La guitarra – Parte 7
A mi abuelo
Ninguna faceta del saber humano debe considerarse trivial. Por elemental que pudiera parecer, cualquier estudio que se realice a fondo aporta siempre datos que engrosan esa gran enciclopedia que constituye el conocimiento de la humanidad.
Cuando alguna persona siente una especial atracción por alguna de las múltiples facetas de este saber humano, generalmente la influye el entorno en que se desarrolla.
No sé cómo ni porqué le nace a alguien el amor por la guitarra, pero seguramente, aunque ese alguien no lo sepa, hay algo de espiritual detrás de esa atracción.
Mi abuelo tocaba la guitarra, siempre me quería enseñar a tocar, insistía, insistía, pero a mi no me interesaba, me gustaba más jugar a la pelota.
Una artrosis deformante le impidió seguir tocándola; era una enfermedad similar a la que tenía el gran Atahualpa.
Y un día se murió, quizá cansado de abrir el ropero y ver a esa guitarra en silencio, muda, sin que nadie le hiciera una caricia.
No sé si exagero, es probable que esté un poco olvidado y la distancia del tiempo me haga idealizar las cosas, pero creo que al día siguiente de la muerte de mi abuelo, descolgué su vieja guitarra del ropero, le soplé el polvo, y aunque no sabía siquiera cómo tenía que hacer para agarrarla correctamente, no la solté nunca más en la vida.
Así fue como mi abuelo, sin saberlo y sin pasarme ninguna nota, fue el primero que me enseñó a tocarla, quizá el mejor maestro que tuve.
Pero todavía no pude aprender del todo, ahora toco con Payllalef, que me sigue enseñando, pero va tan rápido que cuando él tocó 5 escalas al hilo yo todavía estoy tratando de afinar la quinta.
No importa, hay que seguir insistiendo, hay que hacer como el burro, que no consigue pareja sexual por lindo, sino por persistente (qué fino que estoy últimamente).
Así fue como de chiquito, allá por 1630, me puse a estudiar seriamente, utilizando el “Nuevo método por cifra para tañer guitarra de cinco cuerdas”, del portugués Incola Doici de Velasco. Allí me enteré que a la guitarra clásica en Europa se la llamaba “Española”, desde que Espinel puso la quinta cuerda, quedando tan perfecta como el laúd, el arpa, la tiorba y el clavicordio y aún más abundante que estos, y este gentilicio se habría de ir ratificando constantemente con el correr de los tiempos.
Pero pronto abandoné ese libro, porque no quería sacarle una cuerda a la guitarra, que tiene seis por naturaleza. ¿Cuál le iba a sacar? ¿La primera y perderme su vibración de 330 Hertz al aire? ¿O la sexta, mejor dicho la bordona, que vibra a una frecuencia de 82 Hertz al aire? No, ni loco, ni mamado.
Qué extraordinario esto de la globalización, porque recuerdo que apenas entrados los setenta, contando con 12 o 13 años de edad y con la guitarra “española” con la que mi abuelo tocaba tangos, valses y zambas, yo trataba de emular a esos héroes del rock inglés, rayando y destruyendo los discos de vinilo en el Winco, como no podía ser de otra manera, hasta poder sacar alguna frase de Jimmy Page, Jimi Hendrix, Santana o Ritchie Blackmore.
Se me erizaba la piel de escuchar esos solos distorsionados y a toda velocidad Blackmore, o aquellos blues novedosos y virtuosos que tocaba Pappo a los 20 o 22 años.
Qué feliz que estaba el día que pude sacar igualito el riff de “Humo sobre el agua”, el legendario himno de Deep Purple, del disco Machine Head, ¿se acuerdan abuelitos?
Porque la guitarra es eso: es felicidad. Es parte del saber humano, y el saber humano debe estar orientado siempre a la felicidad y no al consumo.
Por eso trataré, de ahora en más, de usar al máximo las formas expresivas que me brinda mi instrumento, trémolos, arpegios, arrastres, picados, armónicos, pero por favor Payllalef, tocá un poco más lento que me pierdo.
Su madera no es madera;
Es una selva incendiada.
Crisol de todos los cantos.
Dolor de todas las ramas.
Para volar en la noche
usa dos manos por alas.
Vuela la música, lejos
bajo las estrellas altas.
Y siempre nace y renace
del fondo de la guitarra.
(Fragmento de un poema de Atahualpa Yupanqui)
Continuará…
Por Carlos Alberto Nacher
[email protected] www.nacher.com.ar