Las acacias – Parte I

Por Carlos Alberto Nacher
[email protected]

La otra tarde, mientras estaba por poner el agua para tomar unos mates, me vino a visitar el honorable Pipagua. Hacía tiempo que no nos encontrábamos, sin poder determinar exactamente la razón de ese largo desencuentro. Podría haber sido, casualidad, o imposibilidad, dadas las múltiples ocupaciones que ambos tenemos; o bien podría haber sido esquive voluntario. No importa, esa tarde el maestro se había tomado unos momentos para verme, y el cacique siempre es bienvenido cuando viene, y no solamente eso, también es bienvenido cuando no viene, aún cuando ni piensa en venir. Pero, fundamentalmente, es bienvenido cuando viene, y esa acción de venir de parte de él es suficiente y necesaria para que sea bienvenido.
«Cómo dice que le va, don Pipagua. Pase nomás, que estoy por poner el agua para tomar unos amargos. De más está decir, siéntase como en su casa.»
«Muchísimas gracias. Siempre es bueno sentirse como en la casa de uno. Y agrego algo más: mucho mejor que sentirse bien en la casa propia, es sentirse como en la casa propia estando en casa ajena. Ahora que lo menciona, se me ocurre que las propiedades no siempre son como uno se piensa. Mi tía tocaba el violín, por ejemplo, pero no por eso se sentía dueña del instrumento. O quizá si, pero ese era más bien un estado de ánimo antes de una propiedad material. Podría decir: este violín es mío porque me lo compré, o bien: este violín es mío porque lo toco yo. Observe que se trata de dos verdades, sin duda, pero con significados absolutamente distintos. ¿Quién es el dueño de la costa de un lago paradisíaco con arrayanes y flores silvestres? ¿el propietario de la tierra o el que lo pinta? ¿Quién es el dueño del amor de una mujer, el que la ama o el que es amado por ella? ¿O son necesarias ambas cosas? A veces me detengo a pensar por unos momentos, generalmente de 15 a 20 segundos antes de quedarme dormido, y me digo a mí mismo y a cualquier otro ser que sea yo mismo y que me quiera escuchar: podría ser que en este mundo seamos dueños de algo, o de nada o de todo. Si fuéramos dueños de algo, como parece que es, la consecuencia directa es que el reparto sería injusto, si fuéramos dueños de todo, la vida ya no tendría sentido. Si fuéramos dueños de nada, por ejemplo, no existiría el robo y se reduciría de manera notable la delincuencia. Me pregunto si soy dueño de mis pensamientos, o bien mis pensamientos son fragmentos de otros pensamientos de personas anteriores a mi, que sin querer me fueron influenciando para que yo piense, al menos en parte, como pensaban aquellas personas. Me pregunto si soy dueño de mis obras. De ser así, lo reconozco, son mis obras pero he plagiado a cientos de personas anteriores. En ese caso, el armado de fragmentos de otros son pequeños plagios que conducen a una obra original. Pero si no fuera dueño de mis obras, y nadie lo fuera, el plagio no existiría, ni los celos profesionales. ¿Se da cuenta?»
«Lo estaba escuchando, y caí en la cuenta de que aún no le he extendido ni un solo mate, que en apariencia es mío pero que, según mencioné al comienzo de la charla, se lo iba a ceder por unos momentos. Sin embargo, esperaré, no hay apuro. Por favor, continúe.»

Continuará…

ÚLTIMAS NOTICIAS