Los Lampeduzza vuelven a Buenos Aires

Por Javier Arias
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Los Lampeduzza, después de que Atilio cobrara una vieja indemnización, salieron de viaje a Estados Unidos. Así que, junto a su esposa Carmen y sus dos hijos, Albina de 17 años, a la que le dicen Blanquita, y Ramirito, de 7 años, conocieron Orlando, Miami, San Diego, Los Ángeles, San Francisco y Nueva York. Y como todo, el viaje ya termina, camino al avión hacia Buenos Aires.

Los chicos dormían y Carmen y Atilio comenzaron a armar las valijas para la vuelta. El avión para Buenos Aires salía a las nueve de la mañana, pero había que estar en el aeropuerto, gracias a la paranoia post Torres Gemelas, tres horas antes. Así que bien temprano y en plena noche, ambos, medio a los trompicones, trataban de jugar ese juego del 15 de locos.
– ¿Y esta malla? ¿Por qué tenemos una malla en Nueva York que hace 27 grados bajo cero?
– Atilio, es tu malla y la usaste hace dos semanas en Los Ángeles…
– Ah…
Volvieron a chocarse en el angosto pasillo del cuarto de hotel.
– ¿Por qué no mejor te vas a dormir y yo armo las valijas? -le preguntó su esposa.
– ¿Porque si las armás tenemos que salir de raje a comprar una más para que entren las cosas?
Carmen lo miró y no le contestó, sabía perfectamente que tenía razón, ella podía organizar un viaje para un equipo entero de rugby por Australia, pero cuando se trataba de acomodar ropa era tan capaz como de conversar con un castor canadiense.
Levantó los brazos y se resignó. Mientras Atilio siguió con su esquema de orden empezó el largo proceso de lograr traer al mundo de los vivos a sus dos hijos.
Una hora después terminaron los dos al mismo tiempo, quedando mucho más presentables las cuatro valijas que los dos vástagos. Ramirito estaba apoyado contra la puerta, abrazando su campera como si fuera una almohada y trataba desesperadamente de no caerse de boca y Albina miraba con cara de muy pocos amigos sentada en la punta de la cama, todavía en camisón.
Finalmente lograron convencer a Blanquita de las bondades de la indumentaria para afrontar el frío de la calle y salieron a desayunar por última vez.
– ¿Cómo que todavía no abrieron el desayunador? ¿Qué tipo de hotel es este?
– Un hotel con gente que duerme, Atilio, son las cinco de la mañana.
La noche los recibió con una cachetada helada cuando transpusieron la puerta del hotel. De repente hasta Blanquita se despertó frente a ese aire polar.
Si alguna vez habían reconocido que los neoyorquinos son medio mala onda y poco adeptos a andar pidiendo disculpas si lo pisaban a uno en su tranco firme a sus trabajos es que nunca habían caminado a esa hora por la ciudad de la manzana. Hasta Ramiro, poco adepto a preocuparse por el universo circundante a su persona, al tercer empujón inmisericorde comenzó a levantar la cabeza y cuidarse de los zombies que circulaban con una mano en el bolsillo y la otra con un café tan aguado como humeante en la otra.
Por obra y gracia de los dioses balcánicos el subte estaba relativamente vacío y lograron bajar las valijas sin perder ninguna.
Un momento antes de ingresar a la dársena, Atilio miró hacia atrás y luego al cartel indicador, que lo ayudó tanto como una biblia en esperanto.
– Carmen, yo sé que es una pregunta difícil a esta hora y este día, pero ¿vos estás completamente segura que este subte nos va a dejar en el aeropuerto, no?
Carmen levantó la vista y Atilio no le gustó nada lo que leyó en esa mirada.

(Continuará)

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