El miedo a ser quienes somos

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos inmensamente poderosos.(…)Esto no está solamente en algunos: está en todos nosotros. A medida que permitimos que nuestra luz se irradie, estamos permitiendo que otros hagan lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás.”
– Marianne Williamson –

Hace unos años atrás, nada más que cuatro, cuando junto a mi esposo recién nos estábamos instalando en nuestra chacra, en esta tierra hermosa, muy cerca de Puerto Madryn, decidimos plantar lavandas.
No sabíamos en ese momento a qué nos estábamos exponiendo. Toda clase de comentarios llegaron a nosotros pero uno de los que más me llamó la atención fue el que me hizo alguien que por varias generaciones había vivido en esta tierra. Una mañana él bajó de su camión, sorprendido de encontrar en medio de la estepa esta solitaria plantación de arbustos aromáticos. Y acercándose a las plantas que yo estaba regando preguntó: “- ¿Qué es lo que ha plantado?” “- Lavandas.”, le dije. “- Y eso para qué sirve?” Le conté las múltiples aplicaciones de la lavanda en aromaterapia y en cosmetología. Miró las plantas y escéptico volvió a preguntar: “- ¿…y alguien más ha plantado?” “- Por ahora, nadie más. En esta zona nosotros somos los primeros.” Sacudió la cabeza y concluyó: “- No va a andar.” Me sonreí, a veces no puedo dejar de sonreír ante lo inexplicable…y le pregunté: “- ¿Por qué piensa eso?” “- Porque si no, ya alguien lo habría hecho antes!” concluyó convencido subiéndose a su camión nuevamente.
Este episodio me dejó ver claramente el poder rotundo que poseen las ideas que tenemos sobre nuestra propia “realidad”.
Si tengo la creencia que algo no funcionará la fundamento en otra creencia: “si nadie lo hace es seguro que no sirve”.
Siguiendo este tipo de observaciones populares, recuerdo un conocido comerciante de mi Ciudad natal, pedía a sus amigos y familiares que estacionaran sus autos frente a su nuevo restaurante cercano a la ruta. Esta estrategia se basaba en la observación que él mismo había hecho: “ la gente elige el restaurante donde hay muchos autos estacionados en la puerta.”
Esto confirma otra creencia: “si lo consume la mayoría debe ser bueno”.
Nos cuesta hacer el propio camino. La propia experiencia. Cuando vamos a iniciar algo tratamos de asegurarnos, de buscar referencias, de que otros lo hayan hecho primero. Obviamente, tiene su lógica. Pero no siempre podremos avanzar por terreno conocido o recomendado.
Existe un momento en el que, cómo sea que hasta allí hayamos llegado, tendremos que arriesgarnos. Soltar amarras, dejar lo seguro, lo conocido y lanzarnos a lo nuevo. Si queremos realmente que algo funcione, que nuestro sueño se concrete y tener el ansiado éxito, no hay otra alternativa. Porque desde lo seguro no se alcanza lo anhelado. Porque si nos dictan lo que tenemos que hacer para no equivocarnos, estaremos viviendo los sueños de otros, pero no el propio. Porque necesariamente crear implica desprenderse de lo ya conocido, para generar algo nuevo, inédito.
Es en este paso cuando estamos solos. A solas con nosotros mismos, al despojarnos del bagaje de lo que nos dijeron, lo que aprendimos, lo que todos hacen por costumbre.
En ese instante, cuando decidimos jugarnos el todo por el todo es cuando se produce el milagro…y creamos nuestra nueva realidad.
Hernán Cortés lo sabía, por eso quemó sus naves y así les mostró a sus hombres que atrás no quedaba posibilidad alguna en qué refugiarse.
No podemos crear nada aferrados a lo viejo conocido. Es como si un trapecista en pleno vuelo pretendiera pasar al nuevo trapecio sin soltar el que ya tiene, sin volar. Si hace eso, su movimiento se transforma en una parodia, en un “como si fuera” pero no es auténtico. Se hace evidente porque el movimiento pierde la belleza y la soltura que da el saltar al vacío, desprenderse de todo, volar.
Hay que abrir la mano, soltar la presa para poder tomar lo nuevo. Sino terminaremos como los monos que son cazados inocentemente, al quedar atrapados porque su mano aferra el preciado botín. Abrir la mano y soltar la presa es poder ser libre y escapar de la prisión. Pero el deseo de conservar el preciado botín es mayor…y allí quedan atrapados hasta que los encuentra el cazador.
En nuestras vidas nos aferramos a muchas cosas. Algunas son evidentes. Pero las que más nos condicionan son las más sutiles, las que se entremezclan con ese sentido de identidad que solemos definir como “yo soy así”. Allí es donde se esconden esas ideas arraigadas que tenemos acerca de determinadas cuestiones. Son estas creencias, las que desde su cómodo y atrincherado refugio nos hacen creer que somos “respetuosos”, “prudentes”, “realistas” o “previsores”…para seguir sosteniendo la barricada mental que las protege de lo nuevo, del cambio, de la transformación.
Estas creencias son las que cercenan nuestras mejores intenciones, nuestros anhelos, nuestros sueños. Lo cierto es que nunca vamos a poder saber que somos capaces de hacer…hasta que no dejemos atrás todo lo que nos condiciona.
Lo que nos condiciona es lo que nos enseñaron que hay que hacer para tener una vida segura y tranquila. En estos días esas creencias están siendo puestas a prueba rotundamente y podemos ver como se desmoronan en lo insustentable de sus falsos cimientos.
Si queremos realmente alcanzar nuestros sueños, hacerlos realidad, en algún momento vamos a tener que enfrentarnos a nosotros mismos, con todo nuestro cargamento de creencias, mandatos y deberes para decididamente dejarlos atrás y abrazar lo nuevo.
Ese día habremos dejado de lado nuestros miedos y decididos estaremos emprendiendo el camino de nuestro anhelo.
Ese día, sin saberlo, estaremos inspirando a otros a dejar atrás los miedos y animarse a ser lo que verdaderamente somos.
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