Despidiéndose de Nueva York

Por Javier Arias
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Los Lampeduzza, después de que Atilio cobrara una vieja indemnización, salieron de viaje a Estados Unidos. Así que, junto a su esposa Carmen y sus dos hijos, Albina de 17 años, a la que le dicen Blanquita, y Ramirito, de 7 años, ya pasaron por Orlando, Miami, San Diego, Los Ángeles y San Francisco. La última escala es Nueva York, la ciudad de la manzana y hoy es el último día.

– Ati, Ati…
Lentamente abrió un ojo y descubrió que el mundo, fuera de esa cama, podía llegar a ser muy, muy frío y volvió a cerrarlo con rapidez
– Ati…
Todo indicaba que no iba a poder seguir mucho más tiempo ignorando ese llamado.
– Atilio…
– Yo también te quiero, Carmen.
– Ya lo sé, Atilio, pero hoy es nuestro último día, no podemos justamente hoy quedarnos dormidos.
– Podría darte un par de argumentos para refutarte, pero lo voy a dejar para cuando me despierte.
– No, Atilio, no, hay que organizarse, salir, conocer lo que nos queda.
Atilio, al momento que lo decía se iba a arrepintiendo.
– ¿Y qué querés hacer?
Carmen se incorporó sobre las almohadas, prendió el velador porque recién estaba amaneciendo, y sacó unos papeles que tenía entre las sábanas: «Hoy dicen que va a hacer mucho frío, así que lo mejor es armar algo bajo techo, mirá acá hay un museo interactivo de Sony, que encima es gratis, para que los chicos se diviertan, pero hay que sacar las entradas ni bien abran…»
Atilio miró a sus hijos, que soñaban dulcemente en los brazos de Morfeo, y sospechó lo peor.
– ¿Y a qué hora abren?
– Dentro de media hora, Ati, así que mejor te apurás, si te tomás el subte M en quince minutos estás allá.
Definitivamente el mundo, fuera de esa cama, podía llegar a ser muy frío. El baño estaba frío, el ascensor estaba frío, pero la calle, con una sensación térmica de menos veintisiete grados era una experiencia para la que el ser humano como especie no estaba preparado. A la hora volvió con las entradas, las manos casi no le respondían y los labios eran dos morcillas que le daban un aspecto un tanto siniestro, por no decir mortuorio. Abrió la puerta del cuarto del hotel y le llegó el calor de hogar junto a la imagen de los tres abrazaditos en la misma cama, por un segundo se debatió internamente entre morir de felicidad o asesinarlos a golpes de almohada, prevaleció la primera opción.
Las entradas para el museo eran para el mediodía, así que desayunaron tranquilos, por primera vez en veinte días, y salieron a caminar, más abrigados que un ekeko, hacia el famoso edificio Flatiron y el Madison Square Park. En la plaza no había ardillas como les habían prometido, lo que ocasionó una pequeña escena de Ramiro, que increpó enojado a un policía reclamándole que le abriera la puerta a las malditas ardillas.
Almorzaron en una pizzería cerca del museo de Sony y a la hora de la entrada eran los primeros de la fila. Fueron recorriendo los stands, algunos más interesantes que otros, pero cuando Ramiro comenzó a estar un tanto molesto por todas esas cosas en inglés que no entendía llegaron a un salón lleno de playstation con monitores gigantes, Atilio apenas atinó a suspirar, Carmen alargó un brazo pero no alcanzó, sus dos hijos ya estaban calzados con los joysticks e iba a ser una tarea titánica despegarlos de los mismos.
Finalmente, luego de una interminable hora, lograron extirparlos sin perder ningún miembro en la operación y salieron a caminar por el Central Park, buscando la estatua de Alicia en el País de las Maravillas, que Carmen quería fotografiar. En el camino Ramiro no hacía más que preguntar por el lago congelado, si el hielo era grueso, si podía partirlo con una piedra, si podía patinar, si podía caminar, Atilio se acordó en silencio de los creadores de la Era del Hielo, de sus madres y de todas las profesiones de sus respectivas abuelas y le respondía que no a cada pregunta.
Luego de sacarse la foto con Alicia, Carmen tenía una sonrisa de adolescente, pero Ramirito seguía con la cantinela del hielo y sus propiedades físicas de sostén de elementos pesados. Atilio miró el lago, que efectivamente parecía una sólida pieza de hielo, y ya en ese momento -sería por el frío que venía chupando desde la mañana, por los veintipico de días de viaje o por el efecto Coriolis, vaya uno a saber- tenía el cerebro medio congelado y se le ocurrió una idea genial, lo levantó de las axilas y lo pasó por encima de la pequeña empalizada para que él mismo comprobara la firmeza del hielo.
Craso error…
El hielo parecía firme, tanto que no parecía romperse, pero no tanto como para no hundirse, por lo que los dos pies del pequeño entraron en el agua helada hasta los tobillos. Ramiro pasó de la alegría infinita mientras su padre lo alzaba a la cara de desesperación cuando sintió las agujas clavándose en su piel.
En segundos le sacaron las zapatillas empapadas, le secaron los pies, le pusieron los guantes como medias y en un taxi providencial volvieron al hotel.
No pasó a mayores, pero Atilio anotó, en su lista de no hacer como padre, dejar a sus hijos caminar sobre los lagos congelados. Ya repuestos volvieron a Times Square, a pasear por última vez por Broadway para despedirse de un viaje inolvidable.

(Continuará)

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