Sobre Llovido, Mojado
Por: Dra.Patricia Chambón de Asencio
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Que la realidad depende del ojo con que se mire…ya nadie lo duda.
En estos días ya nos es familiar este concepto y se nos hace mucho más accesible comprender que los acontecimientos en nuestras vidas se organizan de acuerdo al estado emocional y mental en el que estamos.
Resulta fácil ver la relación que existe entre lo que nos sucede y nuestro estado de ánimo previo. Es frecuente ver, en esos días en que estamos agobiados por problemas, que los sucesos nos lleven a repetir el consabido dicho “¡sobre llovido mojado!”. Así es, pareciera una broma cruel del destino que sucedan esos percances justo en el peor momento. Sin embargo no es broma ni es castigo, simplemente es un fenómeno físico. Si pudiéramos ver en cámara lenta las acciones que anteceden a un accidente, o al extravío de algo valioso, o incluso al hurto de alguna pertenencia. Podríamos ver cómo existen actitudes en nosotros que van marcando el camino a seguir.
Así lo pude comprobar cierta vez que me hurtaron la cartera en una confitería y el personal de vigilancia me mostró la grabación en la cámara del local. Allí me pude ver. Me vi entrando a la confitería, hablando con una amiga, sin observar mi entorno, tanto que casi me llevo por delante a una mujer que se cruzó en mi camino. Me senté mirando al ventanal mientras seguía hablando muy concentrada en el tema y colgué mi cartera en el respaldo de la silla. Mi amiga, al igual que yo, se veía en la grabación totalmente abstraída del entorno, sólo nos interesaba nuestra charla. La mujer que se había cruzado en mi camino se sentó a mis espaldas. Cuando apareció el camarero a tomar nuestro pedido, la mujer de la mesa de atrás se levantó y salió. En ese momento detuvieron la cinta para que yo pudiese observar claramente que en el respaldo de la silla la cartera ya no estaba. Mientras tanto yo seguía charlando muy concentrada en el tema sin registrar nada de lo que había sucedido. Sólo varios minutos después, cuando pedimos la cuenta, noté que mi cartera ya no estaba.
Fue muy esclarecedor para mí poder “verme” actuando. Lo que vi, me dejó una idea clara de por qué algunas personas sufren este tipo de percances más frecuentemente que otras. La mujer que se cruzó en mi camino, en un instante, instintivamente, como la fiera que huele la presa, percibió mi estado de des-atención. Me “marcó” y luego se sentó a acechar. Yo actué tal cual lo hace la “presa distraída”, sin darme cuenta del entorno. Al ver nuevamente la escena sentí enojo por la situación. Sentí enojo con la mujer que me hurtó y conmigo misma por mi comportamiento distraído. Recordé entonces cuál era el tema que nos tenía tan abstraídas a mi amiga y a mí: estábamos hablando de experiencias en las que ambas nos habíamos sentido “estafadas” en diferentes circunstancias. Al recordar la conversación y nuestro estado emocional de ese momento, comprendí todo. Mi enojo se disolvió y sólo quedó una sensación de crudo asombro mientras en mi cabeza escuchaba el simbólico tintineo de las “fichas” que me caían en cascada…
Me fui de aquel lugar agradeciendo al personal de vigilancia que me había posibilitado “verme” en la grabación y al Universo, que en ese simple episodio, sin que mediara retórica alguna me mostraba el “juego” de la vida. Comprendí que en este mundo las cosas suceden en relación a otros, al entorno, a nuestro estado emocional, a nuestros pensamientos.
Nada sucede sin que antes haya mediado una situación “predisponente”. Justamente en esa “predisposición” es en dónde adquiere fundamental importancia nuestra actitud. Es muy diferente la respuesta a cualquier estímulo del entorno de una persona atenta, centrada y consciente de lo que está haciendo, a la reacción de otra que esté distraída por sus pensamientos o envuelta en emociones turbulentas que inevitablemente la “sacan” de su centro, la desequilibran.
Sin duda alguna, la predisposición a ser víctima de un accidente o de una enfermedad se gesta en ese estado previo de no-conciencia. Justamente, la predisposición es el terreno que permite que “algo” se produzca o no. Seguramente miles de ejemplos acuden a la mente del lector en este momento. Todos tenemos experiencia en este tipo de sucesos. Todos alguna vez hemos dado exitosamente un examen, nos hemos enfermado, hemos ganado una competencia o hemos tenido un accidente. Y en cada una de estas experiencias claramente hemos podido ver nuestra “predisposición” antes que sucediera el hecho.
En el equilibrio de nuestra salud podemos ver ejemplos claros de estos estados predisponentes. Nuestro cuerpo nos avisa, con algún malestar físico, cuando rompemos el equilibrio. Si pudiéramos ver en un registro fílmico nuestro comportamiento, veríamos claramente cómo aparecen los momentos de “no-conciencia” previos al exceso. Es en esos momentos donde nos entregamos a estados emocionales y creencias inconscientes que nos arrastran a situaciones de malestar, de las que luego nos lamentamos. Este es el “terreno predisponente” para que se manifieste posteriormente una terrible jaqueca o cualquier otro síntoma, que nos avisa del desequilibrio en el que hemos incurrido.
Estar bien predispuestos a enfrentar cualquier situación en la vida implica estar atentos a las señales de nuestro cuerpo, centrados, observando el entorno y a nosotros mismos. Esto de ninguna manera se acompaña de estados emocionales avasalladores o pensamientos discursivos. Tampoco de estados pasivos o aletargados. Justamente, estar atentos implica estar conscientes aquí y ahora de lo que acontece. Esta es la clave para tener una buena predisposición y poder responder de la forma más armónica a lo que las circunstancias nos exigen. Esta es la clave para no ser arrastrados por las circunstancias. Cuando somos concientes dejamos de jugar a ser víctimas o victimarios. Simplemente somos y hacemos lo que tenemos que hacer, en ese preciso momento.