Las cosas que revolucionan

uñas 2Que la política espere un poco esta vez. En siete días Dios creó la belleza del universo y nosotros –perdón, no siempre, sólo a veces lo pienso así–, en la misma cantidad de tiempo podemos construir algo parecido a una ciénaga.
Que Scioli o Macri. Que Scioli o Randazzo. Que el massismo estalla por los aires. Que otra vez recusaron a la fiscal Fein. Que Nisman se suicidó. Que los buitres embargaron las cuentas de la embajada en Francia. Que la cadena nacional sería el problema y no la falta de adecuación del Grupo Clarín. Dentro de una semana, es muy probable, los periodistas vamos a seguir teniendo la misma agenda y hablando, con algunas leves variaciones, con más o menos precisión, de las mismas cosas. Por eso, para no quedar preso de las obviedades, loo que sigue, entonces, es un texto puramente personal y catártico. Quien quiera leer, que lea. Los demás están justificamente exceptuados.
“Me enteré que iba a ser padre por tercera vez el 24 de marzo de 2004. (…)El brillo en los ojos de ella. La redondez de las formas. La ralentización del tiempo. El dulzor de los besos. Mi impulso a protegerla y a llenar la alacena. Es algo que se siente, simplemente. Mientras llorábamos abrazados como dos osos panda por la noticia, la tele devolvía la imagen de una multitud rugiente frente a la ESMA. Cada vez se juntaba más gente. La felicidad entre lo privado y lo público se confundieron aquel día inolvidable.
Estábamos a 20 cuadras. Felices por la vida que latía en nuestras panzas. Conmovidos porque el presidente había bajado el cuadro de Videla del Colegio Militar. Conmovidos por nuestra propia noticia. Y no lo dudamos: allá fuimos. No queríamos perdernos nada de lo que pasaba en Núñez. Había que festejar la vida y la vida, aquel día, entraba definitivamente, radiante y compulsivamente, en un centro que había sido sinónimo del exterminio que marcó toda nuestra niñez y adolescencia, como mochila concreta del horror y como verdad fantasmal inapelable que acompañaba todas nuestras acciones cotidianas y las de nuestras familias.

Por Roberto Caballero*

Nuestra generación, la de los que nacimos en los primeros años de la década del ’70, éramos parias de esa historia trágica. No fuimos víctimas directas, pero asumimos el Nunca Más como legado irrenunciable, cuestionando la pasividad cómplice de un sector de la sociedad frente a los hechos. Nos asomamos a las secuelas del horror por el Diario de las Madres, el Juicio a las Juntas del alfonsinismo y los levantamientos carapintadas. Nuestra adolescencia la vivimos bajo presidencias que defraudaron nuestra primera gran ilusión democrática con el Punto Final, la Obediencia Debida y el Indulto. Algunos, como Alfonsín, porque no pudieron. Otros, como Menem y De la Rúa, porque directamente no quisieron y trabajaron para el triunfo del olvido.
Ver aquel día a Néstor Kirchner ordenando a un general que bajara los cuadros fue nuestro tardío ingreso a una realidad política que por primera vez nos tenía en cuenta. Su discurso, pidiendo perdón en nombre del Estado Nacional por los crímenes de la dictadura cívico-militar, para nuestra generación, una generación que había crecido huérfana de liderazgos, completamente a la deriva, fue como el recitado del Preámbulo que hacía Alfonsín en los actos del ’83. Una convocatoria a creer en algo.
Recuerdo que llegamos a la ESMA cuando terminaba de hablar Juan Cabandié, nacido en cautiverio. Había decenas de miles de personas envueltas en un clima de cambio de época. Setentistas como el presidente y su esposa, y miles y miles de pibes, como nosotros en aquel momento, que vivíamos la escena como el asalto al Cielo.
Fue raro, lo admito. Si la impunidad nos había marginado de la política, el neoliberalismo nos había retornado definitivamente a nuestras casas, a vivir una especie de resistencia cultural que manifestábamos cada tanto en la ronda de las Madres, en las movilizaciones del 24, en alguna Marcha Federal del MTA, en las tomas de empresas para defender los puestos laborales. El Estado no provocaba nada. O, mejor dicho, nada bueno. Rechazo, seguro. Y la política, sólo un regusto amargo. Todavía estaba fresco el 2001. El estallido. La represión. El trueque. La hiperdesocupación. La subordinación carnal al Consenso de Washington y al FMI. Un país donde nadie quería ser presidente, con más de la mitad de la población en la pobreza o la indigencia. Claro que teníamos motivos para descreer de todo.
Pero Néstor Kirchner dijo las palabras justas para arrancarnos del inmovilismo y la decepción. Con sus gestos nos devolvió el sentido básico de las cosas. Dos años antes, con mi mujer estábamos pensando en irnos del país. Fue después, recuerdo, de un discurso horrible de Ricardo López Murphy, en el que anunciaba un recorte al presupuesto educativo y un plan de austeridad que, traducido, era un ajuste salvaje. ¿Quién quería vivir en un país así? No sé por qué nos quedamos. Sólo sé que cuando Kirchner habló en la ESMA comprendimos que la pequeña llamita de esperanza que alimentábamos terminó encendiendo a millones iguales a nosotros.
Todo esto ocurrió en marzo del 2004. Sin embargo, al comienzo de la columna hablé de las emociones de esta semana de mayo. Y es porque Cristina Kirchner eligió volver a la ESMA once años después de aquel 24. La edad que va a cumplir mi hijo Agustín –que por entonces era una amada semilla de vida–, una semana antes de que la presidenta termine su segundo mandato.
Néstor hoy no está. Cristina volvió sin él a la ESMA, pero no sola. Más precisamente, volvió al edificio del Casino de Oficiales. Por allí pasaron más de 5000 detenidos desaparecidos. Fue allí que se los torturó. Fue allí que se los condenó a muerte. Fue allí que se decidió arrojarlos al río. La vez anterior, en 2004, el acto tuvo que hacerse afuera, en la calle. En esta oportunidad, la conmemoración fue en el corazón del campo de exterminio. Una proeza del Estado democrático frente al horror del Terrorismo de Estado. (…) Como en tantas otras cosas, Cristina Kirchner fue extremadamente audaz en esto. Tanto como su marido en 2004. Antes, esta misma historia estaba bajo la única custodia de los sobrevivientes y los familiares de las víctimas. Era lógico. Ningún gobierno se había hecho cargo de ellas. Con el impulso a las políticas de Memoria, Verdad y Justicia, el Estado la toma en sus manos. Las institucionaliza. Las rescata del pasado. Y las convierte en memoria, ese combustible del presente y del futuro.
El Salón Dorado, final del recorrido, merece más que un comentario, pero mejor que cada uno de los visitantes haga su propia experiencia. Era donde se juntaba la plana mayor del campo para planificar los secuestros y decidir las desapariciones. Cuando se ingresa, no dice nada, pero en la que quizá sea la única intervención audiovisual que puede dejar sin aliento al visitante, aparecen los rostros de los oficiales que llevaron adelante la masacre y sus consecuencias. Es impresionante, lo mismo que adentrarse en la casa del jefe del campo, que recibía a las amigas del colegio de sus propias hijas a escasos metros de donde se torturaba con electricidad y se hacía parir a las embarazadas cautivas, mientras de fondo sonaba la canción alegre del Mundial ’78.
Sin embargo, escapándole a lo sórdido y lo truculento, no hay una sola picana expuesta, ni un golpe bajo, ni nada que pueda exacerbar las emociones más allá de la comprensión racional. Todo surge y queda en la cabeza del visitante para que se lo lleve cuando atraviese la puerta de salida.
Ojalá sean muchos. A la democracia argentina le llevó 32 años poder inaugurar un sitio así. Al kirchnerismo, once. No fue fácil. Hay una pregunta que incomoda, en lo que fue la sala de partos clandestina: «¿Cómo es posible que hayan nacido bebés acá?» A veces, un interrogante suelto, en un cartel ínfimo, ilumina todo. Son cinco segundos.
Quizá falte otro. Es una ocurrencia, no una crítica. Que está indirectamente enunciada en el primer video, el que se ve apenas uno traspasa la entrada, donde aparece la foto de la inauguración de Papel Prensa, pero no está en ningún otro lado de manera explícita. ¿Cómo es posible que haya pasado todo esto sin que los diarios hayan dicho nada?
¿Cómo fue posible?
Me lo pregunto y, aunque sé la respuesta, todavía no la puedo asimilar. Ahora tenemos Patria, una de verdad, una que no olvida. Qué alta dejan las vara los dos últimos presidentes de la democracia”. (…)
Hace 205º años se produjo una Revolución de Mayo, hace 12 años otra, de la llegada de Néstor Kirchner a la Casa Rosada. Por estas cosas, es una fiesta.

Fuente: * Infonews

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