La guitarra – Parte 4
Por Carlos Alberto Nacher
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Página de cuento 492
De Oscar Alemán a Ralph Towner
El otro día, en la fiesta del Diario de Madryn me encontré con la escritora y amiga Silvia Castellón quien me dijo que me habían hecho algunas pequeñas críticas constructivas por no haber nombrado aún, en esta columna netamente guitarrera, al maestro don Oscar Alemán.
Pero era sólo cuestión de tiempo nomás, cómo no evocar a quien fuera el émulo de Django Reinhardt en tierras sudamericanas, dominador del swing jazz mezclado con boleros, tangos y sambas brasileños.
Oscar Alemán fue uno de mis grandes maestros. Aunque él nunca lo supo, yo me he pasado horas infructuosas destruyendo sus cassettes, haciendo play, stop, rew, play, stop, rew continuamente en mi grabador Sony monoaural de primera generación tratando de sacar al menos alguna pequeña escala de sus solos de “Tengo Ritmo”, “Tono 1”, o “Moritat”.
La legendaria cantante y bailarina del varieté de pre-guerra Josephine Baker lo tuvo como primera guitarra en su orquesta, allá por 1932, cuando Oscar tenía nada más que 23 años. Y pensar que a los 10 años trabajaba de lustrabotas por las Corrientes Angosta de Buenos Aires. Y un día se encuentra con un “cavaquinho”, pequeña guitarra de cuatro cuerdas, con lo que inicia una carrera excepcional de instrumentista.
Y luego comienza tocando tangos, Agustín Magaldi le graba uno de su autoría, y alterna escenarios con el mismísimo Gardel y con Discépolo.
Dueño de un virtuosismo ecléctico y fascinante, llega a dominar todas las vertientes musicales desde Brasil hasta Francia. Conoce a Louis Armstrong y Duke Ellington, quienes detectan su capacidad improvisativa e intuitiva.
Pero es Django Reinhardt, el célebre guitarrista de origen gitano (que pese a un accidente que le inutilizó parte de una mano, prosiguió tocando con técnica y eficacia similares), quién lo influye completamente en la percepción y en los códigos instrumentales. Ambos comparten sesiones e improvisaciones y tocan en el Hot Club de Francia, santuario del jazz eurocéntrico.
Alemán era un velocista y un efectista, un comediante y un danzarín, de improbable réplica contemporánea. Impuso el hábito de girar y apoyar la guitarra sobre las espaldas, y ejecutar (hacia atrás) fragmentos de canciones, cosa que luego imitaría el legendario Jimi Hendrix en esas humosas y psicodélicas sesiones de fines de los 60, con su guitarra zurda cargada de acoples forzados y distorsión, algo totalmente innovador para su época.
Pero para qué seguir escribiendo de Oscar Alemán, si pueden leer su biografía en: http://www.chaco.gov.ar/cultura/PerIns/aleman.htm
En realidad, ya que estamos hablando de innovadores, hoy iba a hablar de Ralph Towner, considerado el mejor guitarrista de 12 cuerdas de Estados Unidos, además de ser concertista de piano.
La innovación musical no es una tarea sencilla. No solamente requiere un talento innato, sino además una especie de devoción al arte que no esté tiznada por la faz comercial, sabiendo de antemano que no entrará enseguida, o quizá nunca, en la cultura popular.
Ralph Towner es un innovador en el paisaje de la música moderna y sus ideas se mantienen frescas a través de más de 30 años de carrera.
En la próxima entrega de “¡Ah, la guitarra!”, la número 5, me haré un viaje a Oregon para entrevistarlo, ya me pidió que lleve facturas, que me espera con unos buenos amargos.
Si quieren aportar algo para el pasaje, me pueden transferir a mi cuenta del banco, con unos 5000 dólares creo que me arreglo.
Hasta la próxima, y como dijo uno que escribía en los ratos libres el Martín Fierro, y que ahora el querido Calamaro repite por todos lados:
Gracias le doy a la virgen
Gracias le doy al Señor
Porque entre tanto rigor
Y habiendo perdido tanto
No perdí mi amor al canto
Ni mi voz como cantor
Continuará…