El muchachito

Cuento – Parte 2

Por Carlos Alberto Nacher
[email protected] www.nacher.com.ar

…Caminé rápido hasta la parada del colectivo, tenía que llegar pronto al ala sur de la ciudad. Mientras viajaba sentado en la parte trasera del transporte, me dejé llevar por las imágenes que se sucedían sin descanso tras la ventanilla: innumerables personas dedicadas a llevar adelante una rutina interminable. Traté de reconocer en cada uno de esos rostros opacos al Cabo Sabino, a Álamo Jim o al Señor Spok, pero reaccioné enseguida, no debía permitir que esa obsesión me llevara al delirio. Volví a mirar, sin ver, al espejo grande del frente del colectivo.
El chofer manejaba girando el torso por completo en cada viraje. Aún faltaba un trecho para llegar al barrio sur. Saqué la novela del bolsillo y me enfrasqué en la lectura.

‘…Cleptus caminó rápido. Unos metros delante de él iba Casiopea, con paso decidido y hablando con alguien por el celular. Estaba muy lejos para entender lo que decía, pero podía imaginarlo. Seguramente estaría hablando con un nuevo amigo, o sería un viejo amigo, ya no podía confiar más. Apuró el paso hasta ponerse a cuatro metros de distancia. Ella no notaba en absoluto su presencia, iba rápido, concentrada en el camino y, al mismo tiempo, en la conversación. Un bocinazo fuerte de un colectivo cercano sobresaltó a Cleptus. No a Casiopea, que seguía caminando y hablando. Ambos doblaron en la esquina en que la calle en la que habían estado se encontraba con una avenida muy transitada. Había demasiada gente por todas partes. Cleptus estaba decidido a acabar de una vez con Casiopea, de terminar con ella y con su traición…’

El colectivo se detuvo bruscamente. Fue una frenada a tiempo que evitó una eventual colisión con un carro de madera con ruedas de automóvil puesto casi a mitad de la calle, mientras su dueño hurgaba la basura puesta en bolsas plásticas. El colectivero se asomó por la ventanilla y le gritó algún insulto al pordiosero. Miré al exterior, ya faltaban pocas cuadras para mi destino. Y aún seguía con ese vacío que me venía persiguiendo desde tiempo atrás, esa ausencia de expectativas en una vida monótona y predecible por completo. Era evidente, esto no era Nueva York. Me acomodé el sombrero con la punta de los dedos y aflojé un poco el cinto de tela que sostenía mi sobretodo a la cintura. Había salido el sol, pero unas densas nubes cercanas amenazan con ocultarlo otra vez. Una llovizna fina comenzó a golpear a los cristales del colectivo, mientras el sol aún sostenía una luminosidad pobre sobre el asfalto. Como por inercia, mientras esperaba que el colectivero finalizara sus insultos y el pordiosero retirara el carro de la mitad de la calle, retomé la lectura del novelón. Con aburrimiento, abrí en cualquier página posterior a la que había dejado.

‘…Es tan hermosa… Pensó Cleptus, mientras esperaba agazapado tras un puesto ambulante de hot-dogs a que Casiopea saliera del edificio de oficinas. Era el momento ideal para asestar el golpe. Ya era casi el mediodía y estaba nublado, demasiado oscuro para esas horas del día.
Casiopea era realmente hermosa. No se preocupaba demasiado en exagerar el maquillaje y usaba apenas muy pocas sombras y rouge, y su pelo rubio suelto le daba una apariencia salvaje y exótica que enamoraba a primera vista.
«Pero ya está decidido, voy a terminar con ella». Para disimular su permanencia allí, Cleptus pidió un hot-dog con ketchup y una bolsa de patatas fritas. A lo lejos, grandes torres de oficinas asomaban sus vértices por sobre las nubes…

Continuará…

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