¡Quedate pegado, te digo!
Por Javier Arias
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Entre tantas cosas curiosas para contar en este mundo y sorprenderse, siempre tienen un lugarcito los inventos. Pero no los inventos estruendosos, esos que hacen eclosión en medio del desarrollo humano y tuercen a la fuerza el destino de millones. No hablo de, por ejemplo; el teléfono, que comunicó al mundo y que de por sí tiene toda una historia atrás entre los Bell y los Meucci, que otro día comentaremos. Tampoco hablo de la pólvora, de la mano de Nobel, y que, según dicen, acabó con los valientes. No, hoy les quería acercar la historia, curiosa por cierto, sino para qué estamos en esta columna, de un invento mucho más humilde, pero que revolucionó una pequeña parte de nuestra vida, chiquita, pero no por eso menos importante, qué tanto.
Art Fry era un buen muchacho de Minessota que trabajaba de ingeniero en la empresa 3M y los sábados cantaba en el coro de su iglesia presbiteriana. Allá por el año 1979, Art llegó un sábado a la iglesia y apoyó en el atril su libro de himnos. Libro que tenía lleno de papelitos, a modo de señaladores, indicando los diferentes himnos que iban a cantar ese día. Pero el destino es caprichoso y si bien todos los demás integrantes del coro consiguieron retener sus señaladores y pasar de himno a himno sin problemas, con Art no fue tan piadoso y una artera brisa, que se escapó entre las gradas, hizo que los papelitos volaran rumbo al atrio y dejaran a Art totalmente despistado entre un do de pecho y un mutis por el foro. En este momento, los historiadores toman caminos entrecruzados, hay quienes aseguran que Fry enmudeció de golpe y en el acto trató de buscar una solución a su problema, pero también tenemos a los que afirman que a voz en cuello, en medio del sermón, gritó: “¿en qué página era que estaba lo que nos toca cantar ahora?”. Aunque a estos últimos creo, les falta rigor académico.
Pero volviendo al pobre Art Fry, lo cierto es que luego del infausto episodio volvió a su trabajo pensando cómo solucionar el problema; la solución perfecta sería algún tipo de señalador que desafiara a las más potentes brisas eclesiásticas y se adhiriera a las páginas del libro de himnos, pero a la vez no dejara marcas al retirarlo el día que cambiaran de repertorio. Y no era tan simple, no señor.
El lunes, ya de vuelta en los laboratorios, recordó cierto pegamento que había descubierto otro investigador de 3M, el doctor Spence Silver. Silver, mientras investigaba las maneras de mejorar el adhesivo acrílico que la empresa usaba en la mayoría de sus cintas, había inventado un adhesivo inusual que formaba solito pequeñas esferas con el diámetro de una fibra de papel. Las esferas no se podían disolver, ni mezclar, eran muy adhesivas individualmente, y sólo hacían contacto de manera intermitente. O sea, pegaban firmemente, pero en forma temporal, en otras palabras, no servían para nada. Para nada no, pensó, Fry, y fue corriendo al cajón de los descartes para embadurnar sus papelitos con esta sustancia y, en ese segundo de inspiración, inventó lo que hoy conocemos como “Post it”, esos papelitos de colores con un pegamento en la parte de atrás y que llenan los monitores de cualquier oficina que se precie de tal.
Pero no todo fue tan sencillo para Art, que con las notitas corrió descontrolado a la oficina de marketing de 3M al grito de “¡me hice rico, me hice rico!” Los departamentos de Ingeniería y Producción lo pararon con un gélido “dejá de gritar y mostranos eso que tenés en la mano”, para finalmente declarar omniosamente que esos papelitos tendrían muchas dificultades para su elaboración y crearían mucho desperdicio. Pero Fry no se iba a quedar callado, que ya bastante silencio conocía en las tardes de sábado en su iglesia cuando no sabía qué nota entonar, y les respondió con más personalidad que lógica: “¡Realmente ésta es una excelente noticia! Si fuera fácil, entonces cualquiera podría hacerlo. Si realmente es un problema, entonces 3M será la compañía que podrá lograrlo”. ¡Chupate esa mandarina! Andá a decirle que no ahora. Y no le dijeron que no, se manducaron su orgullo y comenzaron a producir los famosos Post-it.
Y aunque nadie daba un centavo por el nuevo invento de Art, el resultado es historia. En 1981, un año después de su lanzamiento, las notas Post-it se transformaron en el “Nuevo producto Excepcional de 3M”, que vaya uno a saber qué significa pero suena a algo muy bueno, che. Pero lo que es seguro es que hoy en día estos papelitos autopegantes se conocen en todo el mundo, hasta mi tía Carmela tiene de esos en la heladera para no olvidarse de tomar la pastilla verde a las 7 y la amarilla a las 16.
En 1985, 3M aplicó el invento de Art a los pañales, para que las tiras de éstos pudiesen ser pegadas y despegadas varias veces y en la actualidad, las Post-it se pueden conseguir en 27 tamaños diferentes, 56 formas y 50 colores en más de cien países.
Lo que no se sabe es si efectivamente Art Fry se hizo rico, aunque lo que sí podemos asegurar es que salvó su carrera en el coro de la iglesia.
Fuentes:http://www.publicasonline.com y http://www.3m.com