COSAS QUE IMPORTAN

El arte de la paz


El Diario | Contra Tapa

Dra.Patricia Chambón de Asencio
(patriciaasencio@gmail.com)

“Tan pronto como te ocupes del “bien” y del “mal” de tus semejantes creas una abertura en tu corazón por la que entra la malicia. Examinar, competir y criticar a otros te debilita y te derrota.” – Morihei Ueshiba

En estos tiempos cambiantes donde los altibajos emocionales caracterizan a la generalidad de las relaciones personales; en los que la bipolaridad se ha hecho muy popular entre las enfermedades psiquiátricas; en los que se siguen entablando guerras que casi todos sabemos son inútiles; me pregunto: ¿cuál es el factor común en todas estas instancias? ¿Qué hace que sean tan conflictivas la mayoría de las relaciones? ¿Qué hace, en determinado momento, que el equilibrio de la psiquis de una persona se quiebre y aparezca la enfermedad? ¿Cómo es posible que sigan existiendo las guerras?

A modo de respuesta apareció en mí mente una imagen. Paradójicamente era una imagen de lucha en una clase de Aikido. Veía al agresor avanzando sobre el discípulo que esperaba centrado en su eje. Con el mínimo esfuerzo lo veía flexionar su cuerpo, tomar la fuerza del agresor e inhabilitarlo, haciendo que su mismo impulso lo hiciera perder el equilibrio. Luego en respetuoso silencio, el discípulo retomaba su posición y esperaba atento.

Lo que vi me gustó. Entonces le pregunté a mi amigo, Profesor de este arte marcial: ¿Cómo podría aplicarse el Aikido a nuestra vida para resolver las luchas de todos los días? ¡La respuesta fue esclarecedora! : “Desde la filosofía del Aikido, se aceptan los conflictos estando relajado, centrado en uno mismo, trascendiendo la típica reacción del ego de «ir al choque» (para imponerse, si la fuerza es menor) o emprender «la huida» (cuando la fuerza es mayor). En Aikido trabajamos para minimizar el ego, observándonos y desarrollando nuestro centro (hara) a través de técnicas marciales. En la vida hay visiones e intereses de lo más variados y contradictorios; por lo que si queremos mantener nuestro equilibrio tendremos que tener en cuenta que cuanto más fuerza apliquemos en un sentido, más oposición y resistencia encontraremos”.

Recordé entonces algunas prescripciones terapéuticas del efecto paradojal que aplican algunas escuelas psicológicas. En el terreno psicológico sucede algo similar a lo que pasa en el dojo de Aikido: cada vez que rechazamos algo que nos molesta de nosotros mismos o del entorno lo potenciamos. Por otra parte, cuando no queremos ver o negamos partes dolorosas de nosotros mismos, estamos “huyendo” y acrecentando el poder de “eso” sobre nosotros. Aumentamos así la fuerza del “contrincante”.

¿Qué hacer entonces para no huir ni atacar? ¿Cómo hacemos para sanar esas partes dolorosas y terminar, de una vez por todas, con las luchas internas que generan otras tantas luchas externas? ¿Cómo salimos de semejante paradoja?

Cuando tomamos conciencia del círculo vicioso que generan nuestras actitudes defensivas, vemos con claridad que lo que hemos estado rechazando es a nosotros mismos reflejados en nuestros propios miedos o enojos. Entonces nos damos cuenta de que este rechazo es innecesario. Allí nos relajamos… ¡y el circuito se detiene! La percepción completa de este ciclo es lo que detiene la repetición. Es el “darnos cuenta” lo que termina con el circuito vicioso. Cuando nos percatamos, cuando tomamos conciencia y, voluntariamente, le damos nuestra atención a esos aspectos rechazados, es cuando, paradójicamente, nos liberamos!

Igual que en el dojo de Aikido, cuando el discípulo, sin perder su eje cede ante el impulso del agresor y lo acompañándolo en su movimiento, lo domina. Ambos, discípulo y agresor, se integran en un todo armónico donde no hay rechazo sino acompañamiento con direccionalidad que los transforma a los dos en uno. La lucha se convierte entonces en una danza armoniosa. Quizá sea esta una imagen muy elocuente de cómo abordar nuestras luchas internas y externas. Del mismo modo, los temores, enojos y ofensas que provienen del ego herido se disuelven en la integración con la conciencia.

Integrar significa sanar. Integrar nuestras zonas oscuras, integrar al otro, al distinto, integrar lo extraño, lo diferente, lo no agradable, lo no conocido, lo amenazante. Sanar significa estar ante el mundo, libres de reacciones condicionadas y pre programadas. Sanar es la capacidad de elegir respuestas nuevas y creativas ante cada situación tal como se presenta, dejando de reaccionar desde los viejos y repetidos esquemas.

Muchísimas tradiciones espirituales, filosofías y escuelas de psicología abordan esta cuestión. Filósofos de las tradiciones no dualistas nos dicen que la esencia de la transformación, es decir la sanación, está en verse a sí mismo totalmente integrado a la fuerza creativa que anima toda manifestación, eso que algunos llaman el Todo. La identificación con esta fuerza, permite comprender, integrar y por lo tanto sanar integralmente tanto al cuerpo como a la mente.

Quizá ya sea tiempo de comenzar a integrar, de dejarnos de rebotar entre los dos polos como pelotitas de ping-pong… enfermándonos, peleándonos, destruyéndonos. Quizá ya sea tiempo de desistir de toda lucha, de toda guerra por más santa que sea… Quizá sea tiempo de practicar el Arte de la Paz. Como el Maestro Morihei Ueshiba sabiamente decía:

“En el Arte de la Paz no hay contiendas. El verdadero guerrero es invencible, porque no lucha con nadie. Vencer significa derrotar la idea de disputa que albergamos en la mente. El Arte de la Paz comienza contigo, por lo tanto trabaja sobre ti mismo y con la tarea que te ha sido asignada. Todos tenemos un espíritu que puede ser refinado, un cuerpo que puede ser entrenado de cierta manera, un sendero conveniente para seguir. Estás aquí con el solo propósito de darte cuenta de tu divinidad interior y manifestar tu iluminación innata. Alimenta la Paz en tu propia vida y luego aplica el Arte a todo lo que encuentres.”

De “El Arte de la Paz” – Morihei Ueshiba: Militar, Maestro, Filósofo y artista marcial Japonés fundador del Aikido, arte marcial tradicional del Japón. 1883-1969


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