Dígamelo en latín
Por Javier Arias
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Hace dos horas que estamos viendo, al tiempo que nos mordemos concienzudamente las uñas, una película que nos ha tenido con los pelos de punta desde el primer minuto. Todo parece que decantará en un final apoteótico, y presenciaremos como ese hatajo de pequeños héroes volarán por los aires en manos del perspicaz malvado, quien ha tenido mayor dedicación, voluntad y perseverancia a la hora de aniquilar a sus enemigos. Faltan apenas unos minutos de cinta, no porque lo sepamos a ciencia cierta -desde la llegada de los malditos DVD eso es imposible, uno nunca sabe por dónde andará ni cuánto resta, ¿usted, amigo lector, no añora los entrañables videocassettes como yo?- sino que uno lo intuye porque ya no da para más la trama, o se mueren o se mueren estos archibuenos muchachos. Que si bien han hecho algunas cosas para sobrevivir hasta ese punto de ninguna manera merecen el triunfo final. No señor, por fin estamos frente a una película cojonuda, que está por poner lo que hay que poner y le dará la victoria final a ese ser siniestro y maléfico que lleva como ciento veinte minutos componiendo el mejor camino para llevarse las palmas definitivamente.
Y en ese momento, justo en ese momento donde su última risa será la mejor aparece una nave extraterrestre, un demonio extraído de un frasco, un robot construido con rulemanes viejos, un perro resucitado con efluvios de poxiran, o lo que se le haya ocurrido en una noche de desvelo al director de ocasión y mata a nuestro malvado, injustamente, y nuevamente, derrotado bajo las garras de la inoperancia creativa.
¿Hasta cuándo seguiremos sufriendo a estos mediocres guionistas que película a película, libro a libro, van haciendo mella a nuestra confianza y nuestros deseos de un buen final atroz? Aunque tal vez la pregunta no sea “hasta cuándo”, sino, más bien, “desde cuándo”. Porque, aunque usted no lo crea, atento lector esta debacle creativa no es nueva ni mucho menos. Como muchas cosas de nuestra vida, la venimos arrastrando ni más ni menos que de los mismos griegos. Y así como a muchos de nuestros problemas le ponemos títulos latinos, este es otro caso de nuestra herencia helénica y por eso, cuando un autor nos asalta con un final abrupto, una resolución imposible o un recurso caído del cielo decimos que es un “Deus ex machina”, que en latín significa “dios surgido de la máquina”, que es la traducción de la expresión griega -y agarrate Catalina para leerlo- “απò μηχανῆς θεóς” (apò mēchanḗs theós)” y dicen que se origina en el teatro griego y romano, cuando una grúa (o sea, una machina) introduce una deidad (deus) proveniente de fuera del escenario para resolver una situación.
Pero las frases latinas no se agotan con los finales berretas de las películas de fantasía, nos rodean vayamos por donde vayamos, y si uno no ha cursado la facultad de derecho ni de letras se las ve negras a la hora de entender a estos tipos que se la pasan hablando en lenguas muertas, ¡que por algo están muertas, señor!
Y si usted, fiel lector, es como este servidor, que apenas balbucea el castellano como para andar tratando de conjugar en la lengua de Empédocles, vaya aquí una pequeña lista de las más usadas:
A posteriori y a priori, estas son bien fáciles, quieren decir “a posterioridad”, o sea, “después de” y “con anterioridad”, o sea “antes de”.
Ad hoc, que está hecho para un fin determinado, que no es algo improvisado.
Bona fide, no, no es la cafetería, significa “de buena fe”.
Cogito, ergo sum. Si en algún momento pensó cualquier cosa desde ya lo contradigo, sólo significa “pienso, luego existo”.
Dura lex sed lex no tiene nada, pero nada que ver con la sed ni con las bebidas gaseosas, significa en la lengua de Cervantes “dura es la ley, pero es ley”.
Alea jacta est es una frase, según los historiadores, que pronunció el gran Julio César queriendo decir que la suerte estaba echada y ya sólo quedaba esperar el transcurso de los acontecimientos.
Y, para terminar, otra del César, vini, vidi, vici, que según mi memoria significa algo así como “vine, vi y vencí”, pero, la verdad, hace mucho que no leo Asterix.
Ah! Y Res non verba! Que aunque no signifique que las vacas no hablan, no descarta que los burros no escriban, ¿no?