Sapoman vs Faceman – Parte 1
Por Carlos Alberto Nacher
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Deprisa se levantó Faceman de la cama aquella mañana de mayo de 2014. Como de costumbre, había tenido aquel sueño recurrente, aquella leve pesadilla que se le manifestaba casi siempre momentos antes de despertarse: soñaba que estaba corriendo en el interior de un bosque iluminado por sectores de sol que se filtraban entre las hojas y, ensimismado en la observación estos puntos luminosos en el suelo, de repente golpeaba de lleno con su rostro, principalmente su nariz, contra el tronco de un ombú un poco inclinado hacia un lado, quizá el izquierdo.
El sueño ya no lo perturbaba en absoluto, la costumbre de despertarse de golpe había vencido al estupor y el miedo. Más bien le servía de reloj despertador, y al sueño podía haberle atribuido la virtud de no haber llegado nunca tarde a un lugar probable ni de haberse nunca quedado dormido.
Se levantó, se midió el nivel de azúcar en la sangre (ese día era de 128), se vistió y bajó a la cocina.
Allí tenía colgado un espejo en sentido apaisado, en el cual había adquirido la costumbre de mirarse cada vez que pasaba por enfrente. Si hubiera ido a un psiquiatra, seguramente le habrían diagnosticado Trastorno Obsesivo Compulsivo. Pero Sapoman estaba convencido que no era tal el caso: en verdad, se miraba al espejo para cerciorarse que su cara de sapo seguía tan vigente como en su infancia y adolescencia. Los ojos extremadamente saltones daban la sensación de que en cualquier momento saldrían volando de sus órbitas explotando como dos granadas de mano; sus labios gruesos, deformes, imposibles de besar para cualquier mujer sin cerrar los ojos y emitir una sutil mueca de desagrado, como cuando lo había besado Lucy para ganar una apuesta, hacía más de veinte años; sus orejas estiradas y dobladas como un peleador de la UFC y su papada fláccida que se movía incluso hasta cuando tragaba saliva o masticaba moviendo la mandíbula a un lado y otro para quitar un resto de comida de las comisuras de los dientes.
De niño le gritaban “cara de sapo” y no le dolía eso tanto como haberla descubierto a su madre llorar en silencio, en un rincón de la cocina apenas iluminado, padeciendo aquel defecto irreparable de su hijo. Sufría mucho por él mismo, pero mucho más al percibir que su fealdad afectaba también a otros, a otras personas que hubieran querido amarlo, pero es muy difícil amar a un sapo gigante.
Y su cara, horrible, tempranamente le advertía de su destino trágico.
Alguna vez se propuso convertirse por completo en reptil, hacerse tatuajes que representasen escamas y a la vez escamarse la piel con costuras y perforaciones hasta emular a esos monstruos reptiloides de las películas clase C de los años 50. Pero nunca se animó del todo. El no era un sapo hecho y derecho, no era un reptil. Era un hombre-sapo, y no quería ni debía cambiar esa condición que la naturaleza le había dado. ¿Era un destino trágico en verdad? ¿O podría, quizá, capitalizar toda esa imagen negativa y convertirla en una virtud? En definitiva, agobiado por la desgracia, se sentía un auténtico héroe al no perder la esperanza de cambiarlo todo a su favor, de utilizar aquella fuerza destructiva en su contra, en una fortaleza a favor.
Todos estos pensamientos se diluían luego frente al espejo de la cocina: era muy feo.
Era feo, pero al mirarlo su fealdad se manifestaba desgraciadamente en la inmediata asociación con el rostro de un sapo, de un sapo grande de alguna laguna húmeda y calurosa, muy bien alimentado con insectos de todo tipo. De allí su apodo, que lo acompañó desde su más lejana infancia, que lo torturó encada día de clase, en cada encuentro de fútbol en la plaza, en cada reunión familiar, en cada cumpleaños, en cada salida nocturna: el Sapo Mastronicola.
Continuará…