Política altamente inestable

p3El cambiante horizonte político ha vuelto a mudar. Entre las PASO, las encuestas y las deserciones, la carrera presidencial angostó espacios y movimientos. De los tres candidatos que llegaron hasta el show de Marcelo Tinelli, uno tiembla, nadie sabe cuánto resistirá y si llegará a la recta final; reproduce Sergio Massa una especie de constante en el peronismo anti K: logra disputar con eficacia votos en las elecciones de medio tiempo, renovación parlamentaria, no logra sostenerse como candidato presidencial con chance. A la hora decisiva se termina desangrando en el intento por primerear.

Idea 1

La impotencia de Eduardo Duhalde pareciera repetirse con el ex intendente de Tigre; el trabajoso armado de los intendentes muestra que una cosa es sumar territorios, y otra construir un espacio a medio camino entre el oficialismo y el conservatismo liberal. Conviene no equivocarse, la lógica de los intendentes tiene vencedores y vencidos; mientras Cristina Fernández siga siendo la dirigente nacional de mayor aceptación pública, la posibilidad de enfrentarla en su cancha suena a fallido. Por tanto, todos los intendentes que lograron afianzar su capital político en 2013, corren el riesgo de desmoronarse en 2015, y lo saben. Por eso vacilan, y como nada les impide «regresar» a la vieja toldería, terminan por jugar sobre seguro. Y Massa no es precisamente una garantía.

Idea 2

La idea de que el PRO forme parte de una corriente progresista, más allá de los pastiches inverosímiles de Jaime Duran Barba, no cala.

Por Alejandro Horowicz*

Esta lógica política atenta contra cualquier debate serio. Empobrece la política reduciéndola a gerenciamiento, y desdibuja los partidos hasta transformarlos en espacios gaseosos. Vale decir, armados de circunstancias que dependen dramáticamente del último resultado, cuya sobrevivencia está atada al oportunismo estructural (el único objetivo de sus integrantes es sobrevivir), reforzando la colonización de la política por los poderes fácticos, ya sea el aparato central del Estado, ya sea el establishment empresarial, ya sea los grandes medios periodísticos comerciales. Nadie con chance carece del respaldo de las diversas combinaciones que esa cancha admite.

Idea 3

El baño de humildad que la presidenta impuso a su tropa, no fue otra cosa que el desagio del cuarto oscuro. La cruel comprobación sobre la distancia entre las voluntades que concitan y las ambiciones que los impulsan. Es que la inestabilidad de los compuestos políticos no remite tan sólo a «errores» de los participantes, que por cierto cometen todo el tiempo, sino a la naturaleza misma de la actividad opositora. Incluso el propio oficialismo no rompe esta norma. A tal punto que es posible afirmar que los reagrupamientos que se vienen sucediendo sin interrupción desde que la doctora Carrió fracturara la alianza del radicalismo con el socialismo santafesino, forman parte de un proceso que todavía no concluyó. Ese es el primer elemento.
Cuando Carrió desestabiliza UNEN marca una tendencia. Es mucho más sencillo situarse a derecha del oficialismo que a la izquierda. Y no sólo anticipa el comportamiento de la Unión Cívica Radical, además registra que la tendencia hacia la polarización va más allá de las intenciones personales de los dirigentes. La razón es compleja, el peso específico de la provincia de Buenos Aires –principal territorio electoral de la disputa– vuelve imposible la victoria nacional sin ganar o al menos disputar a poco distancia ese electorado. Como ese es el territorio pejotista por excelencia, la pata peronista se vuelve indispensable. Ahora bien, salvo el anticristinismo puro y duro, sin ninguna otra consideración, nada permite esa confluencia. Claro que una cosa son los dirigentes y otra el electorado. Ese es el segundo elemento.
Ahora bien, ese armado se intentó exitosamente, en el terreno electoral por cierto, con la Alianza en 1999. Pero tenía una limitación insoslayable: no se trata de cambiar de «modelo», sino tan sólo de volverlo «honesto». Se trataba de menemismo sin corrupción, convertibilidad con transparencia, y precisamente por eso el estallido terminó siendo inevitable. Ese es el tercer elemento.

Idea 4

A la izquierda de cristina, a la derecha de la pantalla. La propuesta del progresismo nacional a la hora de enfrentar al peronismo siempre adoleció de idéntica carencia. Al disputar las diferencias en el terreno «moral», más que un proyecto diferenciado construyó una «critica» donde se ponían en entredicho las «intenciones». Por eso uno de sus polos tradicionales pasó por la acusación de demagogia. Y así fue caracterizado durante el primer peronismo el pago del aguinaldo, ya que «corrompía» a los trabajadores.
No en vano Jorge Luis Borges argumentaba que si uno trabaja 12 meses, por qué va a cobrar 13. Claro que el argumento no prosperó, y la demagogia peronista se transformó en política de Estado. Y el otro polo crítico fue la mentira: el peronismo cuenta una epopeya inexistente, un relato que no sucede, una estafa moral. Para explicar que no se trataba de un «cambio revolucionario», cargaba las tintas hasta desconocer cambio alguno, y al hacerlo, no sólo chocaba con la experiencia personal de la sociedad argentina, más allá de su valoración, sino que se ubicaba en un terreno francamente evanescente.
A la hora de los bifes, el progresismo enarbola bandera del purismo, y en lugar de impulsar corrimientos a izquierda de la propuesta oficialista, opta por la crítica discursivamente radical, crítica que desnuda sus propias falencias a la hora de gobernar. No cabe duda que la nacionalización ferroviaria impulsada por el gobierno nacional vino de la mano del colapso del sistema de transporte público y privado. Ahora bien, ese colapso no se produjo en los últimos seis meses. Una estructura que no se reformula desde la década del ’60, y que Carlos Saúl Menem desguazara en los ’90, fue abandonada a su suerte. En esas condiciones plantarse como crítico implacable, como fiscal de la república, puede funcionar discursivamente en el Parlamento, pero muy difícilmente modifique las líneas de fuerza previamente construidas. Entonces, la réplica chicanera queda en la punta de los dedos y reza así: ustedes forman parte de la máquina de impedir, dan argumentos que sólo sirven en definitiva para justificar que los ferrocarriles sigan igual, en lugar de apuntalar una nueva política de Estado.
Ese es el punto, si aceptaran situarse a la izquierda del gobierno sin romper con el sistema, terminan «colaborando» con el gobierno, y como de ningún modo se proponen tal cosa, no les queda más camino que confluir con Mauricio Macri. Ese es cuarto elemento.
La idea de que el PRO forme parte de una corriente progresista, más allá de los pastiches inverosímiles de Jaime Duran Barba, no cala. Claro que si calara, el grueso del electorado que se alinea tras la mancha amarilla emprendería apresurada fuga.(…) Entre gentes tan amantes de la coloratura de los ’90, Cristina goza de elevado predicamento.
Dicho con escandalosa simplicidad, se trata de que el modelo funcione, que no estalle, pero que los «valores del propioculismo» sigan intocados. Y es esa curiosa mélange, que depende de tantas variables que ningún gobierno controla, hegemoniza lo que con cínica exactitud podemos denominar la «cultura política nacional». Y en cultura tan cerril el «incidente» de La Bombonera cobra toda su dramática dimensión, ya que el resultado justifica cualquier cosa.

*Infonews

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