Llegando a la ciudad de las luces

Por Javier Arias
[email protected]

Los Lampeduzza, después de que Atilio cobrara una vieja indemnización, salieron de viaje a Estados Unidos. Así que, junto a su esposa Carmen y sus dos hijos, Albina de 17 años, a la que le dicen Blanquita, y Ramirito, de 7 años, ya pasaron por Orlando, Miami, San Diego, Los Ángeles y acaban de dejar San Francisco. El avión acaba de llegar a Nueva York.

Se habían despertado a las cuatro de la mañana en San Francisco y Ramiro había decidido que combatiría el jet lag a fuerza de berrinches. A punto de llegar a destino, Atilio estaba seguro que decir que el viaje había sido una tortura era una falta de respeto histórica a la Santa Inquisición.
Cuando el avión finalmente se detuvo y se apagó la luz del cinturón de seguridad, se levantó y comenzó a bajar los bolsos del portaequipaje sin decir una palabra. Carmen lo ayudó también en silencio. Albina abrió un ojo, estiró el brazo izquierdo, y desperezándose preguntó: «¿Ya llegamos?». Las caras de sus padres alcanzaron para terminar de despertar.
Comenzaron a caminar hacia la puerta, dos azafatas y el capitán saludaban a cada uno que pasaba con un sonriente «Goodbye and thank you», hasta que fue el turno de los Lampeduzza, una de las azafatas de repente tuvo un ataque de tos, la otra se agachó a levantar una basurita del piso y el capitán se lo quedó mirando fijo a Atilio. A Carmen no le gustó nada esa mirada.
– No vamos a viajar de nuevo en esta aerolínea, ¿no Carmen?
– No, Atilio.
Suspiraron juntos y salieron del avión.
El hotel quedaba en pleno centro de Manhattan, y Carmen, haciendo cuentas de los días que quedaban y de lo que restaba de la indemnización decidió ir en subte en vez de tomar un taxi.
– A ver -dijo Carmen sosteniendo un mapita- Tenemos que tomar el Air Train hasta Jamaica, ahí enganchar el E y hacer combinación con el M que nos deja en la esquina del hotel.
Atilio la miró perplejo mientras con la mano tironeaba a Ramiro para que no agarre las revistas del negocio de al lado.
– Si vos lo decís… -Y encaró hacia el pasillo de la izquierda.
– Para acá, Atilio – Lo corrigió su esposa empujando un carrito lleno de valijas.
Con lo que no había contado Carmen fue que ese día era domingo, y los domingos los subtes de Nueva York cambian algunos de sus recorridos, como por ejemplo que la bendita línea M no pasa. Hecho del cual se enteraron en pleno andén de combinación con todas las valijas en la mano, una de ellas con tendencias elefantiásicas.
Dos horas después, con algunas nuevas anécdotas para contarle a sus nietos, entre las cuales se encontraba una pelea a los gritos con un dominicano en un ascensor de la estación Times Square, por fin lograron llegar al hotel y dejar las valijas.
Ya libres del peso del equipaje, salieron a caminar por la Quinta Avenida. A pesar del nefasto viaje y del peor trayecto en subte, todos respiraron profundo el aire fresco de la ciudad y sonrieron, al fin de cuentas era la primera vez que pisaban Nueva York y tenían tres días para conocerla.
Caminaron hasta el Bryant Park, donde los chicos patinaban en la pista de hielo, después fueron hasta Broadway y se sorprendieron con las luces y los teatros, se sacaron fotos en la escalinata roja, escaparon de los tipos disfrazados de superhérores, entraron a comprar chocolates al negocio de M&M y, casi sin querer, o eso es lo que logró hacerle creer Atilio a Carmen, terminaron cenando en el restaurante Hooters, ese donde las chicas tienen musculosas blancas y pantaloncitos naranja.
De vuelta en el hotel le preguntaron al conserje, antes de ir hacia la habitación, cuál era el pronóstico del clima para mañana. A Atilio le preocupó un poco la cara del morocho.
– ¿Entendí mal o dijo algo de bajo cero?
– Sí, papá, pero no dijo algo, dijo mucho bajo cero.
– Están locos estos tipos.

(Continuará)

ÚLTIMAS NOTICIAS