Tomando el té junto a Procusto

Por: Dra.Patricia Chambón de Asencio
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Disfrutaba el aroma de un té mientras miraba tras el cristal de la confitería el extenso horizonte sobre el plácido mar de Madryn, cuando llegaron a mis oídos trozos de una conversación que animadamente tenía un grupo de mujeres, en la mesa contigua. Una de ellas decía: “Fulanita sí que es rara, no se ha casado, no se le conoce novio y ya está en edad de tener hijos…”Los comentarios risueños y el intercambio superpuesto de las diferentes opiniones de todo el grupo no me permitió seguir escuchando. Pero las últimas palabras quedaron flotando en el aire junto con el aroma de mi té. Quedé pensando, reflexionando, sobre la frase que había escuchado.
“…ya está en edad de tener hijos” sonó como un deber biológico que toda mujer debería cumplir. Un mandato de la especie al que nadie puede sustraerse. Esta frase resonó en mí con el peso de una premisa medieval: “Las mujeres se casan para procrear o se hacen monjas, no hay otra alternativa.” Semejante frase no conciliaba con la apariencia externa de la joven que la había pronunciado. Al menos su ropa, su corte de pelo y sus zapatos estaban alineados con la última moda. Sin embargo detrás de ese rostro juvenil surgía con toda la fuerza un juicio de características patriarcales medievales. Así no más, en pleno 2014 una chica moderna con su “smart phone” en mano, hacía semejante aseveración, con total liviandad sin darse siquiera cuenta de lo que estaba diciendo. Me maravillé de lo anacrónico de la situación. Qué incongruente era lo que veía con lo que oía! Lo que veía era siglo XXI y lo que escuchaba era medieval.
Resulta increíble confirmar una y otra vez cómo seguimos sosteniendo estructuras mentales, que ya no son útiles, sin darnos cuenta. Y lo que más increíble resulta es el sufrimiento que provocamos a otros y a nosotros mismos, por tratar de encajar en esas estructuras.
Esto me recuerda a un mito de la Antigua Grecia: Procusto, era un posadero, que tenía su casa en las colinas de Eleusis. Allí ofrecía hospedaje a los viajeros solitarios y los invitaba a descansar en una cama de hierro. Mientras el huésped dormía, Procusto lo amordazaba y ataba a la cama. Entonces si el viajero era más largo que la cama le cortaba las partes que sobresalían. Si por el contrario era de menor longitud, lo estiraba hasta “ajustarlo” a la longitud del lecho. Para Procusto las personas tenían que amoldarse al tamaño de la cama y no la cama estar al servicio de las personas. Procusto continuó con su posada de terror hasta que se encontró con el héroe Teseo, quien invirtió el juego, desafiándolo a comprobar si su cuerpo encajaba en el tamaño de la cama. Allí Teseo procedió a “ajustarlo”, como antes el posadero lo había hecho con sus huéspedes y ese fue el fin de Procusto.
Este antiguo y escabroso relato nos recuerda como los hombres nos sometemos, o somos sometidos, a los “moldes” mentales que constituyen las creencias que inconscientemente rigen nuestras vidas.
Una vez y otra vez caemos en la trampa de tratar de encajar en el molde por donde todos pasan. Sin darnos cuenta que todos somos diferentes y que está bien que así sea, porque en la diversidad está el perfeccionamiento de la evolución.
Este sometimiento al “molde”, infligido sin darnos cuenta, surge cada vez que no somos auténticos.
Cada vez que no somos sinceros con nosotros mismos y con lo que elegimos como forma de vida, nos estamos mutilando para entrar en el “molde” de una idea.
Nos sometemos a estas creencias y les rendimos tributo, porque si no lo hacemos, sentimos que estamos en falta.
Obviamente…ser auténtico da miedo. Porque si lo somos, corremos el riesgo de ser diferentes, de no “encajar” y quedarnos fuera. Entonces sentimos que el problema está en nosotros…no en el molde!
Saber que somos diferentes y por serlo…seremos rechazados, es muy duro de sobrellevar. Por lo que la gran mayoría opta por encajar en el molde con tal de no quedar fuera.
Este es el gran temor que, para poder ser auténtico, hay que atravesar. El miedo a no ser aceptado, a no ser querido, a ser rechazado. El miedo al “que dirán”, a que nos juzguen, a que hablen de nosotros y nos cataloguen como “raros”. Este temor ancestral, disfrazado y maquillado de diferentes maneras es el que nos ha empujado a tomar decisiones no auténticas que nos han alejado cada vez más de lo que realmente deseábamos vivir.
Esas creencias incuestionables son las responsables de que nos mutilemos para adaptarnos a “moldes” y que nosotros mismos nos convirtamos en Procusto cumpliendo con tan macabra tradición.
Es interesante que cada uno pueda revisar que tipo de creencias son las organizadoras de su vida. Así lo sugieren en su clínica para pacientes oncológicos los doctores Stephanie y Carl Simonton quienes plasmaron 30 años de experiencia en su libro “Getting Well Again” titulado en español “Recuperar la Salud”. Ellos, junto a un prestigioso equipo de profesionales, han trabajado con personas que padecen diferentes tipos de cáncer encontrando una estrecha relación entre emociones, creencias y aparición de la enfermedad. Les resultó fácil detectar en la historia de estos pacientes la aparición de un hecho emocional contundente varios meses antes del diagnostico de la enfermedad. Estos hechos, los llevaron a investigar la relación existente entre emociones, creencias y enfermedad. Por lo que coincidieron en indicar a sus pacientes un cuestionario acerca de las creencias que sustentaban su escala de valores. Las preguntas que componen dicho cuestionario son: ¿Mis creencias se basan en hechos? ¿Protegen mi vida y mi salud? ¿Me ayudan a resolver mis conflictos más importantes? ¿Me ayudan a obtener mis metas a corto y largo plazo? ¿Me ayudan a ser feliz?
Saludable es saber que podemos hacernos estas preguntas, o las que sean necesarias, para confrontar nuestras creencias.
Cuando así lo hagamos estaremos poniendo a Procusto en su propio lecho.

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