Una rara historia de amor en el Golfo – Parte 2

Por Carlos Alberto Nacher
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Página de cuento 484

…Puerto Madryn, mientras, aguardaba tranquilo esta nueva historia de amor.
Era tarde para todo, pero… “Nunca es demasiado tarde para llegar tarde, ni demasiado temprano para irse antes…»

Un movimiento deliberadamente inesperado de la mujer dejó ver un poco más de aquel aductor, insinuando, además, otros músculos bien formados. Farfisa hubiera querido ver más, o no, quizá con sólo ver la cobertura de piel del cuerpo de la dama le hubiera alcanzado, sin necesidad de verle los tejidos internos, el sistema nervioso y menos aún los huesos.
Finalmente, para comenzar la charla, la mujer habló. No podía esperar que hablara Farfisa, que estaba muy ocupado en controlar el temblor del pie, que ahora se había extendido hasta la región torácica.
Mire señor, estoy sola, me siento sola y cuando lo vi me dije, ése muchacho es ideal para salir a caminar del brazo bajo la lluvia. ¿Se siente bien?
Perfectamente, pero desde ya que no podré aceptar su invitación, habida cuenta que no llueve. No obstante, la invito a realizar una caminata sobre la lluvia, es decir, sobre los invisibles vestigios que lluvias anteriores dejaron durante milenios en el suelo terráqueo, lo cual, bien mirado, suena mucho más romántico.
Me parece bien, si a usted le parece de manera similar.
Vea, la verdad es que a mí me gusta realizar caminatas binarias, a pesar de que así fue como perdí a mi novia, que se fue con otro que tuvo mejor suerte en las esquinas. Nunca más la vi. Pero para homenajearla a usted, en este caso haré una excepción y la invitaré a una caminata más estándar, con menos dobleces espaciales.
La mujer lo miró. Esa mirada era para él. Sus cabellos lacios ondulaban, apagando y encendiendo las luces de la calle detrás de ella.
Hagamos una caminata ternaria, lo cual es mucho más entendible para nosotros, seres tridimensionales por naturaleza. A propósito, ¿cuál es su nombre?
Farfisa Asecas. ¿Y tú?
Farfisa, cada vez que quería seducir a una dama, sacaba a relucir tuteos de novela venezolana.
Me llamo… pero eso no tiene demasiada importancia por el momento. Soy una mujer de palabra y le dije que íbamos a salir juntos de aquí. ¿Vamos?
Pero si todavía me queda un poco de café.
A veces hay que sacrificar algunas cosas a cambio de otras. Cafés pueden haber otros en su vida, todavía mucho más amargo que éste, pero mujeres como yo, puede que ninguna. Vamos. A propósito, ¿puedo decirle solamente Farfisa, a secas?
Sí. Es más, no me gusta que me llamen por mi apellido, que como le dije es Asecas, por favor llámeme solamente Farfisa, a secas.
Si acaso le llamaran solamente Farfisa, ¿no le gustaría escuchar su apellido de vez en cuando?
(Afuera sonaba otra música, no si era el eco de una vieja canción)
No, me gusta Farfisa, a secas, recuerdo en la escuela, cuando tomaban lista y el preceptor decía «¡Asecas, Farfisa!» y yo, luego de decir «¡Presente!», le solicitaba «Por favor dígame Farfisa, a secas».
En cambio a usted, creo que si supiera su nombre no la llamaría con su nombre a secas, porque su presencia poco tiene que ver con la sequedad. Más bien me la imagino como un húmedo jardín otoñal, poblado de pajarillos piantes.
La verdad que me enternece con esos piropos pavos; pero vea, yo soy como usted quiera imaginarme, pero soy de verdad.

Continuará…

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