A propósito del mundial 2014: Sueño con pelotas

Por Carlos Alberto Nacher
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Voy a contar esto que me pasó días atrás, una tarde de no sé qué mes, pero el año andaba cerca. La tarde estaba calurosa, y sólo y nada más que sólo por aquel calor redundante, agregado a este hecho el hecho de que se me había quemado el ventilador de pie instantes antes nomás, no tuve otra alternativa para combatir la pesadez del mediodía sofocante, que tomarme tres o cuatro Gancias con limón y apenas una pizca de soda (con esta crisis no podemos andar gastando soda así nomás).
Consumado el hecho, y consumido el Gancia, tenía luego dos opciones para aquella tarde incipiente: dormir la siesta o la siesta dormir. Dada la continua duda que me asalta en momentos como éste, no podía optar por ninguna de las dos, por lo que decidí ir a acostarme un rato mientras pensaba qué hacer.
Entonces, sin motivo aparente, me dormí. La mente comenzó a llevarme por cavernas en penumbras, por los infinitos pasillos del sueño, con innumerables puertas a los costados, puertas entreabiertas de donde fluyen murmullos indescifrables. Pasillos larguísimos y puertas de madera como se ven en algunas oficinas públicas. Sin mirar, entré de lleno en uno de los cuartos, y ahí lo veo a Federico, con remera y pantalón corto, que me informa que mientras estaba jugando a la pelota en la fracción de calle contigua a mi domicilio, realizando tiros de práctica de media distancia al portón de chapa del vecino, se le había «colgado» dicha pelota en un árbol aledaño, a la sazón alto. Lo miré preocupado, el problema no era poco.
Fuimos juntos hacia el lugar del hecho y entonces lo vi: era un árbol altísimo, y su enramada albergaba cientos de pelotas de cuero blancas, como la de Federico. Comencé a trepar, desesperado, metro tras metro, por el tronco antiguo de aquel olmo gigante. Cada metro ganado era un desgarro más del pantalón, una mancha más en la camisa, pero no me importaba, tenía que alcanzar la copa. Cuanto más subía, más lejos parecían estar las pelotas.
Eran cientos, miles de pelotas nuevas y recién infladas. De repente, estaba a un estirón de mano de la primera rama. Agotado, pero con la fuerza de espíritu que da la ansiedad, trepé un poco más y alcancé aquella rama primera. Me aferré a ella, sin tener en cuenta que la estaba sometiendo a una carga de varios kilos producto del sobrepeso que últimamente me caracteriza. La fuerza de gravedad aplicada al peso corpóreo de mi, en relación con el volumen que pendía de la rama, hizo que la misma se quebrara. Y entonces caí al vacío. Caí y caí, y Federico apenas se veía allá abajo.
En ese momento me desperté, completamente angustiado, empapado en transpiración y en medio de fuertes latidos corazóneos.
Traté de calmarme, en aquella pesadilla había perdido a todas las pelotas.
Fui al baño, me lavé la cara y silenciosamente me acerqué a la cocina (se olía mate amargo). Allí estaba Federico, haciendo lo más tranquilo la tarea de la escuela. Creo que tenía que resolver algunas cuentas de dividir de tres cifras, además de buscar información acerca de los ecosistemas que se forman en pantanos y lagunas. Le espeté, a boca de jarrón: «¡Fede!, ¿¡Dónde está la pelota!?». «No sé, pa». Respondió sin levantar la vista de la carpeta. «Cómo no sé, cómo no sé» dije, y salí disparado al patio del fondo.
Estos pibes nunca saben dónde dejan las cosas importantes. Hay que andar todo el día buscando las cosas de las que ellos, sí, sólo ellos, son responsables. Desesperado, comprobé que en el patio no estaba la número 5.
Atravesé como una flecha la cocina, salí a la calle y me dispuse a revisar uno por uno a todos los árboles de la cuadra y alrededores. Investigué cada olmo, cada rama de cada olmo, cada raíz de cada olmo, y nada. Como loco me arrojé debajo de cada auto estacionado… y nada. No estaba. Salté el paredón del baldío de la esquina, revolví todos los yuyos, y nada. A lo lejos, sentía el rumor de quién sabe cuántos partidos de fútbol, y eso me angustiaba aún más. Pero la pelota no aparecía. Salí del baldío, agotado, saltando de nuevo la pared de ladrillos grises, y al caer en la vereda, justo llegaba Laura, que venía del supermercado. «¿Qué estás haciendo? ¿Se puede saber?». «Mirá, no creo que puedas ayudarme en estos momentos, esto es cosa de hombres. Lo que pasa es que tu hijo perdió la pelota ¡y no sé en qué árbol!». «Pero no, la pelota está debajo de la cama de Fede, la dejó allá hace un rato, cuando lo mandé a hacer los deberes».
La dejé a Laura allí, con las varias bolsas de comestibles y artículos de limpieza, y corrí. Corrí sin pensar hasta la habitación de Federico. Desde la puerta me zambullí debajo de la cama… y allí estaba. Era la pelota, hermosa, hermosa y redonda, como la luna. La tomé entre mis brazos, la besé, acaricié cada uno de sus gajos y volví con ella a la cocina.
Todavía estaba allí Federico, como si nada, completando los datos de los ecosistemas en pantanos y lagunas y revisando los resultados de las divisiones.
Ahí me enojé y le dije con tono autoritario:
«Pero usted qué se cree, que a los nueve años va a andar haciendo todo el día los deberes, en lugar de estar practicando balompié como corresponde.
Ya mismo me guarda todos los útiles y se me va a la cancha del bosquecito y me practica tiro libre con comba al segundo palo y patada de sobrepique con tres dedos. He dicho».
Faltaba más. Estos pibes de hoy en día, ¡esta juventud sin remedio!
Encima, debo reconocer que Federico últimamente anda medio flojo. Me está estudiando mucho, mucha matemática, mucho castellano, mucha geografía, y después no me sueña, a usté le parece señora, el nene no me sueña. Le hace caso a la madre y hace la tarea del colegio y entonces no tiene tiempo y no me practica el fulbo.
Pero ya lo voy a agarrar, ya va a ver. Qué se cree, irresponsable, abráse visto.
Por la tardecita, me fui a ver al quinielero del barrio y le jugué al 56 en la nacional a la cabeza.
Gané 700 mangos.

Carlos Alberto Nacher
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