Las creencias no se tocan

“Las creencias constituyen la base de nuestra vida, el terreno sobre el que acontece. Porque ellas nos ponen delante lo que para nosotros es la realidad misma. Toda nuestra conducta incluso la intelectual, depende de cuál sea el sistema de nuestras creencias auténticas”. Esta frase del reconocido filósofo español José Ortega y Gasset, nos describe claramente el papel fundamental de las creencias en nuestras vidas.
Cuando comúnmente se habla de tener una creencia la mayoría de las personas lo homologan con practicar una religión. Se dice entonces “soy creyente”. El significado de la palabra es más extenso que esto.
La Real Academia Española define creencia como “el firme asentimiento y conformidad con una idea que se considera verdadera y a la que se da completo crédito aceptándola como cierta aún sin que haya tenido comprobación desde la experiencia propia del individuo”.
Para comprender mejor aún la connotación de esta palabra, interesante es conocer su raíz etimológica, derivada del verbo “creer” que proviene del latín “credere” y significa “poner confianza en”. Este verbo se forma con la raíz indoeuropea “kerd” que es “corazón”; con lo que “creencia” implica poner confianza en algo que no hace referencia necesariamente a hechos demostrables por el raciocinio, sino a ideas en las que uno confía, en las que pone el corazón.
La creencia no nos dice lo que son las cosas en realidad, sino que nos muestra un camino, una guía para encontrar la supuesta satisfacción de nuestras necesidades en el campo del mundo percibido desde la experiencia. Haciendo una analogía podemos decir que la creencia describe la realidad como el mapa describe el territorio. En este ejemplo queda claro que si sostenemos un mapa de Argentina, no estamos teniendo el territorio argentino en nuestras manos. El mapa hace referencia al territorio pero es sólo un papel.
Las creencias pueden ser concientes, cuando las asumimos y nos damos cuenta de ellas. O inconscientes, cuando dirigen nuestras elecciones sin que nos demos cuenta. Justamente en el terreno de lo inconsciente es donde, a veces se producen contradicciones entre creencias que generan tensión en la vida de la persona. Por ejemplo, si crecí en una familia donde era muy importante mantenerse unido al clan y tengo la posibilidad de emanciparme y ser diferente, esto va a ser contradictorio con la creencia familiar inculcada. Esta idea me generará tensión, angustia y culpa al sentir que abandono a mis hermanos. Este mismo ejemplo sirve para ver como una creencia puede ser expansiva o restrictiva, para el desarrollo de una persona.
La mayoría de las creencias se asumen como válidas por el uso y la costumbre. «Los hombres son más fuertes que las mujeres» se repite y sostiene como si fuera un hecho real, sin que exista una evidencia comprobable. Las creencias usualmente se presentan y defienden con frases como: «Es lo normal» «Todos lo saben» «Siempre lo hemos hecho así» «Es parte de nuestra cultura» «Está escrito.» Sin darnos cuenta, vamos aceptando esta forma de ver la realidad y no dejamos espacio para el pensamiento individual o para un razonamiento más amplio. La mayoría de la gente simplemente va adoptando creencias, unas con más facilidad que otras, a través del proceso de socialización. Es así, por ejemplo, como muchas personas no pueden explicar con ideas claras y demostrables las razones por las que discriminan a otras personas. Realmente, nunca lo han pensado de manera detenida.
Es importante tener presente que la mayoría de las creencias no se han discutido abiertamente, ni durante el período de socialización ni cuando el individuo ya es adulto y está formado como persona.
Como el aire que respiramos las fuimos absorbiendo, viendo los “modos” de hacer las cosas, presenciando los ejemplos de conductas que exhiben los que nos rodean y nos educan. Cuando somos niños aprendemos a expresarnos, observando como lo hacen los adultos que conviven con nosotros. Estas respuestas aprendidas no son el resultado de una discusión abierta, donde se cotejan ventajas y desventajas para adoptar o no dichas conductas. Absorbemos cual esponjas todo lo que en nuestro entorno hay. Por esto, es muy saludable en algún momento de nuestra vida adulta confrontar nuestras creencias. Cuando decimos confrontar creencias, implica observarlas, traerlas a la conciencia, analizarlas, darles palabras y significados para que sean comprendidas y si es necesario cambiarlas, o simplemente abandonarlas si ya no son útiles.
Existe un temor tácito a ofender la sensibilidad de alguna persona o de toda una comunidad, al confrontar una creencia. Si sentimos así es porque todavía no nos hemos dado cuenta que las creencias son sólo ideas y que por tanto se pueden cambiar. Se pueden transformar. Está permitido. Es posible dentro de nuestra naturaleza humana confrontar nuestras creencias y modificarlas de acuerdo a nuestro estado evolutivo de conciencia. De ninguna manera es ofensivo hacia una persona no acordar con su creencia.
Las creencias influyen a todos de tal forma que aún aquellos abocados a la investigación científica son tutelados por ideas arraigadas de socialización y sobrevivencia, absolutamente inconscientes. Bajo esa influencia invisible, ellos mismos crean «lagunas de información»: no examinan o no encuentran datos que contradigan las creencias fundamentales que sustentan el paradigma vigente. Este acto es lo que Thomas Kuhn describe en su libro: “La estructura de las Revoluciones Científicas” (1962) como la acción “autovalidante” que tienen los paradigmas. Esto explicaría de alguna forma, la tendencia a tratar de buscar la justificación intelectual para que los datos obtenidos se ajusten a un sistema de creencias preexistente, para que encajen en el paradigma vigente. De hecho los seres humanos hemos estado haciendo esto todo el tiempo. Cada descubrimiento de la Humanidad ha sido validado por el paradigma vigente. Sin embargo, este mecanismo de autovalidación ya no es saludable. Dado que las creencias del paradigma aún vigente son obsoletas y están restringiendo la evolución del ser humano.
Es tiempo de sacar nuestras creencias a la luz y confrontarlas.

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