La espera – Parte 1

Por Carlos Alberto Nacher
[email protected] www.nacher.com.ar

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Llegando a la esquina de Roca y Belgrano, Farfisa se acomodó el sobretodo. Subió el cuello hasta el extremo superior de las orejas, a fin de combatir con armas textiles el golpe de la ola polar. La playa estaba completamente desierta a esa hora de la tarde. Estaba casi en penumbras. Al pasar por una construcción sin terminar, lo sacudió una ráfaga de viento frío que se filtraba entre las chapas que reemplazaban a la puerta ausente.
En la esquina, rodeando al cordón de la vereda, una película de hielo reflejaba las luces. Farfisa aminoró la marcha, el riesgo de patinar era elevado. En estas condiciones, la ciudad se le antojaba una gran heladera, es decir, se le antojaba eso pero no lo iba a poder tener nunca, nadie es dueño de la ciudad, menos él, que apenas si tenía una heladera.
Enfrente, un par de hombres charlaba desanimadamente, sería por el frío, pero lo casi probable era que uno de ellos le hablaba al otro, al tiempo que hacía unas horribles señas con los dedos índice y mayor de ambas manos, queriendo representar que lo que decía era entre comillas. Si era entre comillas, pensó Farfisa, mejor no decirlo, porque lo que se dice entre comillas no es lo que se quiere decir, o, al menos no exactamente. En esos casos, lo mejor es hacer tres señalamiento con el dedo índice de una mano cualquiera, extendiendo dicho dedo mientras los otros se cierran en forma de puño, queriendo simbolizar los puntos suspensivos, es decir, no decir nada pero sugerir un vacío que puede ser llenado con lo que el receptor del mensaje quiera. O mejor aún (que el lamentable gesto de «entre comillas») sería ahuecar los brazos a cada lado del cuerpo, para sugerir que lo que se dice es entre paréntesis. Pero no. Lo que estaba de moda era el gesto «entre comillas», y la gente utilizaba eso, no otro gesto. Pero para él era un gesto ridículo, no como aquella histórica inclinación de cabeza de los bailes de antaño, utilizada para sacar a bailar a una dama. Ese sí que era un gesto como la gente.
Farfisa continuó, sin mover nada más que las piernas, hacia el cruce de Roca y Gales. El frío no permitía hacer otro movimiento, el clima no permitía otra decisión que no fuera no moverse o bien moverse mucho. Iba a llegar y se iba a quedar esperando a María. Así, a la intemperie. Caminaba y cantaba «Jelp, anid sombare» en un claro intento de reminiscencia beatlemaníaca.
Llegó, y se apoyó contra una pared a esperar a María.
Al cabo de un tiempo, cuando la noche llegaba a su principio, María llegó.
«Hola Far, te quedaste esperando a pesar del frío, amor mío. Qué feliz que soy, lo tuyo es loable. Yo te loo, y te loaré siempre. Y no me va a importar que otras te loen, aunque te loaren, porque mi loa será con el corazón.»
«¿De veras lo harás, amada mía?»
«Sí. Te loaré.»
«¿Y cuándo me lo harás?»
«Ahora mismo»
El resto de la charla no tuvo la suficiente trascendencia como para ser reflejada en este artículo. Luego, la vida continuó de la manera que ya todos sabemos, es decir, para adelante en el tiempo y para los costados en el espacio. Pero mientras caminaban hacia el café de la esquina, conversaron un poco más, María era muy amena, a pesar de todo esto.
Quizá una charla entre dos no sea muy importante para nadie, no se conocen demasiadas charlas entre dos personas que hubieran tenido el peso suficiente como para torcer el rumbo de los hombres; en cambio, sí se podría enumerar una infinidad de casos en los que la decisión unilateral de uno solo, la decisión arbitraria de un solo rey o dictador o presidente o emperador, hasta de un solo Dios, fue demasiado importante para la humanidad.
Sin embargo, el hombre, y en este caso tanto María como Farfisa, prefieren la comunión de hablarse y escucharse mutuamente a la soledad de hablar sólo y tener que escucharse al mismo tiempo en que se habla, con el consiguiente doble esfuerzo mental, a menos que uno se hable solo pero no se preste atención, con lo que la comunicación consigo mismo, desde un principio anodina, finalmente no exista y sea un elemento contributivo más al concierto general de ruidos callejeros.
Por eso Farfisa prefería hablar con María, además del hecho no desdeñable de que ella era bastante linda.

Continuará…

Por Carlos Alberto Nacher

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