Caminando, caminando y caminando por Nueva York
Los Lampeduzza, después de que Atilio cobrara una vieja indemnización, salieron de viaje a Estados Unidos. Así que, junto a su esposa Carmen y sus dos hijos, Albina de 17 años, a la que le dicen Blanquita, y Ramirito, de 7 años, ya pasaron por Orlando, Miami, San Diego, Los Ángeles y acaban de dejar San Francisco. La última escala es Nueva York, la ciudad de la manzana.
Desayunando en el hotel, Atilio tuvo la peregrina idea de preguntarle qué tenía pensado Carmen para el primer día en Nueva York. Su esposa sacó un mapa de la cartera, un par de anotaciones y una revista, Albina vio eso y acto seguido se sirvió un jugo de naranja y se fue en silencio hacia el looby. Ramiro le estaba entrando a su tercera dona con frambuesa.
– No tenemos mucho tiempo, tenemos que conocer lo más posible -Le dijo Carmen mientras empezaba a señalar con el dedo sobre el mapa- Así que hoy vamos a caminar un rato. Primero tomamos un subte hasta Brooklyn, de ahí cruzamos el puente caminando hasta el Ground Zero, del Ground Zero podemos ir hasta el Greenwich, y ahí, a la Grand Central…
– Carmen, esos cuadraditos que estás señalando son manzanas, ¿no?, digo, cada cuadradito son unos cien metros, ¿cierto?
– Bueno, sí, no tanto, ya viste que acá las cuadras no son de cien metros.
– No, está bien, ustedes vayan que yo los espero acá.
A los pocos minutos, los cuatro entraban al subte hacia Brooklyn. Atilio seguía mirando el mapa, contando las cuadras.
– Carmen, si no entiendo mal este subte cruza el río.
– Sí, Brooklyn es del otro lado del East River…
– ¿Pero lo cruza por abajo?
En eso, un señor bajito y delgado, sentado del otro lado del vagón se acercó a hablarles. Por la tonada parecía cubano, simpático, medio raro, Ramiro se corrió alejándose un poco cuando lo vio. De sobretodo gris y sombrero gastado. Les contó de Brooklyn, les explicó como bajarse y les regaló el calendario que venía con su diario.
De pronto, el subte salió a la calle y se subió al puente.
– Así cruza el río -dijo Albina.
En eso, el viejito cubano se dio vuelta, se pegó al vidrio y se quedó inmóvil mirando la estatua de la Libertad que se veía pequeña recortada en el horizonte. Atilio y Carmen se miraron también sin decir palabra, hasta Ramiro hizo silencio, la misa del vagón de las nueve de la mañana.
Caminaron por Brooklyn, se llenaron la panza de tortas de queso crema en Junior´s y encararon hacia el puente.
Luego, casi sin detenerse llegaron al Ground Zero, que es donde estaban las Torres Gemelas. Definitivamente los señores estadounidenses son unos maestros a la hora de generar conciencia colectiva y tienen los medios para lograrlo. Donde estaban las torres, en el perímetro exacto de una de ellas, dejaron un gran agujero, de unos cincuenta metros de profundidad, rodeado de una tarima de metal donde tienen grabados los nombres de todas las víctimas. Por debajo de ellos pasa un torrente de agua que cae, increíblemente lento, en cascada, casi llorando, al fondo de ese pozo interminable. Y si es el cumpleaños de alguno de los que perdió la vida el 11 de septiembre, dejan una rosa en su nombre. Golpe a la mandíbula directo.
Luego almorzaron en el Winter Garden para reponer fuerzas y siguieron caminando hacia el Soho y Greenwich Village, llenándose los ojos de Nueva York, hasta llegar al Washington Square, con su famoso arco de triunfo.
Y sí, casi sin querer, finalmente llegaron hasta la Grand Central, que es la estación central de trenes de la ciudad, donde cenaron temprano. Los chicos ya tenían los ojos a media asta, y pedían pista inmediata para ir al sobre. A duras penas llegaron al hotel y se durmieron en minutos.
Atilio, a pesar de la contractura en la espalda, el incipiente dolor en el gemelo izquierdo y la palpitación en el ojo derecho no quiso dejar pasar la oportunidad.
– Carmen, ¿te parece sí…?
– ¡Sí, me encanta! -Y poniéndose de nuevo la campera le dijo: «Aprovechemos y salgamos a caminar solitos por la noche de Nueva York».
A Atilio se le acrecentó imperceptiblemente la palpitación del ojo, pero también se abrigó y salió de la mano de su esposa, que estaba feliz como una lombriz, o como una perdiz, que para el caso era lo mismo. Eso sí, se apuró a abrazarla y disimuladamente apoyarse un poquito en ella, que el amor es una cosa, pero el desgarro de gemelo es otra.
Caminaron más calles de Nueva York, abrazados, como si fueran novios. En una esquina vieron el P. G. Clark’s, un histórico bar de la ciudad y sin dudarlo entraron.
Después de pedir sus tragos a un barman malhumorado sentados a la barra, Atilio puso una moneda en una rockola e hizo cantar un rato a Frank Sinatra. Se volvió, apoyó su brazo sobre la madera y de repente decidió que era feliz tomado de la mano de esa mujer, que hoy estaba más bella que nunca.
(Continuará)