De las rejas de Alcatraz al amor libre del Haight Ashbury
Por Javier Arias
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Los Lampeduzza, después de que Atilio cobrara una vieja indemnización, salieron de viaje a Estados Unidos. Así que, junto a su esposa Carmen y sus dos hijos, Albina de 17 años, a la que le dicen Blanquita, y Ramirito, de 7 años, ya pasaron por Orlando, Miami, San Diego y Los Ángeles. Ahora están en San Francisco y es tiempo de conocer la ciudad de las colinas.
Hoy se levantaron sabiendo que era el último día de San Francisco, ya mañana partirían para Nueva York.
– Arriba, vamos, hoy tenemos que sacarle viruta a los zapatos.
– ¿Sacarle qué a los zapatos?
– Nada, Albina, dejalo, tu padre se despertó en 1943, pero en serio apúrense que tenemos las entradas a Alcatraz a las 8 y media de la mañana.
– ¿A las ocho de la mañana? ¡Ustedes están locos! Es de noche ahí afuera, es peor que en la escuela, es como una cárcel.
– Justamente, Blanqui, justamente.
Y a pesar de los rezongos de Albina pudieron llegar a tiempo a embarcar al ferry que los llevó hasta el presidio más famoso del mundo, Alcatraz, la Roca, la prisión de Al Capone, la cárcel del infierno.
Al llegar esquivaron la charla motivacional de un guardaparques, en parte porque estaban ansiosos de entrar y en parte porque no le entendieron ni el saludo.
En el ingreso le dieron a cada uno aparatito con auriculares con la grabación, en castellano, afortunadamente, que relataba la historia del lugar y que los fue dirigiendo paso a paso por toda la cárcel.
– Albina, yo sé que es un momento difícil para vos, pero lo vas a tener que afrontar con entereza e hidalguía… -le empezó a decir Atilio a su hija, que lo miraba como se mira a un orangután que hace una gracia detrás de una reja- Pero todos tenemos que hacer sacrificios, Blanquita, todo sea por el bien común de la familia, pero vas a tener que extirparte tus auriculares y ponerte estos que te da el señor…
Albina se mordió el labio inferior, puso los ojos en blanco y sin contestarle, tomó el equipo que le daba el guarda y entró.
– Adolescentes… -le dijo Atilio al guarda, quien no le festejó el chiste.
A los minutos ya todos estaban inmersos en la voz cautivadora del locutor que les iba contando las terribles historias que se habían vivido entre esas paredes de ignominia. El sufrimiento de los presos, las rebeliones, los intentos de escape, las represiones, los asesinatos violentos y la sangre derramada en esos pisos… De repente, Carmen y Atilio se dieron cuenta y al mismo tiempo giraron buscando a Ramiro, que con siete años recién cumplidos, estaba escuchando lo mismo que ellos en sus pequeños auriculares. Ramiro estaba obnubilado con los ojos hechos un dos de oros mirando un hueco en la pared.
Los siguientes quince minutos se la pasaron explicándole los principios de la ley penal, desde el código de Hamurabbi hasta la fecha.
Recorrieron todos los pasillos, entraron a algunas celdas, pasearon por el famoso patio de cemento y se quedaron mirando el horizonte detrás de las gruesas rejas hasta que finalmente terminó la visita y volvieron en el ferry en silencio. Había sido una excursión movilizadora para todos.
Almorzaron en el puerto una última sopa de almejas y unos buñuelos de galletitas oreo que había descubierto Carmen en una de sus tantas investigaciones turístico culinarias y salieron en colectivo hacia el Haight Ashbury.
Y así pasaron de uno de los edificios más intimidantes y opresivos de la historia humana a las calles más hippies del mundo, cuna del Flower Power y de muchas de las ideas más revolucionarias de los últimos tiempos.
Caminaron y se maravillaron, disfrutaron los negocios y la gente, esquivaron habilmente los comercios dedicados a ciertas hierbas estimulantes (ya habian gastado las energías paternales en Alcatraz para encararle en ese momento a la educación responsable sobre las drogas y alucinógenos) y llegaron hasta el Golden Gate Park, un hermoso parque, con plantas, senderos y juegos, donde Ramiro se olvidó de las rejas y saltó entre los toboganes y las trepadoras.
A la noche se despidieron de San Francisco comiendo una muy americana hamburguesa en un muy americano dinner y se fueron a preparar las valijas.
Nueva York los esperaba para finalizar un viaje inolvidable.
(Continuará)