos tienen y por eso siempre milité en política. Para luchar contra la desigualdad social». De ahí que la inequidad sea «su» eje recurrente. Figura en los pocos discursos que se le conocen. Y también surge en sus conversaciones privadas. El 7 de agosto de 2008, por ejemplo, en plena crisis del Gobierno con el campo, les remarcó a los diplomáticos norteamericanos, según consta en WikiLeaks, la importancia de «acelerar la redistribución del ingreso».
Letra y yugo
De su adolescencia le quedó un amigo de por vida, Enrique Capdevila. Ya perito mercantil, Zannini se fue a Córdoba capital a estudiar en la Facultad de Derecho y a militar en Vanguardia Comunista. Fueron años ajustados. Trabajaba en un frigorífico y cabeceaba en clase por el agotamiento. Pero de La Docta también le quedaron amigos varios, juristas destacados como Alicia Mercau y Jorge Chávez, además de relaciones no tan fluídas, como el distanciamiento que perdura con José Manuel de la Sota, que militaba en la juventud de la ortodoxia peronista.
Por aquellos años, Zannini sorteó un primer arresto. Su amigo Chávez logró de algún modo que no lo detuvieran. Luego cuentan de un segundo y definitivo operativo junto con el actual secretario de Derechos Humanos en Córdoba, Raúl Sánchez, en la confitería El Molino, del que ya no zafó. Fueron cuatro años tras las rejas. Primero en el Pabellón 6 de la cárcel cordobesa San Martín y luego en la Unidad 9 de La Plata.
«Con Zannini compartimos un pabellón, en un momento durísimo», contó alguna vez Gerardo Ferreira, uno de los dueños de Electroingeniería. «Fue en la época en que el general Menéndez (Luciano Benjamín) fusilaba a presos políticos como nosotros. Los mataba en los traslados y en los simulacros de fuga», dijo.
Al menos 1849 presos políticos pasaron por la U9. Entre ellos, Jorge Taiana, Carlos Kunkel y Alfredo Bravo. La ficha de detenido de Zannini en La Plata fue la 159.032. De allí surge que arribó el 28 de marzo de 1977, a disposición del Poder Ejecutivo, y que recuperó su libertad el 8 de abril de 1978. Desde entonces recuerda ese día como «especial», casi un segundo cumpleaños.
Ya libre, pero en plena dictadura, Zannini decidió completar sus estudios de Derecho. Volvió luego a Villa Nueva, conoció a Silvia, tuvo a sus dos primeros hijos, abrió un estudio jurídico y le dio de acá para allá en el «fitito» amarillo que sus amigos todavía recuerdan entre carcajadas.
Con el retorno de la democracia, Zannini viró su vida. Y, apoyado en el consejo de varios amigos como Roberto Arizmendi, enfiló hacia Santa Cruz, donde también estaba Chávez, que por segunda vez le dio una mano: para entrar en la Fiscalía de Estado provincial.
Fue cuestión de tiempo para que conociera a Kirchner. «Militábamos juntos», rememoró Zannini en noviembre de 2010, en su primer acto público tras la muerte del ex presidente.
Tejió relaciones, también, con el chofer de Kirchner luego empresario, Rudy Ulloa, y con el hoy titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), Ricardo Echegaray. Tras afiliarse en 1985 al Partido Justicialista, Zannini militó con ellos en la unidad básica Los Muchachos Peronistas, de Río Gallegos, mientras que ejercía -brevemente- su profesión en un estudio jurídico. Sus escritos, recuerdan los memoriosos, eran más sólidos y «novelados» que los de la media tribunalicia.
Su vida privada afrontó entonces otro cimbronazo. Tras los nacimientos de María Paula, en 1984, y Franco, en 1986, su primera esposa falleció. Con el tiempo logró en parte recuperarse de aquella muerte y conoció a su actual mujer, Patricia Alsúa. Con ella tuvo dos hijos más: Carlos Justo y Francisco. De aquellos tiempos vienen sus diferencias con Sergio Acevedo y con «Cacho» Vázquez, el gran amigo de Kirchner, que lo apodó «Chino» por sus posiciones políticas extremas devenidas del maoísmo.
La cabeza
Para traducir un poco más la importancia del rol que le cabría como garante de la historia K, vale recordar por ejemplo que Zannini fue en los inicios, el hacedor jurídico de las dos reformas constitucionales y del sistema electoral que le permitieron a Kirchner acumular mandatos como gobernador. De ahí en más fue el arquitecto de casi todo lo demás. Tras las elecciones de mayo de 2003, asumió como secretario legal y técnico, teniendo acceso directo a Kirchner, con quien llegó a trabajar 16 horas diarias y luego jugar al fútbol en Olivos, el ex Presidente de defensor; él de delantero.
Una cercanía que le valió garantizar hasta el pensamiento y la voluntad de Néstor respecto a muchos temas, tras su muerte. Eso lo llevó a conservar su cercanía con el poder con el mismo nivel de confianza, siendo el funcionario de mayor trato diario con Cristina.
Tras la muerte de Kirchner, su nuevo rol fue todo un desafío. Como cuando se encargó de confeccionar las listas partidarias, en las que soslayó pedidos, potenció a La Cámpora y cosechó múltiples críticas (pocas en voz alta), como las de Hugo Moyano o del ex gobernador de La Pampa Carlos Verna. Pero el objetivo del «Chino» era otro, como explicitó con un tono religioso inesperado: «Vine a buscar predicadores, gente que salga a dar la buena nueva de que todavía no hemos concretado todos los cambios, pero que vamos por el buen camino».
Los tiempos cambiaron pero no los objetivos. Ajeno a las heridas que deja a su paso, Zannini sabe que su poder emana de su cercanía con la Presidenta -«tengo que preguntarle a la señora», es su frase recurrente-, y ahora con Máximo Kirchner. Acaso reencarnando la dinámica que relató un viejo conocido desde los tiempos comunes en Córdoba y Río Gallegos, Bernardino Zaffrani: «Lupín era la tripa, el que quería llegar; Zannini era la cabeza, el que le decía cómo». Un tipo difícil de conocer y más de desentrañar. Dicen que tras el Patio de las Palmeras, siempre se escucha música clásica a todo volumen, porque el “Chino” la ama, pero también porque el ejecutor de las órdenes presidenciales sospecha de micrófonos y hasta de su sombra. Un compañero de fórmula casi a medida para Scioli. Habrá que ver…
Fuentes: LN, AF, Noticias, propias