Las herencias de la conquista o el castellano que nos parió
El fin de semana conmemoramos el 12 de octubre, que pasó de ser el día de la raza cando éramos chicos, que vaya uno a saber qué belines querían significar con eso de la raza, nunca lo entendí, al día de la diversidad cultural, un concepto al menos más transparente en su significado. Es que el 12 de octubre, en estos tiempos tan revisionistas ellos, es una fecha bastante controversial, por un lado están los que rescatan la incidencia cultural hispánica, olvidando que fe a través de la espada y no la palabra; y por el otro los que recuerdan los miles y miles de asesinados en nombre de la civilización. La verdad, que después de tantos años esas dicotomías son bastante bizantinas y lo mejor es aprender del pasado para no repetir errores en el futuro, quiera decir esto lo que quiera decir.
La cosa es que hablando con una amiga sobre esto de no hablar ni de colonización ni conquista me llamó la atención sobre un paradójico hecho. Que si uno quiere ser medio retorcido, puede leer como un buen saldo de la llegada de Colón la herencia del idioma, que “a pesar de sernos ajeno y heredado, tiene la capacidad de retroalimentarse, reconstituirse cotidianamente y a la vez, gran paradoja, levantarse desde lugares de resistencia para denunciar a la misma conquista.” Me encantaría contarles quién es el autor de estas sabias palabras, pero sé que mi amiga prefiere el anonimato. Pero haciendo un poco mías sus palabras es interesante la verdad que contempla esa idea.
Y esto de las vueltas del destino con respecto al lenguaje, su retroalimentación cotidiana y su reconstitución diaria me llevó a pensar en infinidad de frases hechas que decimos sin pensar y no tenemos la más remota idea de donde vienen.
Y este concepto me viene de perlas (ve, ¿qué cornos querrá decir “de perlas”?) para bajar un poco el tenor de mi columna, dejando de lado el rigor académico para abordar un estatus más alcanzable por mis humildes conocimientos, o sea, nivel cordón cuneta que le dicen.
Está por caso eso de decir OK a todo, bueno, a todo no, a lo que está bien. Ya sé, me desvié del castellano, pero como nadie me va a andar retando dejenmé la disgresión.
El tema es que el otro día estuve discutiendo con un conocido, él decía, completamente convencido, que OK previene de no sabía cuál guerra, si la de Secesión americana o de Vietnam, y que quería decir “Cero Kills”, que cuando las partidas volvía a los campamentos le hacían el típico gestito de cerrar el índice con el pulgar para avisar que no habían caídos en el grupo. Como cuentito es divertido, no me diga que no. Pero contra la historia no hay chiste que valga.
El origen de la expresión parece que es anterior a la Guerra de Secesión. Procedería de la campaña electoral del presidente norteamericano Martin Van Buren, que era conocido con el sobrenombre de Old Kinderhook (por el nombre de su localidad natal). Basándose en este apodo, un grupo de amigos fundó un «Club O.K.» para apoyar la campaña. Van Buren, al parecer, tenía fama de bruto y un semanario satírico publicó un chiste en que se le preguntaba por el significado de las siglas O.K. y él respondía «Oll Korrekt» (es decir, «all correct»: «todo correcto»), demostrando un craso desconocimiento de la ortografía de su lengua. La broma se popularizó y fue el origen de que se diga O.K. para indicar que todo va bien. ¡Qué lo tiró!
Y así tenemos mil frases que usamos muy tranquilos sin tener ni idea de qué mentamos. Por ejemplo, dígame, ¿cuánto sabe usted de mitología griega? Más que lo que le enseñaron las películas como Troya o Alexander, no mucho, ¿no? Bueno, pero seguramente usó la frase: “A la ocasión la pintan calva” para expresar que hay que aprovechar la ocasión cuando se presenta. La explicación es que ocasión es con mayúscula, la diosa Ocasión era una divinidad alegórica de la mitología clásica a la que los griegos y romanos representaban como una hermosísima doncella desnuda o semidesnuda, alzada de puntillas sobre una rueda y con alas en los talones, con un largo mechón de cabellos sobre la frente y el resto de la cabeza totalmente calva. Así pretendían expresar lo efímero de su paso, la brevedad de la buena suerte, el giro constante de la rueda de la fortuna y la imposibilidad de agarrarla de los pelos una vez que la ocasión pasaba de largo.
Otro ejemplo mucho más localista y que, seguramente, me va a acarrear más de un disgusto citarlo, es la ya desaparecida conscripción obligatoria o “colimba”. Muchos siguen discutiendo que proviene de que el conscripto lo que hacía todo el día era o “COrrer”, o “LIMpiar” o “BArrer”, pero a decir verdad, el neologismo proviene de la derivación del lunfardo o “vesre”, de milico a comili y de ahí a colimba. Además a mí siempre me dijeron que más que limpiar, correr y barrer, la vida del colimba era regida por un sólo axioma, “todo lo que está quieto se pinta, todo lo que se mueve se saluda”.
Para terminar le dejo un jueguito, para que no diga que esta columna no es multimedia:
Lea de corrido el siguiente texto en inglés, contando el número de veces que aparece la letra f, “Finished files are the result of years of scientific study combined with the experience of years”.¿Cuántas letras f contó? ¿tres? ¿cuatro? ¿cinco? No, no, hay seis. No se sienta mal, que esto es como el cuento de decir una profesión y un color, es totalmente normal que no haya contado las seis, porque el cerebro de un hispanoparlante no procesa fácilmentre las palabras terminadas en f, ya que no existen en castellano. Me imagino que a ellos les pasará con las eñes, pero por ahora, en casa, no tengo ninguno cerca para andar probando.
Por Javier Arias
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