Soledad – Parte II

Por Carlos Alberto Nacher
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Incluso se convertiría en una acción con fines egoístas, el fin de que se la conozca. Por otra parte, tampoco sería bien intencionada su actitud si llenaba las bolsas con basura propia. Con esto, lo que en un principio era un acto desinteresado se transformaría en la utilización arbitraria de las bolsas para beneficio propio.
Entonces salió a la calle.

Caminó y caminó alrededor de su cuadra. No encontraba basura, salvo unos pocos excrementos de perro en una de las esquinas. Pensó en arrancar plantas que de inmediato serían desperdicios, en sentarse a esperar más perros con necesidades fisiológicas, en gritar como los vendedores callejeros «Compro basura usada». Pero rápidamente desestimó todas estas posibilidades. En una de las pasadas por su casa, giró 90 grados en dirección a su puerta, que estaba allí, impidiendo el paso. La abrió y entró. Cortó en sentido vertical a todas las bolsas y luego las cosió, una por una, hasta obtener una gran bolsa de 3 metros de altura por dos de ancho.
Con delicadeza, llevó el bolsón artesanal hasta muy cerca del tramado de hierro receptor de bolsas de residuos más próximo a su domicilio, enclavado junto a un árbol. Se subió al mismo y comenzando desde su cabeza se fue embolsando, hasta que toda su humanidad era envuelta por el bolsón. Se acurrucó en el basurero, esperando que se lo lleven.
Al poco tiempo, desistió de la idea. Las bolsas no merecían este final. Las bolsas eran para contener basura verdadera, y él no era tal cosa, él a lo sumo sería un deshecho irreal.
Con cuidado de no lastimarlas, se sacó a las bolsas de encima. Entró a la casa, las descosió, volvió a coserlas una por una, por separado, y cuando estaban aproximadamente de manera similar a como cuando eran nuevas, las guardó en el cajón de la cómoda. Volvió a la cocina y puso a calentar a la pava. Las paredes de la cocina estaban quietas, húmedas. No había nadie, si es que su única presencia puede ser considerada como nadie. Contó de 20 a -20 en sentido decreciente, de a una unidad por vez. Preparó el mate. Salió a la puerta y tal como lo había pensado, ya no existía la cuadra de enfrente. A los costados se desplazaba un vacío infinito. Detrás, la casa ya no estaba. Todo había desaparecido, salvo él, el mate y la pava. Por entre la bruma que siempre circunda y rellena a la soledad, apareció una imagen caminando.
Cuando estaba lo suficientemente cerca, la imagen difusa saludó.
– Buenas
– Buenas. ¿Un mate?
– No. No quiero nada. Vengo de lejos.
– ¿Cómo de lejos? No entiendo qué tan lejos puede ser, si en este momento, yo estoy parado en el lugar más lejano de mí mismo, es decir, yo estoy aquí al parecer, pero en realidad estoy mucho más lejos, infinitamente lejos.
– Ya que estoy aquí, muy cerca de usted, déjeme decirle que coincido con usted. Cuando uno piensa que está lejos, es porque está lejos de uno mismo… Es lo mismo que me pasó a mí, cuando estuve en una playa vacía…

Continuará…

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